Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Estatuas, Derribo, Símbolos

Quiénes y por qué piden el derribo de estatuas en Cuba

Sin temer por sus monumentos. Acerca del mayor general José Miguel Gómez y sus estatuas en la Isla

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Los amantes de la cultura no han de preocuparse en Cuba por la nueva moda de vandalismo al estilo de Black Lives Matter, a pesar de que este movimiento marxista no es ajeno a nuestros últimos 61 años. La revolución ha sido selectiva en cuanto a derribar estatuas, tales acciones siempre han esperado en el país por la orden o el beneplácito de las autoridades partidistas gubernamentales.

Sin embargo, desafiando el orden establecido, el popular blog Tremenda Nota publicó este 16 de junio un artículo titulado: ¿Qué hacemos con los monumentos al racismo que subsisten en Cuba? El argumento de Frank García Hernández, autor del escrito, es directo al pecho:

“Mientras en Estados Unidos, Europa y América Latina, manifestantes antirracistas derriban estatuas esclavistas y de Cristóbal Colón, en La Habana y en Santa Clara sobreviven sendos monumentos al presidente cubano José Miguel Gómez que en 1912 hizo masacrar a más de mil afrodescendientes”.

El llamado al bandidaje en nombre de la igualdad racial no es nuevo, viene del hip hop cubano, en buena medida auspiciado por movimientos propugnadores de acciones violentas en los Estados Unidos, como Panteras Negras, la República Nueva Afrika y recientemente BLM.

La conocida Nehanda Abiodun, prófuga de la justicia estadounidense refugiada en nuestro país, fallecida el pasado año, es nombrada en La Habana “madrina del hip hop cubano.” (Consultar sobre el tema en AfroCubaWeb)

Precisamente la agrupación Obsesión, ampliamente conocida en el ámbito de los géneros urbanos, hizo popular un tema musical en 2012 cuya letra, refiriéndose a la figura en bronce de la también conocida Calle G, exhorta:

“No entiendo qué hace ese tipo ahí, después de una Revolución que se hizo aquí”. “Hago un llamado al graffiti cubano. ¡Si no la tumban vamo’ la graffiteamo’! …TÚMBENLO”.

Tremenda Nota, publicación independiente del Estado totalitario, merece la reverencia a los irreverentes, por tanto, soslayo analizar el artículo. Bastará, sin embargo, conocer los hechos y valorarlos a la luz de su tiempo. ¿Quién es José Miguel Gómez?, es y no fue, porque su presencia histórica resulta imborrable.

¿Tiburón y Patriota?

Le apodaron “Tiburón”, médula de una frase popular aludiendo a la corrupción existente durante su gobierno, decían sus coterráneos: “tiburón se baña, pero salpica”; es decir, roba, pero beneficia a otros. Nada nuevo bajo el sol diríamos hoy, apreciando las continuas y probadas denuncias de la putrefacción generalizada que caracteriza a la elite gobernante de nuestro país.

Volviendo al biografiado, su entierro en 1921 fue una de las concentraciones populares de mayor relevancia durante la república. Era uno de los pocos generales mambises participantes en las tres guerras contra España. Ambos platillos de su biografía están tan cargados que solo Dios sabría juzgarlo justamente.

Se alzó en armas a los 17 años (1875). Inconforme con el Pacto del Zanjón (1878), que obviaba la independencia y la abolición de la esclavitud, el joven rebelde villareño volvió a los montes durante la fracasada Guerra Chiquita. (1879-80)

En el 95 participó en decenas de combates, al degüello, siendo Jefe de caballería, alcanzó los grados de Mayor General del Ejército Libertador antes de la intervención norteamericana, a finales de abril de 1898.

Gobernador del departamento de Las Villas, fue también uno de los 31 redactores de la primera constitución republicana.

Al menos en su texto, la carta magna reconocía: “Art. 11. Todos los cubanos son iguales ante la Ley. La República no reconoce fueros, ni privilegios personales.”

Tal vez sin preverlo había firmado un anticipo del problema que emborronó su planilla histórica. El gran patriota quedó corto ante el peligro que José Martí había previsto desde 1892, al fundar en Estados Unidos el partido revolucionario cubano, organizador de la última guerra contra España:

“El Partido Revolucionario Cubano no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legitimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”.

El gobierno nacional instaurado en 1902, nada hizo contra el racismo. El censo de 1907 indica que de 205 puestos gubernamentales 11 eran ocupados por negros. Años después, el ejército nacional que estrenaría sus armas masacrando a miles de negros, mestizos y otros cubanos rebeldes durante los sucesos de 1912, contaba con 1718 soldados de tal clasificación social de 8238 uniformados. No había oficiales entre aquel 28 % de la mencionada distinción humana.

Antes de llegar a este momento, en 1906, al frente del partido liberal, el general villareño enfrentó con las armas el fraude electoral del primer presidente, Tomás Estrada Palma, cuya soberbia le llevó a solicitar la intervención norteamericana. William H. Taft, entonces secretario de Estado, ocupó provisionalmente el mandato vacante el 29 de septiembre de aquel año.

El abogado Charles Magoon fue nombrado gobernador. José Miguel ganó ampliamente las nuevas elecciones, impulsando un programa nacionalista:

Se modernizó la infraestructura del transporte. Un banco de la nación anticipó la circulación de la moneda nacional. En consecuencia, la ley prohibió pagar los jornales en fichas y vales, adicionando el ejecutivo una ley de máxima tarea permitida por un salario mínimo legal.

