Actualizado: 05/06/2020 14:47
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Economía

Una crónica del agua

Tras 50 años de castrismo, el pueblo de San Germán sigue sin acueducto y las autoridades torpedean el reparto privado de agua.

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Como en un caleidoscopio tropical o una farsa montada hace décadas, las escenas absurdas de una Cuba depauperada se suceden a diario, se ofrecen impúdicas, incluso para aquellos que quisieran verla de un modo más optimista. Pero no hay caso, la oportunidad no aparece.

El asunto de una sequía permanente en pueblos y ciudades es ocasión de polémica cada vez que sale a flote. Con un discreto avance en la construcción de embalses y represas, y un tímido accionar en la implementación de redes de acueductos y el establecimiento de sistemas alternativos para el abasto de agua, podríamos estar en presencia de una gestión de gobierno aparentemente preocupada por sus ciudadanos. Mas en realidad, es todo lo contrario.

La zona oriental de la Isla se vio seriamente afectada por intensas sequías que se sucedieron desde mayo de 2003 y fueron repuntando hasta fines de 2004, para poner el punto rojo de emergencia en 2005, cuando el PNUD y otras organizaciones humanitarias alertaron sobre el desastre. Sin embargo, bastaría observar una comunidad cualquiera para ver que detrás del desequilibrio ecológico que tiene la sequía como uno de sus aspectos más adversos, la dejadez, las zancadillas burocráticas y el desprecio por el ciudadano común son ingredientes inseparables de la inopia criolla.

El cántaro y la fuente

La muestra más fehaciente es Holguín. Recostada a la orilla del Cauto, el río más extenso de la Isla, ha sufrido la necesidad del líquido vital en los últimos 48 años de revolución. La cercanía a este cauce no le ha permitido mejorar ni en estabilidad ni en abasto generalizado. Las presas recogen cuanto pueden de las lluvias y no pasa semana en que los amordazados periodistas locales dejen colar críticas y denuncias del "derroche generalizado" en grandes centros, como hospitales, escuelas y fábricas. Situación que, unida a las deficiencias en las instalaciones de bombeo y distribución, hacen de esta actividad social un cáncer que sufren cada vez más los maquillajes de los estilistas de provincia.

Con un macizo cañero que otrora representaba a Holguín como el filón de oro del azúcar nacional, hoy la desactivación de este renglón económico ha traído aparejada una desinyección monetaria en inversiones para sus actividades complementarias, como los recursos hidráulicos.

En Holguín, casi todos los municipios quedaron divididos, en el abasto de agua, en dos zonas, desde antes de 1959, a saber: 1) la que comprendía los centrales azucareros y las casas aledañas, que por lo general las ocupaban los técnicos y obreros más calificados y los pocos ciudadanos norteamericanos que los regentaban, y 2) la zona que no tenía siquiera el sistema de acueducto, por lo que pobladores se sirvieron siempre del valioso líquido mediante cisternas, tanques tirados por animales, pozos artesanales y la legendaria costumbre de coger agua de lluvia.

Microscopio sobre una comunidad

El pueblo de San Germán, donde se emplaza una de las mayores fábricas de azúcar del país, recoge en sí las características mencionadas párrafos arriba. Con un nivel social relativamente boyante a finales de los años cincuenta del pasado siglo y unos índices de empleo agroindustrial algo mejorables para los años ochenta, se ha visto relegada, en cambio, a una situación ruinosa, propia del llamado Tercer Mundo al que el gobierno se resistió a inscribirse con los papeleos y caretas propios del sistema.

Con una población urbana aproximadamente de 25.000 personas, su abasto de agua se basa casi exclusivamente en la distribución en pipas y en la labor de siete u ocho carretoneros tirados por caballos. Sin embargo, lo que debería traducirse en orgullo por la ingeniosidad y la hostilidad del trabajo manual de estos hombres, es centro de los impedimentos de la misma realidad, los obstáculos del inspector omnipresente, la policía y cuanto controlador tenga la ocurrencia de husmear en el útil acto de llevar agua a los demás.

