Actualizado: 01/03/2024 13:40
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Ruinas, Deterioro, Involución

Trinchera de escombros

Un país cuya máxima aspiración es la “resistencia” es como aquel edificio emblemático al cual para evitar el derrumbe le van poniendo puntales y remiendos

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Circula por las redes una foto de la pizzería de La Copa, en calle primera y 42, ciudad de la Habana. El pie de foto advierte que la están reparando. Pero no deja de ser chocante. Allí los muchachos del barrio con un peso y veinte centavos matábamos el hambre después de salir de la “costa”. No pedíamos nada extraordinario. Solo una pequeña pizza de queso para saciar el apetito adolescente. Parece que se trata de una moda o una denuncia gráfica; hacer públicos los escombros de lo que va quedando de la Cuba conocida. Imágenes que además de decir más que cien palabras, suelen evocar emociones que parecían bajo control. Como la tasa de té evoca reminiscencias dublinesas, ciertas fotos trasportan al día en que creíamos ser felices y poco pedíamos a cambio.

Imagino que para cada lector fuera de la Isla sucede algo parecido cuando ve una calle, un parque, un cine, una antigua bodega convertida en ruinas: la calle que tantas veces caminamos a oscuras, el parque donde besamos la primera novia, el cine dónde vimos la primera película de “12”, la bodega del gallego, a quien comprábamos la caja de cigarros a escondidas de los viejos. Ahora vemos las calles de La Habana, después de la listísima idea de poner el gas por tuberías con furnias sísmicas; “mi” parque Miguel Coyula sin el busto del “viejito” quien fuera comandante del Ejército Libertador —perdida la cuenta las veces que lo repusieron y se lo robaron para fines nada museables—; los cines Metropolitan y Ambassador —envidias para cualquier teatro—, hoy madrigueras de roedores y murciélagos; la bodega del gallego, convertida en un viandero pestilente donde medra un ciudadano que jamás conoció, ni le importaría, el legítimo dueño.

Por cierto, en un viaje a Cuba tuve la curiosidad de visitar el antiguo Hotel Comodoro. Cuando era ‘fiñe” aquello era monte y diente’ perro. Se jugaba pelota en un enorme placer enfrente. Un mal día decidieron construir unos bungalós aledaños al hotel. Después de la ampliación, una llovizna ligera dejaba la calle primera y vías contiguas inundadas por horas. Los ciclones hicieron que las casas se inundaran y los inquilinos perdieran muebles y electrodomésticos.

Pero lo más ilustrativo fue el auge y caída de la llamada “discoteca del Comodoro”. Al despenalizar el dólar, fue el sitio de preferencia para turistas, prostitutas y tahúres. Por su parte, y como premio, la juventud comunista daba entradas y consumo mínimo a los comunistas destacados. Imaginar la mezcla de compañeros y “escorias” bailando bajo las mismas luminarias y los efectos del Cuba Libre —el coctel, por supuesto— puede darnos una idea de los escombros ideológicos que ya se veían venir a principios de los años noventa. Por alguna razón o sin ella la discoteca fue cerrada, y alertado del abandono, visité lo que quedaba. De la bella y “antrológica” discoteca solo quedaban ruinas, y unos viejos cartones sobre los cuales quizás durmió un indigente.

Cuando el difunto líder retomó la idea martiana de que trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra tal vez estaba pensando en ripios, desperdicios, ruinas… es lo que nos ha enseñado el marxismo-leninismo en los cuatro puntos cardinales: como echar abajo material y espiritualmente una nación hasta sus cimientos. Las trincheras que hoy enarbola el liderazgo comunista tienen como parapetos escombros, restos de lo que fue una de la ciudades más bellas y visitadas de América. Y también un pueblo, el cubano, que en su mayoría deseaba un cambio, una mejor vida, no vivir entre puntales y latones de basura desbordados. Aunque podría ser enjuiciado por la historia, a Eusebio Leal lo puede absolver haber detenido, de manera temporal, el deterioro, revertir la impronta destructiva involucionaria. Algún día sabremos cuantas batallas tuvo que dar ese hombre para salir de la trinchera de la desidia y hacernos admirar, por lo menos, el llamado casco histórico.

Rescatar el valor patrimonial es rescatar también al hombre. Hombre y mujer atrapado entre ruinas materiales, espirituales e ideológicas donde la única solución, como en el edificio en peligro de desmorone, es salir cuanto antes de él. Sabemos cuánto cuesta a los inquilinos dejar la casa donde nacieron y crecieron. Unos prefieren esperar en ese desvencijado país-trinchera por un milagro, que pase algo, una luz cegadora o un disparo de… ¿nieve? Otros se han ido antes a un inmenso albergue que se llama mundo. El lugar más socorrido es, por supuesto, el que acoge a quienes vieron la grieta en el techo cuando todo parecía pintado de rosa.

Regresando a la metáfora del atrincheramiento, sabemos que esconderse en un foso a la larga es solo eso, protegerse, estar lejos de la “candela”. Un país cuya máxima aspiración es la “resistencia” es como aquel edificio emblemático al cual para evitar el derrumbe le van poniendo puntales y remiendos. Es eso lo que hasta ahora ha hecho la llamada “Continuidad”. Sin éxito repiten un arquitrabe por aquí y un poste por allá. No se puede sostener en pie algo condenado por los principios físicos más elementales, por la práctica, por ese inapelable juez que es la verdad. Los líderes de la Cuba actual pretenden que la gente se bata desde las cenizas, mientras ellos ordenan resistir desde el búnker. No son capaces, o no pueden, remodelar el edificio.

Una propuesta, sí, ¡cómo no! Salgan de la trinchera, y junten a todos los cubanos sin distingos; después, como hicieron en Europa, sigan los viejos planos y reconstruyan lo que algo peor que la guerra ha convertido en escombros materiales y humanos.


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