Actualizado: 23/04/2024 20:43
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Bukowski, Literatura

30 años de la muerte de Charles Bukowski

Los adolescentes van en busca de sus libros para masturbarse en las rondas de unas perturbadoras historias obscenas; pero, nunca deletrean el asonante y lírico resplandor del secreto erótico de sus relatos y novelas

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Hace tres décadas que Charles Bukowski (Andernach, Alemania, 16 de agosto de 1920-San Pedro, Los Ángeles, Estados Unidos, 9 de marzo de 1994) no está físicamente entre nosotros. Escritor disidente que enfocó sus dardos verbales a describir la miseria humana. Legó significativos textos (relatos, poemas, novelas, ensayos, diarios…) enmarcados en el sexo, las mujeres, prostitución, aborrecimiento, indigencia y soledad, a través de tramas protagonizadas por pordioseros, disconformes, borrachos, apostadores, mujeriegos, fracasados, misántropos y viciosos.

Nacido en Andernach, Alemania, hijo de un militar estadunidense miembro de las tropas asentadas en Europa después de la Primera Guerra Mundial, a la edad de dos años, su familia se traslada a Los Ángeles, donde estudia la secundaria (High School) y termina la educación media; pero, al cumplir 20 años, deserta de la casa materna y decide vagabundear en adicción alcohólica por las franjas de los naufragios de una vida extravagante y errática.

Se desempeña en varios oficios, entre los cuales sobresale el de administrador del servicio de correos, el cual desempeña durante más de una década: inspiración de sus dos primeros libros de narrativa: Cartero y Factotum. Después vendría una aventurada crónica en ejercicio de variadas labores cuyo estipendio lo destinaba a apostar en carreras de caballos; pero, todos los días se sentaba ante su vieja Underwood para escribir sobre la podredumbre y desventura de la sociedad norteamericana.

No hemos entrevisto todavía los alcances de la escritura del “último escritor maldito de la literatura estadounidense” (repiten de manera mecánica y cansina las reseñas). Pocos se detienen en los ecos frágiles y humanos de un poeta, ensayista y narrador que fue acusado de hacer uso de un estilo procaz en sentido de un ‘exhibicionismo literario’ que enfatiza obcecaciones de modo pretensioso y vulgar. No, el autor de Shakespeare nunca lo hizo es uno de los más descarnados y transcendentales exponentes de la literatura estadounidense contemporánea.

Los adolescentes van en busca de sus libros para masturbarse en las rondas de unas perturbadoras historias obscenas; pero, nunca deletrean el asonante y lírico resplandor del secreto erótico de sus relatos y novelas. Chelaski, su alter ego, hombre turbado, enigmático, callado y esquivo es uno de los personajes más convincentes de la narrativa contemporánea. Todo revolotea a su alrededor como una sombra. Admirador de Carson McCullers, siempre tenía a la mano un ejemplar de El corazón es un cazador solitario. La soledad, tema que escolta las tramas de las ficciones en que habita.

Canciones, alcohol y mujeres: extraviado triángulo que el autor de La senda del perdedor abrazó con vehemencia en Cartero, Factotum, Hollywood, La máquina de follar, Música de cañería, Hijo de Satanás, Se busca una mujer…: ficciones de sexualidad transgresora. / Bukowski también abordó el abuso sexual infantil: evocación de la infancia azarosa sujeta a un padre violento: léase “La historia de un violador” o “El maniaco”.

En Cuba tuve referencia de su obra por comentarios de turistas que visitaban La Habana. Lo leí cuando llegué a la Ciudad de México en los años 80. Primero el poemario El mundo visto desde la ventana de un tercer piso y después la novela Música de cañerías que me convirtió en un adicto de sus historias: certera representación de la podredumbre de la sociedad norteamericana protagonizada por vagos, putas, excluidos, borrachos, perdedores y recelosos estancados en puertos de sórdidas circunstancias en las calles de la ciudad de Los Ángeles.

Releo en estos días El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco. Diario de los últimos meses de su vida, suscrito en metáfora con tintes filosóficos: “La nave que nos traslada está en muy mal estado”. Folios humedecidos por una mordaz clarividencia, en que Bukowski subraya su desencanto, su pesimismo y preconiza su muerte. “No sé lo que le pasará a otra gente, pero yo, cuando me agacho para ponerme los zapatos por la mañana, pienso: ‘Ah, Dios mío, y ahora qué’. Estoy jodido por la vida, no nos entendemos. No me sorprende que los manicomios y las cárceles estén llenos”. Testamento del viejo indecente que lo que más le gustaba era rascarse los sobacos.

En una entrevista dijo: “Hay en mí algo descontrolado, pienso demasiado en el sexo. Cuando veo una mujer me la imagino siempre en la cama conmigo. Es una manera interesante de matar el tiempo en los aeropuertos. Parece una historia sobre sexo y borracheras, cuando en realidad es un poema sobre el amor y el dolor”. Sí, Bukowski asumió la escritura como un delirio: en realidad, sus libros son el testimonio de un hombre asediado por la pasión amorosa y el desconsuelo.


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