Actualizado: 27/05/2020 15:36
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Marrero, Primer ministro, Turismo

Un Gran Hotel llamado Cuba

Manuel Marrero, ¿reconstructor o demoledor de la vieja estructura?

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Lo que sabemos es una gota de agua;
lo que ignoramos es el océano.
Isaac Newton

A muchos ha sorprendido la selección de un administrativo como primer ministro cubano. “Gallo tapao” o no, Manuel Marrero es, como Canel —no Fausto, el cineasta y escritor—, un sobreviviente de las tristemente famosas ingestas de mieles y las consecuentes deposiciones liquidas que se llevaron por delante a los presuntos herederos del poder. Como Miguel —no el ratón de Disney—, Marrero era conocido en la Isla por su discreción y laboriosidad, y, sobre todo, por aparecer poco en la foto. Exmilitar y arquitecto, el nuevo primer ministro es el servidor —eso es lo que significa ministro— con más tiempo en el gobierno. Desde los años noventa del pasado siglo Manuel Marrero está vinculado al turismo, y ha escalado desde ser un simple directivo de hoteles a estar en la cúspide del poder político.

El régimen cubano, quien sabe si atemperándose a los vientos huracanados que soplan del Norte, ha escogido a un “hombre de negocios”, que es lo que mejor resume este “dedazo”. Podían haberse decantado por el médico, la ingeniera hidráulica, o el abogado, todos maduros, mas no preparados para lidiar en el terreno de las negociaciones y las finanzas capitalistas. El único que hubiera podido competir con el designado es un excoronel de la inteligencia que sobrepasa los ochenta años. El actual primer ministro, en cambio, es un fornido, bien alimentado hombre de 56, y ha logrado en breve tiempo lo que parecía inverosímil: importantes cadenas hoteleras europeas invirtiendo en el incierto mercado de la Isla. Por cierto, en un viaje a Europa en una aerolínea de ese Continente, había propaganda televisiva y revistas sobre hoteles cubanos. Después he sabido que existe una asociación entre el Ministerio de Turismo de Cuba y esa aerolínea.

En realidad, Cuba siempre ha sido como un hotel en medio del Caribe. Tiene una disposición geográfica singular: la isla discurre de este a oeste, y no de norte a sur, como es habitual. La llamada Corriente del Golfo golpea con fuerza sus costas, y ha originado algunas de las playas con arena fina y agua transparente y cálida más bellas del mundo. Gracias al subdesarrollo y las limitaciones económicas, sus arrecifes no han sufrido la depredación del hombre; es posible encontrar especies marinas que podrían haberse extinguido en otros mares. En la Isla hay calor. Pero siempre hay alisios para refrescar la tarde.

Por su topografía costera con bahías de bolsa, y la ausencia de peligros naturales excepto los ciclones, Cuba fue el destino y partida de la Flota de Indias, varias decenas de barcos mercantes y naves de guerra como custodia. Es fácil imaginar a los puertos cubanos, durante más de dos siglos, con cientos hospederías, bares, prostíbulos y otras “ofertas” al turismo mercantil. La Habana fue, sobre todo, sitio de paso, de estancia breve, el lugar donde el anfitrión estaba obligado al buen servicio pues era bien remunerado. Sus pendencias, jolgorios y pecados mortales han dado para infinidad de obras literarias.

Y así siguió en la República, entonces con el turista que mejor paga y más viaja, el norteamericano. No existía Miami. Tampoco Cancún, y Acapulco no es comparable a Varadero. Dominicana era un arenal inexplorado. Nada de eso hacía falta: existía una Isla, pocas millas al Sur, donde casi todo era permitido: nunca hubo prohibición de alcohol ni abortero preso —las norteamericanas ricas “resolvían” en el día; la policía, los senadores y los presidentes sabían al menos dos palabras en inglés: “Yes, Sir”.

Es un hecho real lo que sucede en El Padrino (II). Justamente en 1959 comenzarían las obras que, abriéndose como una autopista en medio de la ciudad, conectaría la Bahía de la Habana, una moderna rada y un helipuerto con lujosos hoteles y casinos en el centro. Otro proyecto era sembrar de restaurantes y hospedajes todo el litoral norte en el lado este de La Habana. De aquellos proyectos frustres nos han quedado algunas pistas en Santa María del Mar y Guanabo. En fin, la idea era poner Las Vegas en La Habana.

