Actualizado: 23/09/2022 21:11
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Exilio, Caos, Escape

Subsistencia, caos y escape como alternativas en Cuba

Para el régimen cubano el objetivo siempre ha sido subordinar al exilio a una función abastecedora

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Hay un tercer factor a tomar en cuenta en el juego político entre La Habana y Washington. No bajo pretensiones imposibles de compararse al poder que genera una nación, sino en la realidad de un centro al que, en primera o última instancia, convergen desde las medidas más inmediatas hasta las ilusiones hoy imposibles.

Que ese centro se ha convertido no en la frontera establecida por décadas —el punto que definía la llegada a ‘‘tierras de libertad’’— sino el espacio donde hoy se adquieren las mercancías o se gana el dinero que se gasta en la otra orilla, complica las cosas a la hora de esgrimir argumentos. Pero no por ello impide fines específicos. No importa hacia donde apunten los pelotazos, siempre la bola termina cayendo en Miami.

Para el régimen cubano el objetivo siempre ha sido subordinar al exilio a una función abastecedora. Bajo el mantra de una patria que todo lo espera y nada tiene que dar a cambio, el exiliado debe cumplir su deber filial. La familia que quedó atrás se convierte entonces en una vía putativa para el sostenimiento no solo de la nación, que hoy día se entiende desde La Habana como un traslado y no una ruptura definitiva: los que se van y los que se quedan.

Por su parte quienes por décadas asumieron la representación de ese exilio —y se aferran a mantenerse en esa función ya caduca— siempre han considerado su escape como una suplantación. Durante el período del supuesto “deshielo” entre Cuba y Estados Unidos hablaron de que no se había tomado en cuenta la voluntad y los deseos de una oposición reconocida por ellos, mientras omitieron las opiniones y los deseos manifestados por quienes viven en la Isla y simplemente ignoraron las ilusiones y esperanzas de los de allá; se cerraron ante una realidad que no pudo despacharse solo con el argumento de ser en buena medida infundadas: nadie puedo negarle entonces el derecho a una desilusión futura y con la victoria electoral de Donald Trump vino a confirmarse. Luego vino el estancamiento de cuatro años, en que la única apuesta posible fue el aumentar la presión a la caldera para provocar un estallido. Ahora se atraviesa una nueva etapa de estancamiento, donde no valen ni acercarse ni apretar, sino dejarlo todo a la benevolencia de los años.

Durante los últimos años de su mandato oficial, dio la impresión que el futuro del gobierno de Raúl Castro dependía de la disminución de la brecha entre la Cuba del ciudadano de a pie y la Cuba que ofrecía una imagen de estabilidad a los ojos del mundo. Como en tantas cosas, el régimen fracasó en ese esfuerzo, si alguna vez realmente se lo propuso como objetivo serio. Por años Raúl Castro optó por mantener la indecisión entre la permanencia y el cambio.

Como en un lance de muy reducidas alternativas, la Plaza de la Revolución siempre ha mostrado unos dados con apenas dos caras: aceptar el estancamiento o el peligro del caos. Y por supuesto que nadie quiere lo segundo. En su última etapa la administración de Barack Obama intentó la ruptura de esta dualidad, en una apuesta que se empecinaba no en plantear un cambio de carácter político sino en buscar una entrada en el terreno económico y social, y así contribuir al mejoramiento de las condiciones de vida de los residentes en la Isla. Por lo corto del tiempo que se puso en práctica, y en particular por la intransigencia de La Habana con Fidel Castro aún vivo, degeneró en fracaso. Con Trump vino el apostar al caos como solución y una de las consecuencias fue el aumento de la represión como respuesta socorrida del régimen. Por supuesto que Washington no fue responsable de dicha respuesta, pero no por ello hay que desconocer la falta de avance logrado.

La supervivencia en Cuba en Cuba de la elite gobernante no hace olvidar el fallo fundamental de un modelo que en su fundación eligió el ideal socialista: la incapacidad para lograr que se multipliquen no mil escuelas de pensamiento, sino centenares de supermercados.

De esta forma, el mantenimiento de un poder férreo y obsoleto —que sobrevive por la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales y se sustenta fundamentalmente en la represión— se ve ante la necesidad de emprender el desarrollo económico e impulsar la satisfacción de las principales necesidades materiales de la población. Intenta hacerlo mientras conserva el poder político clásico del totalitario, sin poder alejarse hacia un sistema autoritario como pareció que llevaría a cabo Raúl Castro en un primer momento.

Sin embargo, la realidad económica continúa presionando cada vez con mayor fuerza. Poco a poco se ha ido limitando en Cuba la necesidad de decidir un camino entre algo similar a un Vietnam de cara al futuro y una Corea del Norte aferrada al pasado. Por supuesto que ambas vías tiran por la borda cualquier ilusión democrática, pero no por ello son cada vez más reales. Aunque la renuencia actual, mantenida por la presidente de Joe Biden, de entender la presión económica no mediante un embargo obsoleto sino a través de una política de recompensas y sanciones, desde el país al que la geografía y la realidad económica del mundo actual —más que la historia y un pasado complejo— obliga a Cuba a depender, ha hecho posible que persista la vigencia que impide la reinserción natural que por décadas se despreció en ambos extremos del estrecho floridano. Se mantiene entonces la conciencia de que el proyecto nacional de un país pequeño —y tan interdependiente del espejismo de la imaginaria ciudad-Estado que simboliza Miami— puede definirse solo de forma frágil sobre el concepto de la excepcionalidad. Lo demás es puro espejismo

Mientras, la política de aislamiento —practicada con éxito en lo político por quienes controlaban el poder en ambas orillas— ha sido el obstáculo principal para no permitir una mayor influencia de quienes viven en el exilio en la situación cubana. Influencia no valorada en políticas que han demostrado poca efectividad en el avance democrático de la Isla, sino en acciones que demuestren una mejor comprensión de la realidad cubana. Por otra parte, y al margen de esta situación política, ha persistido y se ha ensanchado una especie de micropolítica doméstica donde los vínculos familiares determinan por encima de cualquier otra consideración, y en que lo económico, para beneficio del régimen de La Habana, ha estado impulsado por la necesidad de ayudar a quienes quedaron en la Isla.

La conclusión, lamentable para la plataforma de sustentación ideológica del exilio de Miami, es que en la actualidad La Habana logra sostener el argumento de plaza sitiada —que tan buenos dividendos políticos le ha dado al gobierno de la Isla—, mientras se aprovecha más que nunca de la ayuda desde Miami para la subsistencia de los residentes de la Isla. Todo ello mientras fomenta la ilusión de la vía de escape, que sustituye por la fuga cualquier esfuerzo en pro de una difícil acción política nacional.


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