Actualizado: 28/10/2021 12:35
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Ventana del lector, Cuba

Una plegaria por los servicios hospitalarios cubanos

Las dificultades para lograr que le realicen un simple enjuague de oídos a una habanera

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No hay un día que los medios televisivos y radiales cubanos dejen de resaltar la solidaridad brindada por un ejército de por lo menos sesenta y cinco mil médicos, que realizan servicios de salud en muchas latitudes. Este intento propagandístico pasa por alto el actual desastre de los servicios médicos nacionales, y sólo quedamos perplejos cuando tenemos que acudir por enfermedad a cualquier centro hospitalario de Cuba.

Hace unos días tuve el infortunio de acompañar a mi hermana al Hospital General Calixto García, ubicado en el céntrico barrio capitalino de El Vedado. Aquejada de una dolencia auditiva, acudió primero al consultorio, quien la remitió para el policlínico de 18 y 15, donde no brindan servicio de otorrino puesto que el especialista que labora en el lugar está de vacaciones.

Así las cosas, acudimos a dicho hospital. Al entrar al cuerpo de guardia quedamos consternados. Se encontraba repleto de personas aquejadas de dolor y esperando ser examinadas. El aspecto del salón de espera era deprimente. Los pisos estaban sucios, las paredes llenas de mugre, los bancos para sentarse deteriorados y para colmo un solo médico especialista.

Después de cuatro horas, mi hermana fue reconocida, dictaminándosele que el dolor de oídos y sordera que la aquejaban era producto de tacos de cerilla, la galeno le recomendó varias gotas de aceite de comer tibio cada tres horas. Indicándole un enjuague tres días después en el policlínico más cercano de residencia.

Después del tratamiento indicado, llegamos temprano al policlínico de 15 y 18 en El Vedado, ponderado con el calificativo de mejor en el municipio Plaza. Hicimos una pequeña cola para atenderse en la enfermería. Al entrar procurando, el servicio nos indicaron que no había medios para hacer un enjuague de oídos.

La enfermera nos sugirió el Hospital General Manuel Piti Fajardo. Llegamos y fuimos directo a la enfermería. Para nuestra sorpresa, allí tampoco contaban con los medios necesarios para hacer el tratamiento de oídos.
 
 Al borde de la desesperación, decidimos volver al Hospital Calixto García, donde le habían indicado el tratamiento. Allí, nos volvimos a encontrar con el mismo escenario de hacia tres días. Para colmo, la misma portera. Una joven con cara de amargura, quien fungía como vocera, y se dedicaba a pregonar los infortunios a los que están condenados los pacientes.

Ella, al preguntarle, nos comunico que el hospital no tenía los recursos para hacer un sencillo enjuague de oídos.

Finalmente entramos a la consulta de guardia, con el fin de buscar una solución. Nos atendió otra doctora, de ojos grandes, visiblemente disgustada por el calor. Le contamos la imposibilidad de cumplir con el tratamiento que le habían indicado a mi hermana.

Al conocer que le habían mandado echarse gotas de aceite comestible, quedó sorprendida, revelando que el aceite ponía más duro las pelotas de cerilla dentro del oído. En cuanto al lavado de oídos, nos recomendó que fuéramos al Hospital de Emergencias. Nos miramos, concluyendo que nuestro recorrido había sido improductivo.

Finalmente regresamos a casa y acudimos a una vecina —médico cirujana—, la que siempre ha estado dispuesta a brindarnos servicios médicos. Ocasión que sirvió para confirmar la amistad y agradecer su existencia. Le indicó a mi hermana ponerse agua oxigenada y 5 horas después le realizó el dichoso enjuague de oídos.


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