Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Zafra, Trabajo Voluntario, Agricultura, La denuncia de hoy

Siembra baldía

La siembra de este año era crucial, según cálculos infalibles, enfatizaban los miembros del Partido, y así han continuado repitiendo hasta hoy

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“El azúcar es nuestro principal cultivo y quien quiera cualquier variedad de nuestras mejores variedades de azúcar que la venga a buscar a Cuba (APLAUSOS). Nuestra ganadería se desarrolla y no tenemos dudas de que será en el curso de pocos años una de las mejores ganaderías del mundo. Quien quiera razas, ejemplar de cualquier tipo, quien quiera semen de cualquier toro, de nuestros mejores toros, que lo venga a buscar a Cuba; quien quiera semillas de cualquier tipo que las venga a buscar a Cuba, porque nosotros no tememos competencia de ninguna clase” (…) “Y sabemos que en azúcar no habrá quien pueda competir con este país en ningún sentido (APLAUSOS); pero, además, seremos productores importantes de carne para los mercados del mundo, en cantidad y en calidad, y seremos productores importantes de cultivos tropicales, y entre los cítricos nos colocaremos entre los primeros países del mundo, y lo mismo ocurrirá con el café y con el plátano fruta y con la piña (APLAUSOS).”
Fidel Castro, 2 de enero de 1968, Plaza de la Revolución, La Habana.

En agosto de 1980 me mandaron para la siembra de caña. Una semana. A un sitio remoto, al norte de una pueblo pequeño llamado Santo Domingo, en Villa Clara.

“Hace falta que salgas el lunes para la siembra por una semana, hay una situación de urgencia con esta tarea, nos ha planteado el Partido”. Así me dijo, el sábado, la jefa de economía y secretaria del núcleo del Partido Comunista de la Dirección Provincial de Cultura, donde entonces yo me desempeñaba como Divulgador cultural. El año anterior, con el mismo tono entre sentencioso y eufórico, me había pedido —mejor decir, comunicado—algo parecido, también en el verano.

“Qué ‘encarne’”, pensé.

Me pasó por la mente aclararle que esa tarea me la debía encomendar el secretario de la Sección Sindical del centro de trabajo, según lo establecido. Pero deseché esta réplica, que solo me hubiera servido para reclamar algo que constaba solo teóricamente.

Por otra parte, ya sabemos el resquemor que, en Cuba, suelen sentir no pocos de los trabajadores administrativos de las instituciones culturales, hacia quienes se desempeñan en el área intelectual.

Resquemor, dije. Y vale agregar que, en algunos casos, odio, rechazo, etcétera, hacia esos tipos y tipas instructores de arte, comunicadores, asesores literarios, divulgadores culturales, etcétera, que se la pasan de un lado para otro dando charlas, hablando y hablando, no suelen firmar tarjeta de control de entrada y salida y aún viajan a una y otra provincia, y a veces a otro país.

De los especímenes antes aludidos de las áreas administrativas, los más inclementes al respecto resultan los jefes de personal. Conocí a algunos que se les salía la baba luciferina cuando lograban clavar una falta en el expediente de un “intelectual”.

Aprendí más o menos a sembrar la caña (el año anterior me habían enviado a la limpia de mala yerba en los cañaverales): se trataba de ir poniendo en el surco los trozos de caña —las semillas, digamos—, y a la par apisonarlos, con los pies. Y acto seguido dejarles caer un puñado de abono. Era menester, nos aclararon los sapientes, incluido esos seres llamados jefes de lote —campesinos asalariados, encargados de inspeccionar la labor—, dejar caer el abono a favor del aire; si se hacía lo contrario, el abono podría ir hacia la cara del sembrador y resultar muy dañino.

Allí estuve, estuvimos —éramos una “brigada” de hombres venidos de diferentes organismos e instituciones—, una semana de ocho días. En el comedor, el plato fuerte resultaba carne enlatada —en una dosis revolucionaria—, o huevos cocidos o una especie de ajiaco quizás elaborado con la misma carne y rematado con varias especias. Claro, no faltaba el agua de chícharo y una lasca de pan.

Comentando en el comedor sobre el menú y el terrible calor, incluido el nocturno —el que se acumulaba durante el día en el techo de fibrocemento, horneaba hacia abajo en la noche—, fue que me hice amigo de Lamadrid, un joven negro, simpático, graduado hacía unos años en agronomía y que gustaba, sobre todo, de tararear canciones en inglés y sonreír mucho.

Constantemente llegaban por el albergue directivos del Partido Comunista de la zona y jefes de la granja para arengarnos: resultaba necesario cumplir con la meta de siembra de caña, el pueblo, la Revolución, Fidel, el futuro de la patria y esas cosas, lo necesitaban. La siembra de este año era crucial, según cálculos infalibles, enfatizaron. Era menester trabajar de sol a sol, dijeron más de una vez. Y así se hizo.

Sería el penúltimo día, cuando Lamadrid y yo tomábamos un descanso, al mediodía, bajo un árbol, que él, mirando hacia el extenso campo que sembrábamos, dijo por lo bajo: “Y pensar que no nace”.

—¡¿Cómo?! —exclamé volviéndome hacia él—: ¡¿qué cosa no nace?!

—Esas semillas que estamos sembrando no nacen, socio. Y si nacen, serán unas cañitas raquíticas que no dan nada, ni un grano de azúcar.

Enfatizó Lamadrid y me explicó, con detalles, por qué, tomando en cuenta la época, justamente las fechas, la carencia de lluvias previas, el estado de la tierra y otros factores que él, por su profesión, conocía, estábamos, como se dice, sembrando en el desierto.

—¡Coño, mi negro —le dije—, pero eso tenías que haberlo dicho antes!

—¿A quién?

—Coño, a todo el mundo, a la gente aquí, a los jefes de la granja, del Partido, que vienen a pedirnos más y más... Coño... ¡Pero es terrible lo que me estás diciendo, Lamadrid!

—A los jefes... A los jefes... ¿Y tú crees que ellos no lo saben? Por lo menos los jefes de lote lo saben muy bien… Entiende, mi hermano, son metas que vienen de “arriba” y hay que cumplirlas… No meterse en problemas.

Volvió entonces el rostro hacia mí:

—Blanco, tú no imaginas los problemas que yo me he buscado por decir la verdad… Así que deja eso, siembra y dale… Son metas.

Ya ven. Así iban las cosas. Así van.


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