Actualizado: 18/04/2019 9:42
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Trabajo Agrícola, Represión, Música

Réquiem por las placas

Se cerraron, a palos, los pequeños negocios, se prohibieron los cultos de origen africano, la música “extranjerizante”, ¡TODO!

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Para las personas que lean este artículo y que hayan nacido después de los años sesenta, las placas eran como los jóvenes, casi niños, de entonces enfrentábamos el bloqueo de Castro a la música que nos gustaba.[i]

Según me explicó Armengol, un “gallo”[ii] que trabajaba en Radio Progreso grababa sobre discos viejos la música de los Beatles, Rolling Stones, Mammas and the Pappas y otros grupos.

El swing de tener una placa era solo superado por tener un disco original.[iii]

Así fue nuestra juventud. Todo aquel aparato represor se extendió a los setenta cuando ya no éramos casi niños. Por alguna razón histórica éramos cultos e informados, y nos dolía aún más la represión.

Hoy día el agonizante régimen permite la homosexualidad, cualquier tipo de música que no diga “Abajo Fidel”, vende artículos en ese descarado CUC que es más fuerte que el dólar, que antes era delito tener; los babalaos hacen votos por la salud de Castro.

Cualquiera de esas cosas costaba la UMAP o la expulsión de la universidad. Mi generación fue la generación de la Ofensiva Revolucionaria y del Congreso de Educación y Cultura que fueron el Golpe de Gracia al país (todo es tributario de su origen; the wasteland de hoy día se entronizó entonces).

Se cerraron, a palos, los pequeños negocios, se prohibieron los cultos de origen africano, la música “extranjerizante”, ¡TODO!

Y en aquel terreno baldío los jóvenes soñábamos con la vida.

Aquello nos convirtió en adultos antes de tiempo. Cuando estábamos todos vestidos de gris, “ropa de trabajo”, y zapatos plásticos que el buen Papa Castro nos regalaba, no pensábamos en ir a un mall, merendar con los amigos; lo que nos dolía era tener fuera de nuestra alcance la poderosa literatura que entonces se estaba escribiendo, por solo citar una carencia.

Algunos intentaron ejercer, dentro del régimen, el pensamiento crítico, el cual Raúl Castro, me han dicho, arrasó literalmente con una bulldozer.

Nuestras fiestas, reuniones y paseos tenían doble contenido, el de cualquier actividad de jóvenes y un ahogado conciliábulo sobre nuestras cadenas. Ninguno de nosotros hubiera creído en aquellos años que el comunismo internacional se iba a acabar y que The Yellow Submarine que nos prohibían iba a estar donde una vez estuvo el ensangrentado Muro de Berlín. Nuestra juventud (en la que incluyo la década de los ochenta cuando éramos aún adultos jóvenes) nos fue arrebatada, cercenada, aherrojada.

Algo que me enorgullece es que aún el destape marginal no se había descubierto como forma de entontecer a todo un pueblo.

Entonces no había jineteras, ni jineteros[iv], si nos oprimían recurríamos al manantial del intelecto.

Sería después que jóvenes aún más desafortunados que nosotros se sumirían en la marginalidad, incultura, falta de la menor actitud civilizada para escapar. Aclaro que no son todos y mucho menos la mayoría; sería muy vieja de mentalidad si no viera con agrado los pinos nuevos que intentan rebelarse a través de la creación y la palabra.

La tecnología no nos ayudaba, cierto que escuchábamos la música prohibida a través de estaciones norteamericanas pero Yoani Sánchez no hubiera tenido modo de trascender.

Pensábamos como ella piensa ahora pero nos lo transmitíamos verbalmente.

Mi generación fue también la primera víctima de los “trabajos improductivos”. Nunca se me borrara la imagen de mi hermano de unos doce años y un amigo suyo de toda la vida embalados como bestias en trenes de ganado, sin protección alguna de los elementos, enviados a Camagüey a “cortar caña”.

A medida que se iba acercando la fecha del martirio nos devanábamos los sesos a ver cómo podíamos eludirlo. Confieso haberme tomado tres latas de leche condensada, una detrás de la otra con la esperanza de enfermarme del estómago…si mi salud es excelente ahora, a los dieciséis años no le entraba ni las piedras; todo lo que logré fue una resaca de leche condensada que, sí, me libró un día del surco.

Nuestros padres nos visitaban los domingos y nos traían golosinas, después nos tocaría a nosotros ser padres y llevarles golosinas, cada vez más difíciles a nuestros hijos. Para entonces se había inventado otro círculo del infierno, ¡Tarará!

Padres y niños odiaban esa “vacación junto al mar” de a porque sí.

Si mis padres no lo hicieron, yo sí; a la menor cosa me llevaba a mis hijos de aquel horror.

Otra cosa que inauguró mi generación fue el fin del bachillerato y la creación de las secundarias básicas e institutos pre-universitarios, muchos de ellos en el campo sobre los cuales leí en este sitio un excelente artículo.

Con esa nueva forma de enseñanza media surgieron asignaturas tales como los “plenos estudiantiles”[v] y el mantra “la base condiciona la superestructura”.

No tuvimos, no tienen aún, una ceremonia de graduación para alegría de adolescentes y orgullosos padres.

¿Qué digo? ¡En Cuba están prohibidas las tradiciones que no sean la asquerosa caldosa del día de los comités!

¡Se nos fue la vida!

Al menos, un poco tarde, logramos empezar de nuevo en tierras libres en los rincones más remotos del mundo. Nadie hubiera previsto la diáspora cubana.

Coda; Este artículo fue inspirado en uno sobre el mismo tema que publicara Armengol; me gustaría que otros “jóvenes sexagenarios” abundaran sobre el tema… inagotable.



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