Actualizado: 19/11/2018 9:53
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Elecciones, Asamblea, Votación

Sí al voto selectivo en las parlamentarias, no al voto unido

Sobre el único momento político en que el cubano puede expresar, sin peligro de represalias, gracias a la institución del voto secreto, su total aversión al actual sistema político

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En Cuba el proceso electoral se divide en dos etapas.

En la primera el electorado nomina y elige directamente a los delegados de su barrio a la Asamblea Municipal. Unos delegados sin embargo carecen de casi todo poder real, aun para darle solución a los problemas más nimios en su circunscripción.

En la segunda etapa unas Comisiones de Candidaturas que no son elegidas por el electorado, y sobre las cuales este no tiene ningún control directo, preparan dos listas para cada municipio, o distrito donde lo haya: una lista, generalmente de no más de seis, con los precandidatos a la Asamblea Nacional, y otra algo más nutrida con los pre-candidatos a la Asamblea Provincial que territorialmente corresponda. Estas listas se elaboran con ciudadanos que al actual gobierno le interese incluir en dichas asambleas, y se completan con hasta un 50 %, nunca más, de delegados municipales electos en la primera etapa.

Ambas listas, que constan con el doble del número de precandidatos que plazas legislativas a ser ocupadas en la asamblea correspondiente, se someten a seguido a la Asamblea Municipal. En sesión especial dicha asamblea reduce entonces ambas listas a la mitad, con la única condición de que nuevamente hasta un 50 % de las mismas, nunca más, esté integrada por candidatos que sí hayan recibido durante la primera etapa la sanción de las urnas.

Luego de esta reducción el número de candidatos coincide exactamente con el de plazas legislativas a ser ocupadas. Y como esta última lista, que generalmente no pasa de tres para el caso de la Asamblea Nacional, es la que se somete completa al voto del electorado municipal o distrital, es evidente entonces que el día de las elecciones los electores no escogen, solo aprueban o deniegan a los candidatos que se les presentan en su boleta electoral.

El problema está sin embargo en que, en este plebiscito, en que como hemos dicho al elector se le presenta en su boleta electoral una lista completa, el voto desaprobatorio no es considerado válido. A menos que se vote afirmativamente por uno de los integrantes de la lista, en cuyo caso sí deberá considerarse el voto negativo que se ha omitido contra los restantes candidatos de la lista. (Para evitar recargar este trabajo le pido al lector que complete la explicación de más arriba mediante la lectura de Sistema Electoral Cubano: Su trampa más evidente y desfachatada en CUBAENCUENTRO, y Proceso Electoral Cubano, en las revistas Vitral u Otro Lunes; se da por descontada además su cuidadosa lectura de la Ley 72, Ley Electoral).

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Aclaro que el único momento político en que el cubano puede expresar, sin peligro de represalias gracias a la institución del voto secreto, o su total aversión al actual sistema político, o solo su deseo de que sea mejorado, es precisamente en el acto electoral con que concluye esta segunda etapa (este 11 de marzo). A través de su participación en el referendo mediante el cual se aprueba o no a los candidatos a la Asamblea Nacional que corresponden a su municipio o distrito, el elector puede enviar un claro mensaje a quienes mandan de su deseo de cambios, sean estos parciales o totales, reformadores o revolucionarios[i]. Porque, aunque las trampas y artilugios legales dentro del sistema electoral cubano reducen nuestra capacidad de usar este acto de votar en las parlamentarias para expresar nuestras inquietudes, o nuestro completo rechazo, con el actual sistema político, en realidad no hacen desaparecer por completo esa posibilidad.

Es cierto que es casi matemáticamente imposible rechazar toda la lista que se nos impone en la boleta, pero el rechazar a uno o a varios de sus integrantes ya no lo es tanto. Basta con que el mayor número de electores escojamos a uno de los candidatos de la lista y marquemos una cruz junto a su nombre, mientras dejamos en blanco las casillas junto a los nombres de los demás.

O sea, mediante el voto selectivo.

La selección más justa en este caso, de por quién se debe marcar, es la de aquel candidato en la boleta que si haya obtenido en la primera etapa la legitimación de sus vecinos en las urnas. Mientras que paralelamente los seleccionados a dejar en blanco serán siempre aquellos que no tuvieron esta legitimación, y que están en la boleta por la imposición del gobierno a través de sus Comisiones de Candidaturas.

