Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Septiembre de 1899, un mes caliente en Cuba

Amago de huelga general y linchamiento de españoles en provincias, pero también en La Habana

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Una de las primeras cosas que llama la atención de la Transición en Cuba fue su carácter casi incruento; debido, no a la temperancia de los rebeldes que ya habían hecho poca gala de ella en los pueblos y villas que consiguieron ocupar antes del desembarco (recuérdese la primera toma de Las Tunas y la degollina perpetrada por Calixto García), sino a la presencia de las tropas norteamericanas que, desde la toma de Santiago de Cuba, consideraron que mezclar a vencidos y vencidos no era una buena idea para pacificar rápidamente el territorio en las zonas de conflicto.

Los incidentes que se produjeron, como en Gibara en septiembre de 1899, una ciudad donde el pabellón español siguió ondeando después de la intervención, fueron solucionados sin que corriera la sangre. En efecto, las tensiones surgieron a raíz de la creación del Casino español en la villa y el intento de izar la bandera española en su sede. Tras nueve meses de administración norteamericana las tiranteces entre rebeldes y peninsulares todavía seguían vivas en Oriente sobre todo, en ciudades donde el ejército regular no había sido evacuado y la colonia española mayoritaria había recuperado el curso de su vida normal, mientras los rebeldes se mantenían todavía acantonados fuera de ellas.

Organización de la Colonia española

Los peninsulares y sus descendientes, dueños del comercio minorista, pero también presentes en otros sectores de la economía, comenzaron a crear asociaciones con el objetivo de defender sus intereses económicos, pero sin la intención de jugar un papel político en la nueva configuración que les imponía el traspaso de soberanía. En Gibara, Caibarién y muchas otras localidades los peninsulares se organizaron para relanzar la maquinaria industrial y restablecer la agricultura. Por ejemplo, para revivir la ganadería, comenzaron las importaciones masivas de ganado, así en Sagua la Grande se anunciaba a principio de septiembre el desembarco de 12.780 cabezas de ganado.

El registro de españoles era actualizado diariamente y el número de inscripciones se publicaba con rigor sin comentarios superfluos. Durante todo el año se publicaron algunos artículos para orientar la opinión sobre asuntos generales, pero no sobre este tema, ya que la opinión general era la de que cada cual debía actuar en función de sus convicciones personales.

Afirmar su españolidad en Cuba en 1899 era peligroso, sobre todo en los pueblos del interior, pero tampoco fue un motivo para que la mayoría de los que quisieron inscribirse en el registro no pudieran hacerlo. Recordemos que los municipios de la Isla estaban organizados, y que la vida política en ellos estaba copada mayoritariamente por los peninsulares a los que favorecía la ley electoral española; eso sin olvidar los consulados abiertos en las ciudades más importantes durante todo ese tiempo. Tampoco se puede ignorar la presencia del mundo asociativo y mutualista que sirvió antes de 1899 de correa de transmisión a las directivas del poder central. Todo esto quiere decir que la información circuló y que si quedaron nacidos en la Península por inscribirse fue porque no quisieron hacerlo por temor a perder sus empleos (como era el caso de los empleados municipales) o porque habían decidido ya antes de esa fecha, alejarse de la vida política instándose en localidades apartadas de las ciudades y afincados en ellas hacía un par de generaciones como los canarios y gallegos llegados antes de 1840 para construir la red de ferrocarriles. Por todas estas razones y aunque haría falta un estudio más fino, podemos suponer que fueron las profesiones liberales las más representadas.

El estudio de estas estadísticas también nos confirma que la lealtad hacia España se mantuvo viva en provincias mucho tiempo después que ésta se diluyera un poco en La Habana. Era en la capital donde se centralizaban todas estas cifras en tres registros principales. Uno abierto en la secretaria de Estado (75 inscritos), otro que reagrupaba las peticiones llegadas del interior (235) y, por último, el del ayuntamiento con 36 matriculados. Estos datos son de principios de septiembre. Al final, en total, 64 mil peninsulares siguieron conservando la nacionalidad española.

