Actualizado: 06/12/2019 17:18
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Visa para un insomnio

La puja en torno a la embajada, oficina de intereses o sección consular tiene tantos años como la llamada “Revolución”

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Buscando visa, la razón de ser
Buscando visa, para no volver
Juan Luis Guerra
Visa para un sueño

Probablemente el edificio situado en Calzada entre L y M, en el municipio habanero de El Vedado, sea uno de los sitios de mayor peregrinaje y oraciones de todos los credos en los últimos sesenta años. Hasta las cercas de la ahora Embajada de Estados Unidos de América en la capital cubana han llegado hombres y mujeres de todas las edades y religiones pidiendo que en la entrevista con el funcionario consular se les conceda la visa de turista o aprueben su solicitud de residente.

Hay episodios simpáticos, pintorescos, como el del creyente de las religiones afrocubanas que tiró un polvo en las escaleras —cascarilla— y los yanquis cerraron la instalación por temor a que fuera un ataque terrorista con ántrax.

Como en las sociedades totalitarias los ciudadanos votan con los pies, la policía cubana tuvo que ingeniársela durante un buen tiempo para contener, organizar, a cientos de diarios potenciales viajeros. El lugar escogido para retener a los cubanos que “luchaban” la visa tuvo un sublime simbolismo: el parque frente a la funeraria de Calzada y K, antigua Rivero. El gracejo popular decía que del infierno podían pasar al paraíso en solo unos metros.

Cuando el régimen tomó un segundo aire con la llamada “Batalla de Ideas” y el regreso del Niño Elián, construyeron una enorme plazoleta frente al edificio; una osada estructura de metal en el aire le daba al lugar un toque de modernidad del que carecían las consignas y los discursos que allí se sucedían día y noche. La gente común llamó a aquella argamasa de metal y humanos enardecidos por gusto, protestódromo. Los gringos, tan creativos, respondieron poniendo leads en los pisos superiores de la entonces Oficina de Intereses. Los titulares no eran ofensivos. Solo decían lo que el pueblo no podía leer en la prensa oficial. Pero el agravio fue demasiado para el Extinto en Jefe.

Como el Difunto Comandante nunca pudo “quedarse dado”, sembró frente al edificio decenas de banderas que tapaban, literalmente, los cintillos colocados por los funcionarios norteamericanos. Era un horroroso espectáculo no solo por su anti-estética y precipitada factura, sino porque al ondear banderas negras, recordaban una banda de tiñosas revoloteando sobre uno de los sitios más bellos de la ciudad.

La puja en torno a la embajada, oficina de intereses o sección consular tiene tantos años como la llamada “Revolución”. Este autor no olvida las manifestaciones a finales de los años 60 por la “liberación de los pescadores del Alecrín”. Nada tenían que ver los “americanos” con la captura, por los venezolanos y en sus aguas territoriales, de un supuesto barco pesquero con armas. El niño que yo era —y muchos adultos, además—, creímos ciegamente que los responsables, cobardes, se escondían detrás de aquellos cristales nevados. Del episodio del Alecrín solo quedó la frase “suelta los pescadores” cuando el pantalón quedaba corto y en el setenta no había ni calzoncillos que ponerse.

Pero el premio al choteo cubano se lo lleva el cartel que el régimen colocó poco después de cara al edificio. Puede haber sido en los días del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, en 1978. Tiene aún una frase ridícula y psicoanalíticamente reveladora: “señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo”. Debajo, un genio de la riposta, escribió: “No, lo que les tenemos es tremenda envidia”.

Cuentan quienes vienen de la Isla que hoy el edificio rectangular a un lado del malecón parece desierto. No hay molotes que perturben el recato —y el achicharado café— de los dolientes en la funeraria de Calzada y K. Desde hace meses las visas para turismo, visitas y reunificación familiar hay que “lucharlas” en otro país, con el sacrificio en dinero y recursos logísticos que eso requiere. Por si fuera poco, Mara Tekach, encargada de negocios de la Embajada de Estados Unidos en La Habana declaró que a partir del día 18 de marzo las visas B2 ya no se darán por cinco años sino por tres meses, con una sola entrada.

Inmediatamente el “gobierno revolucionario” ha respondido como si le hubieran insultado la progenitora. No es muy halagüeño perder cientos de miles de dólares por pasaportes emitidos y dinero libre de impuestos, provenientes del Norte. En declaraciones oficiales el régimen ha defendido el derecho de los ciudadanos cubanos a viajar “en ambos sentidos de manera regular, ordenada y segura”. Cuando desde esta orilla se leen semejantes cosas, por respeto mínimo hacia uno mismo se elude la respuesta.

Es cierto que muchos compatriotas van a sufrir, y sus familiares solo podrán venir de la Isla, acaso, una vez al año. Las últimas medidas van en la dirección de aniquilar los privilegios que hemos tenido los cubanos en seis décadas, y Estados Unidos tiene todo el derecho a hacerlo. Estas, y otras medidas que posiblemente vendrán son políticas y económicas. El “imperialismo yanqui” comienza tratar a Cuba como lo que siempre ha sido: su enemigo declarado, confeso, pertinaz —en realidad, fue juramento hecho por el exlíder a Celia Sánchez en la Sierra Maestra.

Ser enemigo de Estados Unidos está en el ADN de la Revolución cubana. Los norteamericanos comienzan a comprender que al enemigo no se le regalan veinte mil visas anuales. En Cuba casi no se publica sobre los avances económicos, científicos y culturales norteamericanos; en cambio, gastan chorros de tinta en denostarlo, aunque sea mintiendo. Por decencia o simple cálculo de riegos, no deberían seguir pidiendo el levantamiento del embargo. Pareciera que toda la felicidad y la prosperidad de la Isla dependen de la sanción norteamericana, no del esfuerzo de los mismos cubanos. Los comunistas cubanos deberían abstenerse de rogar por la inversión de empresas yanquis; según su prensa y sus manuales, lo único que hace el capitalismo “salvaje” es saquear y robarse los recursos del Tercer Mundo. A los malos “ni un tantico así”.

Miami se ha convertido en la factoría de medio millón de personas que alimenta once millones de cautivos, y terminan siendo, los de acá, también presos del régimen; nadie quiere dejar a su madre, hija o hermanos sin alimentos ni ropas que vestir. Pero, aun así, las autoridades cubanas abusan de quienes, incluso, agachan el cérvix por necesidad: la aduana es corrupta, maltrata al viajero, bordea la inhumanidad. Para colmo, solo pueden llevar la “jaba” —la más cara del mundo— a la Prisión-Hacienda aquellos apalencados que no osen alzar la voz “en el monte seco y pardo”. Y según un vicepresidente cubano, la “jaba” debe ser bien revisada y pesada: hay que comprar lo que oferta la Prisión-Hacienda.

La Visa USA era de las pocas salidas temporales, oxigenantes, que quedaban a los cubanos de la Isla. Pero el gringo ha tapado una de las últimas válvulas que aflojaban el caldo interior. Y todo apunta a que la asfixia será total. Otro éxodo marítimo sería una declaración de guerra, y el plan de contingencia norteamericano está bien estudiado y ensayado. Esta vez no hay protestódromo, Niño Elián ni Alecrín que entretenga, confunda. Lo que si hay es todo un pueblo gritando: “señores imperialistas, les tenemos, absolutamente, tremenda envidia”.


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