En todo caso, si no se conoce quién fue electo ya en primera vuelta le sugerimos echar a suerte cuál de los candidatos de la lista merecerá su voto.

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La realidad es que otras variantes de voto castigo, como el voto en blanco, tienen muy poco efecto. Al hacerlo se agregará un voto más a los no válidos, mientras que en un final los candidatos resultarán aprobados con altísimos porcientos. Y un 90 % o más de votos válidos opacarán siempre, ante las audiencias nacionales y fundamentalmente ante el propio gobierno, cualquier 10 o 20 % de voto en blanco que se registre.

Lo mismo ocurre con el acto de anular la boleta al escribir palabras en ella, como Plebiscito. Acción dramática de la cual no podremos tener nunca certeza qué valor exacto representa entre el total de las anuladas, y la cual pone sin dudas en riesgo al elector, al dejarlo demasiado fácilmente en manos de los grafólogos de la Seguridad del Estado.

En realidad, lo único viable con un mínimo de riesgo para el elector (el que ha asumido los riegos simplemente ya no vota) es hacer caer los porcientos de aprobación de algunos de los candidatos, o incluso hasta lograr que alguno no obtuviera el más del 50 % del voto válido necesario para salir electo. En lo posible aquellos candidatos que no hayan recibido la sanción de las urnas en la primera etapa de nuestro proceso electoral.

Votar selectivamente tiene aún la ventaja de resultar menos alterable a posteriori, en las mesas de escrutinio. Mientras las boletas en blanco pueden ser convertidas con un solo movimiento del lápiz en voto unido, el voto selectivo en cambio, para ser ampliado a tal, conlleva en muchas ocasiones más de una marca adicionada a la boleta. Una marca que será distinguible de la original del elector; y que por otra parte deja atrás la duda de por qué el elector prefirió marcar por todos los candidatos y no tan solo hacer uso de la casilla del voto unido.

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Sin lugar a dudas, lo éticamente más aconsejable sería simplemente negarse a participar en un proceso electoral tramposo, como protesta contra su carácter fullero y manipulador. Mas la realidad es que en un país como Cuba, donde el gobierno cuenta con todos los medios y controla todos los resortes, y por lo tanto puede hacer cerrar absolutamente todas las puertas delante del ciudadano contestatario, hasta convertirlo en una no-persona, no se le puede pedir algo así a nuestros compatriotas. Aun cuando no les es difícil de entender a los mismos electores que si todos se decidirán, y se negaran a participar, le sería imposible al gobierno tomar medidas contra los que se nieguen a votar.

Lo mejor, por tanto, es no participar. Pero si usted no puede por las razones de peso y respetables que tenga, y a la vez desea enviarle un claro mensaje al gobierno de la necesidad de cambios, la solución es el voto selectivo.

El voto selectivo, frente al voto unido promovido por el gobierno, es el recurso de aquellos que no cuentan con las ventajas personales de quienes simplemente no participamos.

Un recurso que aclaro no es ilegal, ya que usted no ha dañado la boleta, y solo ha aprovechado una de las posibilidades legales de ejercer el voto que le deja la Ley Electoral vigente. Un recurso mediante el cual usted no está haciendo Patria para aquellos nostálgicos que solo quisieran retrotraernos a un pasado ya ido definitivamente, o para aquellos otros que padecen de ensoñaciones reclamacionistas, sino mediante el cual usted está abriéndose paso junto a sus compatriotas para tomar en nuestras manos el futuro de nuestra nación, para construirlo en la medida de nuestras aspiraciones y posibilidades.


[i] La Asamblea Provincial en Cuba es un órgano que no tiene más que una función decorativa, algo muy significativo en un país en que, de hecho, cualquier asamblea legislativa no pasa de mero adorno al mangoneo de quienes en realidad mandan. Por ello no hemos incluido en nuestra propuesta para el voto selectivo al plebiscito de la lista de candidatos a delegados a la Asamblea Provincial. No obstante todo lo dicho en este artículo para la Asamblea Nacional también se cumple en este caso.


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