Apodado 'Micita', uno de estos carretoneros dice: "Llevo más de 30 años tirando con mis caballos este carretón. Ahora es un infierno, porque todos nos reclaman que les llevemos el agua a tiempo, cuando la población se ha multiplicado por dos, y seguimos siendo los mismos siete u ocho carretoneros de siempre. No damos pie con bola, ellos son muchos y nosotros somos el centro de multas y papeles legales que todos los años debemos llevar sin un error. No basta con nosotros solos", concluye.

Otro veterano aguador, o aguatero, como también los llama la gente, Monguito, el menos tímido de todos, refiere que nadie los estimula, pues además de las multas y de lo difícil que se hace conseguir los implementos —como neumáticos para carretón, la reparación del tanque y buscar alimentos para las bestias—, no tienen derecho a jubilación u otro de los pocos privilegios a que se puede acoger un obrero. "Trabajar en esto es una desgracia", dice.

'¿Mi caballo no es mío?'

El ejercicio de la denominada "inspección estatal" ha tomado ribetes alarmantes. El burocratismo, por su parte, ha desarrollado una puesta en escena de carreras con obstáculos, que sólo a fuerza de perseverancia y paciencia asiáticas hacen salvable la situación.

Jerónimo, casi octogenario, sigue en su carretón y asegura que además de los documentos iniciales necesarios para esta actividad por cuenta propia, adjuntaron otros que son verdaderamente increíbles. "Ahora debo pagar 10 pesos a fines de año para certificar la propiedad del caballo", comenta y sonríe al preguntarse: "¿Por qué tengo que pagar para que se me apruebe que mi caballo es mío?". Lo dice y sus ojos bailan buscando una respuesta que no va a encontrar en mucho tiempo.

Otros defienden el sentido de su actividad mostrando las bondades que ofrecen para todos. Mauro, el más joven de los carretoneros, explica: "La gente más joven prefiere nuestro servicio, porque las pipas particulares y las estatales que trabajan a escondidas (y no tan escondidas) de sus empresas cuestan entre 40 y 60 pesos cubanos. Mientras estos tanques chiquitos de nosotros se ofrecen por sólo seis pesos cubanos". Y pone el ejemplo: "Si usted va al mercado a buscar plátanos y no tiene para un racimo, compra sólo algunos. Así hacemos nosotros".

Estos trabajadores se han tenido que enfrentar también a las inclemencias económicas que brotan por doquier: falta de electricidad para el bombeo de agua en los sitios donde la cargan, la intensa sequía que les niega hasta las hierbas para alimentar a las bestias y el alza de precios en el herraje de las mismas.

Ante el anuncio, hace un par de años, de que esta zona se vería beneficiada con la construcción de un acueducto, las opiniones fueron varias. Micita dijo no pensar en ello, si de todas formas tendría que retirarse algún día. Monguito expresó sin tapujos que su oficio no se acabaría nunca, porque siempre un "equipo de esos se va a romper", refiriéndose al acueducto

Jerónimo, el más reflexivo de todos, impartió una clase de marketing en un par de frases: "Yo me alegraría de que llegara el momento de poner un acueducto, porque así se van a beneficiar muchos. No tengo miedo de que mi trabajo desaparezca. Pero por otro lado van a seguir siendo clientes, y el cliente siempre tiene la razón", concluyó.

Estas historias, aunque se sucedan entre pronósticos de construcción de monumentales obras sociales, o se justifiquen con el embargo económico y con todos los juegos de la política foránea, pasan por el tamiz de la gestión local. Ahora que el mundo se empeña y grita por la carestía del agua y otras fuentes no renovables, muchos se tapan ojos y oídos. En Cuba, la gestión local impone la carestía como un edicto enviado de Palacio.


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