Uno de los argumentos del Exlíder desde que tomó el poder era que la Revolución había detenido en seco el turismo capitalista con sus lacras de droga, prostitución y crimen organizado. Bastaba la desinteresada ayuda de la Unión Soviética, y la producción de azúcar, tabaco y café para desarrollar el país. Cuando se desmerengó la ayuda interesada, y el café cogió roya — Hemileia vastatrix—, el tabaco gorgojo y el azúcar… se hizo amargo de producir, entonces se miró de nuevo a la belleza natural de la Isla y al turista en revolución, o sea, ya no eran drogadictos, ni prostibularios, y tampoco “mafiosos”, aunque consta que la gente de Escobar pernoctó varias noches en los hoteles y “casas de seguridad” de la Isla.

Es posible que el señor Marrero no haya tenido nada que ver con la prohibición de que los cubanos entraran a los hoteles de su propio país. Que tampoco tuviera participación en la humillante limitación de prohibir hasta el paso por la arena de esos hoteles; o que los cubanos no pudieran manejar autos rentados ni hospedarse una sola noche. Manuel Marrero, ministro de turismo y antes gerente de Gaviota, pudo estar ajeno a los desalojos, algunos casi forzados, de las ciudadelas de la Habana Vieja para convertir los patios coloniales en restaurantes donde solo se puede pagar en moneda extranjera. El ahora primer ministro tal vez tuvo una opinión diferente sobre cultura y turismo; la exclusión de ciertos músicos —hacer sopa— en cervecerías y comedores para turistas. El segundo al mando puede no haber estado de acuerdo con restringir los arrendatarios independientes, una competencia dura al ineficiente, mediocre y ratero servicio del turismo estatal.

De lo que si podemos estar casi seguros es de dos cosas: una es que bajo las actuales condiciones donde el régimen es dueño y señor de la mayoría de las ofertas a los turistas, y operan los hoteles sin dar cuenta más que los extranjeros que ponen la plata, nunca la Isla será una potencia en el sector. La atención al turista es básicamente una actividad privada. El Estado no puede controlar todo el complejo entramado de servicios como si la Isla fuera un Gran Hotel. Mucho menos cuando otras industrias —alimentos, ropa, transporte, medicinas, equipos eléctricos— padecen una escasez e ineficiencia generalizada.

Lo segundo es que Marrero no es Trump, ni hay señales de que pueda ser su amigo. El régimen ha escogido a un “negociante” como el pueblo norteamericano eligió a un millonario, un outsider, buscando un no-político capaz de drenar el pantano —tal vez porque como pocos, ambos han estado con el fango al cuello. Si el primer ministro desea relanzar el turismo, cosa que no logrará con chinos y rusos peseteros, tendrá que negociar con la administración norteamericana venidera, probablemente, la misma de hoy. El régimen sabe bien que esa es la única opción para que entren otra vez los cruceros, los aviones y el mal llamado turismo científico y religioso. Con el turismo europeo o el canadiense apenas pueden pagar el sistema de vigilancia y control sobre la ciudadanía.

Sin azúcar, sin café ni tabaco, sin médicos exportables, y con el horizonte oscurecido por el oleoducto venezolano seco, el primer ministro parece destinado a inaugurar un hotel llamado Cuba. ¿Dejará a todos los compatriotas participar en la gerencia y en las ganancias? O como en otra época, no permitirá indios ni siquiera en la playa. ¿Será el proyectista de las verdaderas e inaplazables reformas? Manuel Marrero, ¿reconstructor o demoledor de la vieja estructura? Él sabe, y todos saben que no es Trump. Hasta ahora no hay señales de ser su amigo. Pero de sorpresas está llena la vida. Y la política es el arte de lo imposible, donde lo que se ve en la superficie nunca es lo verdadero. “Gallo tapao” o no, fue escogido para restaurar o desmantelar un edificio apuntalado, en peligro de derrumbe. Estará por ver si es —y sobre todo lo dejan— ser el arquitecto idóneo.


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