El miedo, pero también las presiones alimentarias contribuyeron al poco éxito del Registro de españoles en La Habana. Lo prueba el caso de una brigada de barrenderos a los que se les amenazó con perder sus empleos en el Ayuntamiento si se inscribían en él. Casos de presiones de este tipo también se dieron en Matanzas y en otras ciudades, donde algunos exaltados señalaban a los peninsulares (pero sobre todo a sus empleos municipales) como enemigos de la patria nueva. Para evitar derramamientos de sangre la prudencia recomendaba la abstención y eso era lo que defendían los líderes de la comunidad.

El cinturón de Pitcher

Una de las huellas indelebles de la ocupación norteamericana la constituye sin dudas la creación de la Corte de policía, encargada a W. L. Pitcher, capitán del ejército de ocupación, quien pronto alcanzó gran popularidad por su estilo de juzgar y, sobre todo, por sus fallos en los cuales, casi invariablemente, sancionaba a 10 días de arresto o a 10 dólares de multa, o ambas. Pero lo más interesante de este apartado permanente en la prensa cubana de principio de siglo, era que, tras varios años de guerra, se había instalado la normalidad necesaria para el buen funcionamiento del poder judicial y el castigo de los crímenes y delitos que se producían diariamente en La Habana. Uno de los más preocupantes eran los amagos de linchamiento que se producían regularmente contra los criollos defensores de la españolidad de Cuba (unos 80 mil). Algunos decidieron marcharse por temor a sus vidas, pero muchos se quedaron en la Isla, contra ellos; sobre todos los mulatos y los negros, se desataba la ira de algunos exaltados, bastaba que se hiciera una acusación pública de haber pertenecido a ese cuerpo en alguna reyerta de barrio para que el acusado se viera perseguido por una multitud enardecida, tal y como le ocurrió al mulato Crescencio Pérez expráctico de las guerrillas españolas en la calle del Morro. El individuo consiguió escapar a duras penas y pudo ser auxiliado in extremis por el cónsul español que le brindó protección inmunidad (DLM, 06/09/1899). Otro caso bastante sonado ocurrido la misma semana en Guanabacoa fue perpetrado contra un blanco acusado de ser práctico de las fuerzas españolas. El hombre en cuestión no lo era. Se trataba de un conductor de la lancha de Regla, pero alguien hizo una falta denuncia. Al final tras las averiguaciones policiales, el afectado resultó ser miembro del tercer Regimiento de Caballería de Voluntarios movilizados de La Habana que nunca se había movido de Guanabacoa.

Como acabamos de afirmar, los ajustes de cuentas eran bastante comunes durante los primeros meses de 1899, pero situaciones poco comparables a las que suelen producirse en ausencia o malfuncionamiento del poder judicial o alentadas por el poder político. En ese sentido esta noticia del DLM resume bien la situación ya que abunda sobre las tensiones existentes, calificadas por la prensa nacionalista de “incidentes aislados”, también existían reportes de algunos intentos de apoderarse por la fuerza de propiedades de españoles.

“Después del anterior relato huelgan tos comentarios. Basta que alguien quiera perjudicar a un hombre honrado, señalándolo como practico o guerrillero, para que inmediatamente se congregue una multitud, atraída, por el sport del linchamiento, y pretenda colgar a la inocente, víctima. La policía llega tarde, cuando llega, y si el populacho no se sale siempre, con la suya, débese. A que no anda muy listo, pues tiempo sobrado se le había concedido.”

Como reconoce el articulista, el populacho no se sale con la suya y la policía se demora, pero llega. Lo dicho, prueba el restablecimiento de una vida cotidiana casi normal nueve meses después del traspaso de la soberanía y esto sólo pudo deberse a la presencia del Ejército norteamericano y a la severidad del Tribunal de la policía.

