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Cambios

Trabajo “oblivuntario”

Ahora descubrimos que el “hombre nuevo” es el que reinstaura las paladares y los timbiriches abolidos en 1968, o el emigrante que capitaliza con sus remesas la tardía NEP cubana

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El trabajo voluntario, uno de los pilares en la construcción del “hombre nuevo” acaba de ser derogado en Cuba por decreto, incluso “las movilizaciones de un millón de estudiantes para tareas agrícolas en el periodo vacacional, debido a que son improductivas y generan enormes gastos”. Según la Unión de Jóvenes Comunistas, “las campañas más recientes enviaban señales inequívocas, entre ellas, una desfavorable correlación gastos-aporte”.

En lo adelante, la convocatoria a trabajos voluntarios se limitará a situaciones de “desastres naturales, tecnológicos, sanitarios, fenómenos climatológicos que dañen cosechas u otras producciones o servicios”, según declaración de Amarylis Pérez, dirigente de la Central de Trabajadores de Cuba, al diario Trabajadores.

Se trata de “cambiar el método, eliminar su planificación sistemática y formal, que se justifique su realización”, y suprimir el formalismo y el despilfarro del trabajo voluntario, ante un nuevo escenario económico y laboral. En lo adelante, las empresas que necesiten fuerza de trabajo eventual, tendrán que contratarlas “en la reserva laboral”.

El diario recuerda que el sentido original del trabajo voluntario “se desvirtuó rápidamente”, se realizaron “gigantescas movilizaciones hacia campos agrícolas u otras actividades sin un contenido productivo, donde prevalecía la pérdida de tiempo, y el gasto de recursos era muy superior al efecto económico del trabajo que se iba a realizar”, y esto “en innumerables ocasiones solo sirvió para tapar o eliminar la ineficiencia, malos métodos de trabajo y otras deficiencias administrativas”.

Ya Ernesto Che Guevara, en su discurso de clausura del Seminario “La Juventud y la Revolución”, organizado por la UJC del Ministerio de Industrias, el 9 de mayo de 1964, admitía: “¿Por qué insistimos tanto en el trabajo voluntario? Económicamente significa casi nada; los voluntarios, incluso que van a cortar caña, que es la tarea más importante que realizan desde el punto de vista económico, no dan resultados. Un cortador de caña del Ministerio corta cuatro o cinco veces menos que un cortador de caña que ha hecho eso habitualmente toda su vida”.

Esto es algo que ya sabía desde hace decenios el cubano de a pie. Se cumple una vez más que el Estado, aunque no sea el último en enterarse, es el último en darse por enterado. Y para ello ha necesitado medio siglo.

Fue el 23 de noviembre de 1959 cuando Guevara convocó al primer trabajo voluntario, durante la construcción de la Ciudad Escolar “Camilo Cienfuegos”, en el Caney de las Mercedes. Desde entonces, era frecuente verlo los domingos trabajando en el corte de caña, en la construcción o en las fábricas. Él definió el “trabajo voluntario” como una nueva modalidad “que se realiza fuera de las horas normales de trabajo sin percibir remuneración económica adicional”.

Pero era mucho más que eso. En una carta dirigida a Carlos Quijano, del semanario Marcha, de Montevideo, en marzo de 1965, el comandante apuntaba que “el hombre, en el socialismo a pesar de su aparente estandarización, es más completo (…) el trabajo debe adquirir una condición nueva; la mercancía hombre cesa de existir (…) El hombre comienza a liberar su pensamiento del hecho enojoso que suponía la necesidad de satisfacer sus necesidades animales mediante el trabajo. Empieza a verse retratado en su obra y a comprender su magnitud humana a través del objeto creado” (…) el hombre realmente alcanza su plena condición humana cuando produce sin la compulsión de la necesidad física de venderse como mercancía”.

Y cifra sus tesis sobre la creación del “hombre nuevo”, paralela al desarrollo de la técnica, en el hecho de que “no estamos frente al período de transición puro, tal como lo viera Marx en la Crítica del programa de Gotha, sino a una nueva fase no prevista por él”. Y añade que “el socialismo, en esta etapa de construcción del socialismo y comunismo, no se ha hecho simplemente para tener nuestras fábricas brillantes, se está haciendo para el hombre integral, el hombre debe transformarse conjuntamente con la producción que avance, y no haríamos una tarea adecuada si solamente fuéramos productores de artículos, de materias primas, y no fuéramos a la vez productores de hombres”.

