Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Castro, Che, Comunistas

¿Quiénes abandonaron al Che Guevara en Bolivia? (I)

Trabajo en dos partes

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Admitamos la creencia generalizada en Cuba, aun entre gente “integrada revolucionariamente”, de que hubo implicación gubernamental cubana en la muerte del Che Guevara en Bolivia. Más que nada por abandono.

Sin embargo, aunque en lo personal puedo admitir la hipotética implicación de cierto organismo gubernamental cubano en la muerte del Che Guevara, al supuestamente abandonarlo a su suerte en los páramos bolivianos, o incluso al escoger de manera malintencionada la localización del foco guerrillero, no creo que pueda sostenerse con argumentos racionales, más allá de los excesos de fantasía interesada a que tan dadas son las teorías conspirativas, que tras ello esté la mano de Fidel Castro. Ni directa, ni indirectamente.

Existe entre cubanos la práctica de convertir en un absoluto monstruo al enemigo; de la que, por cierto, el propio Fidel Castro era uno de los cultores más entusiastas. Práctica con la que no se logra más que caricaturizar a nuestro enemigo. Lo que es sin lugar a dudas el caso de la imagen de Fidel Castro construida por algunos de sus contrarios, esa monstruosa caricatura que cierto sector anticastrista ha pretendido imponerle a la opinión. Con lo cual, claro está, no ha conseguido más que un contraproducente resultado. A veces incluso la simpatía hacia el Comandante de algunos que para nada coincidían con sus ideas, pero a quienes sin embargo les resultaban y resultan chocantes las simplificaciones que esos enemigos acérrimos suyos han querido hacernos pasar.

Para cualquiera que haya leído algo los escritos, discursos y otros documentos que dejara atrás el Che Guevara, y que conozca a su vez a Fidel Castro, más que por haberlo sufrido, por haber indagado en su compleja personalidad, resulta evidente que ambos hombres tarde o temprano habrían terminado por enfrentarse. Fidel Castro era de ese tipo de hombre para el cual lo primero es la razón de Estado; y se entiende que así fuera, porque él ya había obtenido lo que más ansiaba en este mundo: un poder estatal sobre el cual treparse para intentar llevar adelante la transformación de su circunstancia, de acuerdo con sus criterios y voluntad, sin tener en cuenta la opinión de nadie más. Fidel Castro era un hombre de lo tangible, menos complejo, más basto que Guevara, alguien que ya había encontrado lo que buscaba y que por tanto nunca renunciaría a su inmenso poder sobre sus conciudadanos.

Guevara era por su parte un hombre que perseguía la Verdad, ese bien inasible, y que en su búsqueda sería capaz de renunciar a todo lo demás. Sobre todo al poder, que para él no era la capacidad de controlar a los demás, como para Fidel Castro, sino la de mantenerse por completo autónomo de ellos. Si en la consecución de su objetivo manipulador Fidel Castro halaga a las multitudes y devanea “politiqueramente” con poderes mayores que los de él, el Che Guevara es por el contrario de ese tipo de individuos que solo se ven a sí mismos parados a contracorriente en medio del mundo; mientras aguantan firmes la opinión o el poder que les fluyen en contra. Uno de esos individuos que siempre encontrará contrarios… o en su lugar los creará.

Eran por lo mismo dos hombres en esencia diferentes por lo que buscaban, pero que no obstante reconocían en el otro a un igual, a un individuo desmedido, más allá del adocenamiento general. Y un igual, para esos hombres que viven demasiado aislados en vidas demasiado centradas en sí mismas, es algo que no se está tan dispuesto a perder cuando se ha encontrado. Ese es el sentido último de esa amistad, enigmática para el hombre común, aquel que no vive obsesionado por la gloria, o el poder, o la verdad, sino aferrado al día a día, o a los pequeños problemas y detalles que la vida nos allega en frente. El raro sentido que la amistad tiene para este tipo de hombres, que por demasiado abocados a lo que está más allá de lo cotidiano están mil veces más solos que los demás mortales.

Que Fidel Castro, ya convertido en el Júpiter Revolucionario cubano, solo condescendía con los criterios opuestos del Che Guevara, es obvio. Los dos hombres no pensaban exactamente lo mismo, pero solo a Guevara se le permitía el privilegio de exteriorizarlo en la Cuba de Fidel.

Que solo a Guevara se le permitía funcionar independiente en aquel entramado de poderes que se tejía alrededor del Caballo, fundamentalmente porque no había otra forma de tratar con él, lo demuestra un discurso suyo de 15 de agosto de 1964, recogido después como Una actitud nueva ante el trabajo. A su pregunta retórica, en medio del discurso, de quién merecía con más derecho ostentar el certificado por un determinado mérito revolucionario, con lo que buscaba que el público le recitará las virtudes del asceta revolucionario, este, sin embargo, grita que “Fidel”. Ante lo cual el Che Guevara muestra sin remilgos su evidente fastidio frente a una audiencia caudillista más que convertida al ascetismo revolucionario, y solo suelta en respuesta un ríspido y tajante “entre los que estamos aquí”, para de inmediato enumerar esos méritos imprescindibles para obtener el certificado de Trabajo Comunista.

