Actualizado: 17/12/2018 10:04
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Terapia, Sociedad civil, Represión

Terapia ocupacional del oprimido

No existen dudas sobre las limitaciones que hoy presenta la sociedad civil cubana, para tener protagonismo en la construcción de la política del país

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El objetivo principal de la terapia ocupacional es contribuir al bienestar biopsicosocial. Para ello, los sujetos son asistidos en el desarrollo de actitudes activas respecto a sus limitadas capacidades, de modo que puedan modificar sus habilidades y mejorar sus respectivas calidades de vida, como seres independientes.

Siguiendo esa breve definición, cabe entonces preguntarse: ¿pudiera existir una terapia ocupacional que apunte a todo lo contrario, la opresión?

No existen dudas sobre las limitaciones que hoy presenta la sociedad civil cubana, para tener protagonismo en la construcción de la política del país. Tampoco se vacila en reconocer que este proceso ha sido un privilegio en los hombros de una minoría, siendo el mismo una total responsabilidad de cada miembro de la sociedad, como mínimo, desde un punto de vista ético y moral.

El éxito del monopolio militar cubano en mantener la centralización del poder para la construcción de la política, puede ser entendido a partir de disímiles aspectos. Uno de ellos es la naturaleza de las relaciones entre sociedad civil y Estado, caracterizada por la hibridez entre una especie de democratización / desdemocratización[1], por solo citar algunos conceptos. Y, conforme sugiere el término hibridez, esta relación no necesariamente opera de forma asimétrica, antagónica. Al contrario, se desarrolla de forma simultánea, dialéctica, compleja.

Por su limitación para empoderar realmente a la ciudadanía en la toma de decisiones, los “Lineamientos de la política económica y social del partido y la revolución” puede considerarse un claro ejemplo de esa compleja relación. El otro, es precisamente la actual reforma constitucional, sobre la cual han reflexionado muchos colegas. Sin embargo, me permito reforzar un elemento asociado a ciertos esos análisis realizados.

Entre algunas personas se percibe un cierto optimismo debido a las transformaciones más notables que han circulado. Entre ellas: reconocimiento a la propiedad privada, inversión extranjera, concepción sobre la familia y otros. No obstante, es necesario vincular estos cambios con una forma de enmascaramiento de la real lógica de “distribución” del poder.

Para el régimen, es necesario crear la sensación de cambios, de mejoras, de aperturas, de empoderamiento de la sociedad civil, de democratización. Y una de las estrategias utilizadas es el actual proceso de reforma, donde el Estado y la sociedad (a través de sus “representantes”) debaten sobre el documento supremo que definirá el funcionamiento de la sociedad. Como parte de dicha reforma, estrategia (valga la redundancia), las modificaciones supuestamente democratizantes, en verdad contribuyen para desdemocratizar otros procesos que resultan aspectos centrales de una real distribución de poder.

En otras palabras, me inclino a reafirmar que el actual proceso favorece la manutención y legitimación del autoritarismo en las decisiones sobre asuntos importantes, así como el estancamiento de las incapacidades de la sociedad civil para decidir sobre asuntos prioritarios. Es así como el régimen cubano ha conseguido mantener la construcción de la política concentrada en una minoría, valiéndose de una enmascarada relación entre democratización-desdemocratización, como herramienta para disciplinar el pueblo cubano y sembrar su pasividad política delante del papel transformador que les corresponde.

Por ello, una mirada más allá de lo palpable se hace imprescindible, con el propósito de identificar aquellos aspectos que revelan la preservación de las incapacidades de dicha sociedad, para influir en la configuración del país como un todo.

  • ¿Cómo el proceso en cuestión está facilitando un debate crítico sobre la configuración del propio proceso y de los futuros modos de construir la política?
  • ¿La manera en que el mismo transcurre (juzgando por los absurdos de Homero y José Luis Toledo y la respectiva pasividad de nuestros representantes), es reflejo de formas de cultura política de una sociedad que se reconoce como referente de la política y ente activo en la configuración de la misma?
  • ¿Esas formas de cultura política han sido y serán eficientes como para hacer emerger acciones capaces de presionar, controlar y movilizar la ciudadanía en respuesta a los altos grados de concentración del poder?
  • ¿Las transformaciones que se perciben representan oportunidades y capacidades para ampliar las cuotas de poder de la sociedad civil en la toma de decisiones y construcción de una nación, más justa, libre, prospera y emancipada?
  • ¿Cuáles son las funciones sociales y políticas latentes en esas modificaciones?

Estas son algunas de las incógnitas que quedan por responderse a plenitud. Por el momento, reafirmo mi punto de vista. Las mencionadas variaciones, sin bien son necesarias para el bienestar de ciertos grupos sociales, ellas apuntan a legitimar la orden establecida en un contexto de creciente desencantamiento popular (aumento de emigración y de la oposición, son ejemplos de esta realidad). Con dichas variaciones, el régimen desarrolla al menos dos maniobras esenciales. En primer lugar, escamotea la desdemocratización, enalteciendo la institucionalidad como referente y reflejo de la democracia, en vez de los (as) ciudadanos (as) como sujetos políticos (¡estamos haciendo reforma constitucional, con participación popular!). En segundo lugar, moviliza solamente las fichas que les facilite tal legitimación, mientras intenta mantener estancadas aquellas que les pudiera hacer perder capacidades de poder y dominación.

Y, en una sociedad donde se intenten preservar las limitaciones del soberano (cognoscitivas, simbólicas, estructurales, prácticas), para potencial su papel crítico y activo en la construcción de una sociedad más justa y emancipada, cualquier proceso que se diga participativo resulta un mero ejemplo de maniqueísmo democrático. Constituye un proceso donde, en realdiad, la sociedad civil se reproduce en posición de subordinación, similar a lo que pudiéramos concebir como una “terapia ocupacional del oprimido”.


[1] De forma sucinta, asumo aquí la visión de Tilly (2007) sobre democratización (como movimiento que apunta a consultas cada vez más vinculantes entre Estado y sociedad civil en la construcción de política y la sociedad) y desdemocratización (como su reverso).


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