Si bien resultan comprensibles de cierta manera los ajustes de cuentas al concluir una guerra civil como la de Cuba, lo que destaca de este período es justamente lo contrario. Contados son los casos en que la crónica de sucesos se tiñe con un hecho de sangre provocado por un ajuste de cuentas. Aunque el DLM se alarmaba a principios de septiembre con el aumento de las tentativas de linchamiento (2), como los ocurridos en La Habana la semana anterior y, otro artículo de Patria reclamaba respeto a los peninsulares que deseaban mantener su nacionalidad; mientras que La Discusión dirigida por Manuel María Coronado, lamentaba con lágrimas de cocodrilo, lo ocurrido “a un hijo de Cuba” golpeado y arrastrado por el Muelle de Caballería por haber sido miembro del cuerpo de guerrilleros, lo cierto es que poca sangre se derramó por razones políticas durante el período. La excepción que confirma la regla se produjo en Unión de Reyes donde fue asesinado el antiguo secretario del juzgado Municipal y exteniente de guerrillas, Diego Sánchez, “por sus numerosos crímenes durante la guerra”, según el telegrama publicado en La Discusión.

“Al cesar en esta isla la soberanía de nuestra nación, tres caminos se ofrecían a los españoles que no quisieron o no pudieron abandonar la tierra donde habían residido los mejores años de su vida: o declararse partidarios de la independencia, ingresando al efecto en los partidos revolucionarios que proclamasen aquella solución, o levantar la bandera del americanismo, atentos para buscar garantías a sus intereses del momento, o adoptar una decorosa y prudente abstención que salvase su responsabilidad en el porvenir y les permitiese conservar su nativa ciudadanía” (DLM, 24/09/1899).

Fin de mes caótico en La Habana

Uno de los sucesos más sonados del mes de septiembre fue la exhumación de los restos de A. Maceo y del hijo de Gómez. Meses antes se había hecho una colecta para construir un monumento a su memoria. Terminado este, el día 18 se trasladaron los restos de ambos al nuevo sepulcro con la presencia de las autoridades norteamericanas y los familiares de los difuntos. Pero el evento que más tinta derramó no fueron las sentidas palabras de Gómez recién llegado de Caibarién; no, lo que destacó la prensa durante toda la semana fue el baile que se organizó el mismo día en el Centro Asturiano, catalogado de insensible y antipatriótico por la prensa nacionalista y republicana de la ciudad.

Los artículos publicados provocaron bastante agitación la que, sumada al llamamiento a la huelga general por el sindicato de albañiles liderado por el negro Evaristo Estenoz y otras corporaciones, hizo que aumentaran más las tensiones sociales en la capital. El fin del mes de septiembre parecía que acabaría bastante mal, sobre todo tras el derribo de la bandera española en el Centro de Dependientes por un grupo de agitadores azuzados por La Discusión (entre los que se encontraba un hijo del general Julio Sanguily arrestado el día 26 por este motivo) y la huelga de los carretoneros separados de sus trabajos por querer seguir siendo españoles. Por todo esto, el gobernador militar de la ciudad el general Ludlow publicó una proclama prometiendo severas sanciones a los provocadores que amenazaban la paz social en la capital. El fantasma de la huelga general se mantuvo casi hasta el final del mes, pero al final las amenazas del interventor surtieron el efecto deseado. En ese sentido el DLM se felicita por los beneficios que traía para todos la presencia de las tropas norteamericanas en la Isla.

“La proclama del general Ludlow, que ayer publicamos, ha causado un efecto saludable en la opinión, alarmada ya con harto motivo, no solo por el anuncio de una huelga general, sino también por el espíritu de insubordinación y escándalo que cada vez más osado, a todos amenazaba con sus coacciones y atropellos.

Uno de los mayores peligros que sobre Cuba se ciernen, es sin dudas el predominio de ciertos elementos, que sin freno de ninguna clase, pretenden imponerse por la imposición y el escándalo, sin más norma que la satisfacción de sus apetitos y pasiones; y estos elementos adulados por unos, temidos por otros y utilizados como instrumentos por muchos, suelen ser los que de manera principalísima siembran el descontento entre los obreros y preparan los motines y asonadas y buscan el conflicto, con atentados como el que se cometió el domingo último en el Centro de Dependientes.

En esta, como en tantas otras ocasiones, la ocupación americana ejerce una misión altamente humanitaria y pacificadora, salvando al país de sangrientos conflictos, asegurando el orden, imponiendo en cuanto alcanza, el respeto a las personas y a las propiedades y teniendo a raya el inquieto bullir de las pasiones, que uno y otro día pugnan por saltar la valla que las detiene y aprisiona.”

Continuará…


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