Téngase en cuenta que ante una situación semejante incluso Raúl Castro habría detenido su discurso para dedicarle al Fidel Castro al menos media hora de ditirambos. Por su parte Dorticós, Almeida, Faustino, o cualquier otro de la cúpula revolucionaria, el resto de uno que entonces alcanzaría a llegar a las cuatro o cinco horas, y que habría dejado brillantes las botas del Comandante en Jefe, y muy sucia de fango la lengua del susodicho.

Es indudable que en 1965, después de su discurso de Argel, en que se atrevió a dictarle normas de conducta al campo socialista desde el Tercer Mundo, pero sobre todo a proponer que el trato favorable que se le daba a la Isla se extendiera por igual a todo él, ya Guevara no cabía en Cuba. Según Gleijeses, en Misiones en Conflicto, libro publicado en Cuba castrista, entre la papelería de la Stasi se han descubierto informes de sus espías en La Habana en que se reportan, a posteriori de ese discurso, agrias discusiones entre Guevara y Raúl, en presencia de su hermano Fidel Castro.

Tras el claro ataque al papel rector moral de la URSS en el movimiento antiimperialista mundial, pero sobre todo al exponer públicamente las favorables relaciones de Cuba con el Campo Socialista, lo cual no debe de haberle sabido muy bien a gentes que como Castro el Menor eran más proclives a tapiñarse esos privilegios, Guevara debía marchar. En ello seguramente Fidel Castro concordaba con quienes desde posiciones de menor rango planteaban esa salida, ya que su permanencia en Cuba, y sobre todo esa lengua suya sin pelos, imprevisible y que no se detenía ante criterios de conveniencia, ponían en riesgo la vital ayuda soviética.

La molesta consecuencia de Guevara, mucho más para nosotros los cubanos, que siempre hemos vivido en el polo opuesto de esa virtud, obligaba a Fidel Castro a estar de acuerdo en la necesidad de sacarlo de Cuba, dado su estado de dependencia creciente a la economía de la URSS.

Mas pensar que ya para entonces hubiese ocurrido la ruptura entre los dos hombres es un poco apresurado:

En primer lugar, Guevara marcha a África, a hacer precisamente la política africanista que Fidel Castro mantendrá y llevará a su cúspide luego de su muerte; casi siempre en contra de la voluntad soviética.

A poco de marcharse al Congo Belga, Fidel Castro impone la variante económica que defendía Guevara frente a la de sus contrarios pro-soviéticos (Carlos Rafael Rodríguez). Con ello el Estado bajo su poder funcionaría en esencia en base a las ideas de otro, todavía muy vivo; ideas las cuales, por cierto, no cabía hacer pasar a su haber intelectual, porque estaban firmemente confirmadas como de la autoría de Guevara en toda una serie de debates todavía muy vivos en el recuerdo público. Es esto algo que no hace ningún político, mucho menos si es un megalómano obseso por el poder, cual sin dudas lo era Fidel Castro, cuando se está en abierta contradicción con el autor de las tales ideas.

Pero sobre todo, en 1965, en el Buró Político del recién creado PCC, Fidel Castro no permite más pro-soviéticos que los de la facción de Raúl, a quienes por razones obvias no cabía dejar afuera, mientras al viejo PSP lo excluye por completo. ¿Cómo pensar que Fidel Castro no concordara con la posición general de Guevara en Argel, de mantener la independencia no solo con respecto a Washington sino también a Moscú, si de hecho se ha cuidado de sacar del poder a los partidarios incondicionales de la URSS dentro del proceso revolucionario?

Recordemos que Fidel Castro es un hombre de infinitamente más amplias ambiciones que su hermano, en general un guajirito jefe de finca al que las relaciones familiares han colocado de repente en planos que no son los de él. Fidel Castro por lo tanto es alguien sugestionable por los sueños guevarianos de provocar el colapso del Capitalismo en unos pocos años, con el consiguiente triunfo del Socialismo en un Tercer Mundo desde el que entonces, fortalecido por esa victoria, se le puedan imponer las condiciones también a Moscú. Obsérvese que en la práctica la Tricontinental no nace con el discurso inaugural de Fidel Castro, un 12 de enero de 1966, sino con el del Che, once meses antes desde Argel; y que por tanto la OSPAAAL en esencia es un empeño común de ambos.