Producir hombres es el proyecto guevariano de ingeniería social. Y en ello juega un papel esencial el trabajo voluntario —“una escuela creadora de conciencia (…) que nos permite acelerar el proceso de tránsito”—, porque “lo importante es que una parte de la vida del individuo se entrega a la sociedad sin esperar nada, sin retribución de ningún tipo, y solamente en cumplimiento del deber social. Allí comienza a crearse lo que después, por el avance de la técnica, por el avance de la producción y de las relaciones de producción, alcanzará un tipo más elevado, se convertirá en la necesidad social. (…) Acostumbrarse a hacer del trabajo productivo, poco a poco, algo que dignifica tanto, que se convierte de momento, y a través del tiempo, en una necesidad” (9 de mayo de 1964).

Reconoce que “todavía hay aspectos coactivos en el trabajo, aun cuando sea voluntario; el hombre no ha transformado toda la coerción que lo rodea en reflejo condicionado de naturaleza social y todavía produce, en muchos casos, bajo la presión del medio”, y aunque intenta “rectificar” al hombre viejo en la dirección correcta, y no duda en apelar a la coacción cuando la convicción no basta, anuncia que “las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original”. Son ellas “la arcilla maleable con que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores”. Por eso, imponer el trabajo voluntario a los jóvenes es clave para su educación. Y Guevara afirma, entre la ingenuidad y el cinismo, que para los jóvenes “el trabajo es un premio en ciertos casos, un instrumento de educación, en otros, jamás un castigo”.

En el imaginario guevariano, este proceso iría acompañado de la “participación consciente, individual y colectiva, en todos los mecanismos de dirección y de producción (…) Así logrará la total conciencia de su ser social, lo que equivale a su realización plena como criatura humana, rotas las cadenas de la enajenación”.

Aunque, en la práctica, Guevara no estaba dispuesto a democratizar la dirección sin una previa reeducación del pueblo, y Fidel Castro, para quien el poder nunca ha sido un medio, sino un fin, menos.

Castro comprendió de inmediato el valor del trabajo voluntario como mecanismo de dominación. El hombre nuevo (y el hombre viejo rectificado) no debería trabajar para sí mismo o para satisfacer las necesidades de los suyos. Como dijera Guevara, “no se trata de cuántos kilogramos de carne se come o de cuántas veces por año pueda ir alguien a pasearse en la playa, ni de cuántas bellezas que vienen del exterior puedan comprarse con los salarios actuales. Se trata, precisamente, de que el individuo se sienta más pleno, con mucha más riqueza interior y con mucha más responsabilidad”. Plenitud, riqueza interior y responsabilidad fue traducido por Castro como obediencia. El destino de los cubanos sería trabajar para el Estado, dónde, cuándo y en aquello que el Estado decidiera. Supeditar su necesidad, su voluntad y sus deseos a la voluntad del Estado. La creación de una nueva actitud ante el trabajo fue reinterpretada como la creación de una nueva actitud ante el Estado todopoderoso que dictaría al ciudadano el modo de invertir sus esfuerzos, la retribución que le correspondería por la libreta de abastecimientos y el destino de sus hijos.

En los países anglosajones suele compulsarse a los niños y jóvenes a aceptar trabajos a tiempo parcial y durante sus vacaciones, de modo que comprendan tempranamente la relación entre esfuerzo y retribución. Entre los cubanos, posiblemente el efecto más perverso de este medio siglo ha sido una persistente “antieducación” laboral: la noción de que el trabajo no es la única vía socialmente aceptable de obtener una retribución a cambio del esfuerzo, sino una penosa obligación muchas veces sin sentido ante la cual la única respuesta ha sido la simulación.

Hoy, cuando en nombre del socialismo se desmantela paulatinamente en Cuba eso que se insiste en llamar “socialismo” —Deng Xiaoping invocó sin cesar a Mao mientras desmantelaba el maoísmo—, y se cumple una vez más que el socialismo es el camino más largo entre el capitalismo y el capitalismo, descubrimos que el “hombre nuevo” es el que reinstaura las paladares y los timbiriches abolidos en 1968, o el emigrante que capitaliza con sus remesas la tardía NEP cubana. Ambos ajenos a la receta guevariana para alcanzar “su plena condición humana cuando producen sin la compulsión de la necesidad física de venderse como mercancía”. Ambos renuentes a continuar siendo una mercancía del Estado.


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