Actualizado: 20/07/2018 16:13
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Weyler, España, Independencia

Weyler, ni ángel ni demonio

Calcular el número de muertes durante un proceso político o histórico es muy difícil, sobre todo cuando no se trata de buscar la verdad sino de justificar una tesis

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El Capitán General no fue el único en irse a la tumba con las manos manchadas de sangre.

Uno de los capítulos que han contribuido al divorcio entre españoles de Cuba y la Península ha sido sin lugar dudas la llamada reconcentración de Weyler. Todavía hoy, para descalificar a los “españoles” el régimen de La Habana apela a una archiconocida enumeración de degradantes adjetivos que incluyen desde hace poco más de un siglo el de genocidas.

Como es de sobra conocido, la tradición se remonta a los tiempos de la conquista, cuando la Leyenda Negra atribuyó a los conquistadores españoles la muerte de millones de indígenas. Este pretendido holocausto que vuelve imposible cualquier diálogo sereno entre españoles de ambos hemisferios, ha sido desmontado desde hace muchísimo tiempo por investigadores como el profesor Eduardo Victoria. Victoria ha calculado que para conseguir exterminar a tanta gente habría sido necesario matar 1.095 personas por día durante 50 años. Lo cual es a todas luces imposible.

A pesar de que no existe ningún documento que pruebe la voluntad de exterminación que se le atribuye al Gobierno español, y que sobran las ordenanzas que prueban que el Capitán General sí que se preocupó por la suerte de los refugiados en las ciudades habilitadas para recibirlos, los historiadores cubanos, y el pueblo llano, siguen creyendo las fabulosas cifras del “exterminio”, y no dudan en equiparar a la exterminadora España con la Alemania durante la II Guerra mundial sin que se les caiga la cara de vergüenza.

Las mentiras mientras más gruesas, mejor. Con el número de fallecidos durante la guerra de Cuba ocurre lo mismo. Algunos hacen llegar el número de fallecidos al medio millón. La cifra resulta creíble cuando se acompaña de manipuladas fotografías donde se empilan osamentas humanas y niños cadavéricos.

Pocos autores españoles se han atrevido a estudiar el tema. Uno de los pocos que osaron tal empresa en el siglo pasado fue Tiburcio Pérez Castañeda quien demostró en 1925 que en Cuba habían perecido, cuando mucho, 90 mil almas. Pero por supuesto, nadie le hizo el menor de los casos. Ha tenido que ser un norteamericano quien saque la cara por España en 2006. Se trata de John L. Tone que en su libro poco conocido Guerra y Genocidio en Cuba, citando a sus colegas Millis y Williamson baja de un sopetón la cifra de fallecidos a 100 mil. No son los únicos. Otros autores también citados por Tone, como David Trask y Joseph Smith, consideran exagerado ir más allá de los 100 mil muertos.

La verdad es que calcular el número de interfectos es una tarea harto difícil, sobre todo cuando no se trata de buscar la verdad histórica, sino de justificar una tesis política con objetivos definidos. En este caso, el atraso y la de la brutalidad españolas, harto “demostrados” en el pasado por el exterminio de los indios y las cacerías de brujas desatadas por la inquisición. Los ideólogos del “genocidio cubano” esperaban con esta treta crear pueblos diferentes donde hasta 1898 sólo existía una sola entidad política: la nación española.

Otro de los autores que han avanzado cifras partiendo de sabichosos cálculos, ha sido el catalán Jordi Maluquer. A pesar del tufillo nacionalista que se desprende de casi todos sus trabajos, el historiador no se atreve a subir el número de víctimas a más de 155 mil. Recientemente Ivan Musicant, redujo aún más la cifra ajustándola a 95 mil. Pero ha sido precisamente un cubano, el profesor Carmelo Mesa Lago quien valientemente ha estimado el número de muertos a 60 mil. El más bajo que se conoce de todos esos estudios. El último de ellos, serio y documentado se debe a otro autor no hispánico, Andreas Stucki, las Guerras de Cuba, publicado el año pasado. Aunque su objetivo no es el de calcular el número de víctimas mortales, sino el de encontrar las razones de aquel desastre, y de depurar las responsabilidades de unos y otros, Stucki también da por buena la investigación de Tone.

Las razones de estas estimaciones poco serias son variadas. La primera es la falta de censos poblacionales creíbles. Los cálculos se basan principalmente en extrapolaciones de tres de ellos, dos hechos por España en 1877 y en 1887, y el otro fabricado al final de la Guerra Civil por el gobernador norteamericano de la isla en 1899. El censo español arrojó un total de 1.631.687 personas viviendo en el archipiélago, mientras que el segundo, contó una población algo disminuida en 1 572.798 personas. O sea, estamos hablando de solo 58.889 personas menos.

¿Entonces de dónde sale el medio millón de muertos? De ninguna parte. Se trata de pura propaganda norteamericana, secundada por los historiadores cubanos, aliados al interventor para crear una nueva nación allí donde sólo existían españoles.

El primer mentiroso, el mentiroso mayor por decirlo de alguna manera, es el demógrafo Juan Pérez de la Riva Pons, este individuo elevó el número de fallecidos a 400 mil. ¿Cómo lo consiguió? Sencillo: manipulando las estadísticas. De la Riva consideró porque le dio la gana, que si no hubiera habido guerra la población de la isla tendría que haberse elevado a 1.900.000 personas. Así es que para llegar al medio millón de víctimas, tras afirmar lo anterior, sólo restó su hipotética cifra a la del censo norteamericano. El resto de los estudiosos que le siguieron repitió el mismo cuento a sabiendas sin el menor de los escrúpulos.

Los problemas metodológicos de estos aventureros de la demografía y de la historia ya fueron señalados en su momento. Así pues, Luis Navarro García se atrevió a quejarse a finales del siglo pasado, afirmando que este tipo de extrapolaciones “convertía en víctimas a personas que jamás existieron”, pero su argumento, al igual que el de su colega Pérez Castañeda no fue considerado.

Otros de los asuntos que han sido ignorados durante todos estos años es el de la cantidad de personas que se dan por muertas pero que en realidad emigraron, unos a España al final de la Guerra y otros a los Estados Unidos, como ya ocurrió durante la primera guerra civil, cuando en enero de 1869 se calculó que en apenas 2 meses y en barcos de vela se mudaron a Norteamérica más de 100 mil cubanos.

Pero lo que nunca admitirán en Cuba los historiadores nacionalistas es que la política de la “Tea Incendiaria”, llevada a cabo por los rebeldes fue la primera causa de muerte entre la población civil, y el desencadenante inicial de las hambrunas que tanto dolor causaron entre la gente. Como lo prueba Andreas Stucki en su libro Las Guerras de Cuba. Un extraordinario trabajo que como era de esperar, no sólo ha sido ignorado por los historiadores de la isla, sino que tampoco ha sido destacado como se merece por la prensa peninsular manejada por los enemigos de España, empeñados desde hace siglos en la destrucción de la Nación y que ya están a punto de conseguirlo.


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