Resulta poco serio sostener que el plan de hacer colapsar al Capitalismo mediante la promoción de uno, dos, muchos Vietnams, no fuera una idea conjunta de ambos; que semejante quijotada no alborotara a alguien como Fidel Castro, que por entonces deliraba con zafras de 10 millones para 1970, y de 20 para diez años después, o cordones cafetaleros de La Habana que harían colapsar los precios del grano a nivel mundial…

Destaquemos que la idea de usar para ello a Bolivia no era tampoco una idea tan disparatada, cual muchos han sostenido después, en base a lo que sucedió que no tuvo por qué ser lo que pudo haber ocurrido: no hay razones válidas para afirmar que un realista Fidel Castro, conocedor de lo disparatado del plan, aprovechara la circunstancia para deshacerse del irrealista Guevara. En primer lugar el grado de irrealidad delirante siempre fue mayor precisamente en Castro que en Guevara (el primero soñaba con zafras monstruosas que de lograrse pondrían el precio del azúcar por los suelos; el segundo con convertir a la industria azucarera en un complejo sucro-químico, en que el azúcar solo fuera un producto más). En segundo, usar a ese país mediterráneo como un foco guerrillero desde el cual hacer cruzar columnas guerrilleras hacía Brasil, Perú, Chile, Paraguay y Argentina, no era una idea tan loca, dado el espíritu de la época, la absoluta debilidad de las instituciones bolivianas, y la situación política de Bolivia tras el golpe militar que había acabado con la revolución de 1952-1964.

Lo que hizo definitivamente inviable la propuesta de desestabilizar a Suramérica desde Bolivia fue la rapidez con que fue localizado el foco e identificada en él la presencia de Guevara; el error de ubicación de la finca que se compró para dar comienzo al foco: la casa de calamina, en una zona guaraní políticamente apática, incluso cabe decirse que hasta en contradicción cultural con los aimaras que necesariamente habrían de completar el núcleo guerrillero en sus inicios, a la vez muy lejos de todas las posibles vías de suministros externas; y por sobre todo la actitud del partido comunista boliviano, a indicación del PCUS, de no sumarse a la lucha.

Evidencia final de que no ha ocurrido la ruptura entre ambos hombres, y que mucho menos Fidel Castro ha tenido que ver con el abandono de Guevara en Bolivia, es su inmediata actitud hacia la URSS tras conocerse los detalles de la muerte del Che; en lo cual Moscú tuvo el muy oscuro y conocido papel: envía entonces a la delegación de más bajo rango de los últimos 7 años a unos festejos en la URSS, nada menos que a los que se dan por el cincuentenario de la Revolución de Octubre (el gris Machado Ventura la encabeza), y emprende hacia fines de año una campaña contra los elementos más abiertamente prosoviéticos: los microfraccionales, a los cuales acusa de que no salen de la Embajada Soviética.

El punto culminante de ese alejamiento es su discurso del 13 de marzo de 1968, en que hace pública su decisión anterior de que el PCC no asista a la Conferencia de Partidos Comunistas, deja entrever la posibilidad real de que en los próximos meses ya no entre más combustible soviético a la Isla, satiriza a esas biblias de la teocracia moscovita: los manuales de Marxismo-Leninismo soviéticos, y la emprende sin piedad con aquellos que se la pasan soñando con la sombrilla protectora de los cohetes de Moscú.

Debo aquí, no obstante, hacer una digresión y suministrar un dato de difícil explicación dentro de mi idea de la no implicación de Fidel Castro en lo sucedido a Guevara en Bolivia: hace dos años Vanguardia, semanario del PCC en Santa Clara, entrevistó a un señor que trabajaba en el Ministerio de Industrias a la salida de Guevara del mismo. Según le confesó este al publicista Luís Machado Ordext, en junio de 1965, a la salida del Ministro el Ministerio se vio inundado de comisiones del Partido que “estudiaron” a todos los militantes de la sede central del mismo, y de hecho, según él, ninguno logró pasar la prueba y mantenerse en el Partido. La mayoría de ellos optaron por irse al campo, “de propia voluntad”.

Es difícil creer que la facción del PSP, tan relegada por entonces, tuviera poder para semejante pase de cuentas a aquellos que por su cercanía a Guevara pudieran haberse contagiado del peligroso espíritu del Ministro. Recordemos que pocos meses después, en octubre de 1965, ninguno de los Pescados Grandes del Socialista Popular[i] logró colarse en el Buró Político del recién creado PCC.

Es más probable que esa limpieza política fuera obra de la facción de Raúl Castro. ¿Con el conocimiento y hasta la tácita aprobación de Fidel Castro…? No perdamos de vista que aunque no puede librarse a Fidel Castro de la responsabilidad por lo sucedido bajo su dictadura, no era él ese ser omnipotente y omnisapiente que sin lugar a dudas hubiera querido ser, o que muchos de sus enemigos y partidarios dan por sentado era. Sobre todo durante estos años es evidente que hay otras facciones toleradas, además de la fidelista pura, las cuales cuentan con un programa propio y una gran libertad de acción, sobre todo porque el Gran Líder anda por lo general subido en un jeep en la promoción de disparates económicos o expediciones guerrilleras a medio mundo, mientras deja la parte rutinaria y aburrida de la administración en manos de otros.


[i] Newton Briones Montoto ha revelado en la última entrega de Espacio Laical una boleta de propaganda electoral de la candidatura de Aracelio Iglesias, escrita en castellano y abakúa, secta a la que por lo tanto pertenecía este “pescado grande del socialista popular”.


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