Cuba se abrió al mundo, extendiendo sus embajadas y consulados, se propició la participación nacional en eventos internacionales. Surgieron las academias de Historia, de Artes y Letras, favoreciéndose la existencia de un museo y un archivo nacionales.

Los liberales promovieron representantes a la cámara y senadores negros, entre los últimos dos brillantes periodistas, Martín Morúa y Nicolás Guillén. El segundo padre del poeta comunista devenido figura cabecera de los artistas cubanos plegados al régimen de Fidel Castro. El primero sería la caja de resonancia del movimiento propiciatorio de la masacre de mayor magnitud ejecutada por fuerza armada alguna en la historia de nuestro país.

En 1908 había surgido el Partido de los Independientes de Color (PIC), legalizado por el gobernador norteamericano Magoon. Participaron en las elecciones alcanzando apenas 2 mil votos. El propio líder, Evaristo Estenoz, solo contó 95 boletas a su favor.

Al centrarse en el problema racial, los independientes se aislaron de los demás sectores oprimidos, siendo víctimas del dilema advertido por Martí: “los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud”.

Ni siquiera el movimiento de veteranos les apoyó. Los altos oficiales de piel oscura, respaldados con el prestigio de las luchas por la independencia, terminaron declarando el 23 de abril de 1912 en El Veterano, el manifiesto “Ni blancos ni negros, solo cubanos”.

Antes el senador Morúa había presentado una enmienda a la Ley electoral de 1910, impidiendo la participación del PIC por su condición de agrupación basada en principios raciales. Al paso de dos años era ley.

Los empecinados luchadores por la igualdad racial intentaban sacarse la espina de la ley Morúa. Escogieron el camino de Washington, animados por el precedente legal de 1908. Hubo entrevistas con el Secretario de Estado Knox y una carta de los delegados orientales, mayoría del partido, al presidente Taft, pidiéndole lo insólito de presionar a José Miguel Gómez en pro de derogar la molesta ley que los inhabilitaba.

Taft actuó con ambigüedad, dejando el asunto en manos cubanas, pero amenazando con una nueva intervención si los acontecimientos “ponían en peligro las vidas y propiedades” de sus ciudadanos en la Isla.

Y no era juego, el 17 de mayo en el parque Combret de Santiago de Cuba, el coronel Pedro Ivonet, ligado por la historia a Maceo durante la Invasión, había declarado que “Si la Enmienda Morúa no era derogada pronto su partido arruinaría a Cuba”.

La guerra comenzó sin declaración previa el 20 de mayo, Día de la República, con la toma e incendio de La Maya, población cercana a la capital oriental.

Solo entonces Ivonet cursó una carta al presidente Gómez en que le decía: “El PIC ha empuñado las armas para protestar de los errores cometidos contra el expresado partido… a mi mando tengo 4.000 Independientes de color y que no son todos los independientes ni son todos negros, pues también hay blancos”.

Por su parte Estenoz, el mismo 20 de mayo coaccionaba a los hacendados azucareros. Una carta dirigida al administrador del central Soledad, de propiedad estadounidense, exigía “el suministro de 25 rifles y municiones o en los próximos días, sabotearían las plantaciones y el central”.

Barcos de guerra norteamericanos arribaron a la Bahía de Nipe y otros puntos cercanos. La respuesta presidencial apareció en una Proclama al pueblo de Cuba de la cual esta oración es definitoria:

“Me dispongo a terminar brevísimamente la actual campaña, a fin de aniquilar el movimiento armado en la República”.

A la luz de los testimonios puede justificarse la intervención armada del ejército republicano, lo injustificable es la matanza indiscriminada de miles de sublevados, entre los historiadores un número intermedio es tres mil, cuya inmensa mayoría se rindió al primer encuentro con tropas regulares, bien armadas y entrenadas. Muchos sufrieron el destino de Ivonet, capturado vivo, asesinado días después camino al cuartel Moncada de Santiago de Cuba.

Los vencedores de aquella guerra sin batallas celebraron su triunfo en un banquete ominoso junto a la estatua de Martí en el parque central de La Habana. Está probado que su hijo José Francisco, entonces coronel Jefe del estado mayor, participó directamente en la ejecución de las operaciones militares.

La verdad suele ser cruel, pero “Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado”, escribió el padre a los niños de América.

Valorando este malogrado movimiento de reivindicación social, el profesor Esteban Morales escribió un magnífico ensayo donde sentencia:

“Los Independientes de color no buscaban supremacía de raza, sino que no hubiera supremacía. Se unían no como negros y mestizos, sino como oprimidos. Tampoco la agrupación era un fin en sí mismo, por lo que impedirles unirse era permitir que continuase la supremacía blanca y la desigualdad”.

Un año después terminaría José Miguel Gómez su mandato presidencial, es notorio que se opuso rotundamente a ser reelecto. Había declarado ante ambas cámaras del Congreso:

“Quiero tener la gloria de ser el primero que se opuso a su reelección, quiero dar ese ejemplo a mi pueblo. No Comprometeré el porvenir de la patria por aferrarme porfiadamente a este cargo que, conservado así sería por predominio de pasiones vulgares y egoístas”.

Solo por esta declaración, hecha verdad en su vida, merece José Miguel Gómez sus estatuas en Cuba.


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