Actualizado: 21/11/2017 14:51
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Ciencia, Tolerancia, Historia

Algunas reflexiones sobre la ciencia

La ciencia, más que de rebuscados recursos materiales o matemáticos, requiere de un bien mucho más escaso: una atmósfera de tolerancia

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La ciencia no avanza gracias a las investigaciones estadísticas. Tampoco gracias a ellas mejoran en lo personal nuestras posibilidades al interactuar con nuestro entorno. Nadie, por ejemplo, podrá decidirse a tomar una cierta actitud cualquiera, si espera para hacerlo basarse en la serie de estudios médicos, dietéticos… que en cada instante específico se llevan adelante sobre la superficie del planeta y hasta en sus órbitas bajas. Es absolutamente imposible decidir si alimentarse o no a base de cualquier fruta, grano o carne guiándose solo por los estudios que constantemente se publican, ya que si en unos el consumo de la sustancia o producto en cuestión resulta beneficioso, casi infaltable para cualquier dieta bien meditada, una verdadera panacea para el pulmón, la glándula pituitaria, o cualquier otro órgano humano, en otros los resultados apuntaran a todo lo contrario; o en todo caso en unos será ideal para los ligamentos del cuello y en otros nocivo para el saludable desempeño de las funciones del vello de nuestros antebrazos.

Que la ciencia no avanza gracias a las investigaciones estadísticas lo demuestra no solo el hecho de que a partir de ellas no podamos decidir si es o no el consumo del azúcar la causa de toda una serie de dolencias de la modernidad, sino aquel otro innegable de la selectividad de los dichos estudios: más que sospechar, sabemos que aquellos estudios en cuyos resultados se demuestra que la práctica de ejercicios físicos resulta ser nociva para la salud, o son desechados por los mismos investigadores, sorprendidos por semejantes resultados experimentales, o en todo caso resultan ignorados por las comunidades científicas y las estructuras de divulgación del conocimiento científico. Además de que mucho menos son divulgados por los medios de comunicación de masas, tan supeditados de por sí a las creencias de estas, ya que saben que semejantes noticias no tendrían buena prensa entre unos públicos al presente acostumbrados a tener fe en el poder del ejercicio físico para retardar el temido envejecimiento.

Hay incluso ideas que no son puestas en duda por la investigación estadística en esencia por el tipo de científico que este paradigma investigativo genera, o más bien por el tipo de carácter psicológico que se necesita para llevarlas adelante. Esa especie de individuo ultraconservador por timorato, que nunca se atrevería a poner en duda una creencia general a menos que en sus investigaciones, llevadas adelante durante de años de paciente y burocrática labor, obtenga un 99,9999 % de seguridad. O lo que es lo mismo: nunca, porque si algo no se puede obtener de las tales investigaciones es tan elevados porcientos de seguridad estadística.

Por otra parte, las investigaciones estadísticas, y la subordinación a ellas de la ciencia, tienen una segunda y fea cara: dichas investigaciones son por su esencia de muy fácil manipulación. Esa capacidad de la mecánica cuántica para albergar en el cuerpo de su teoría cualquier nuevo hecho experimental sin que la misma sufra de incoherencias, y a la vez que su baja capacidad relativa para predecir nuevos hechos, que dada aquella primera y extraordinaria capacidad estaríamos autorizados a esperar fuera un tanto mayor el promedio, nos hace sospechar profundamente de ella, pero sobre todo de tales teorías, en esencia estadísticas.

En realidad, ese modelo de investigación que se consigue gracias a “grupos de trabajo”, en que las tareas se dividen y se realizan confirmaciones estadísticas, no es en esencia a lo que, desde hace 2.500 años, desde Tales de Mileto, acostumbramos a llamar ciencia. La ciencia no es esa copia de métodos adocenados que, en nuestra interacción con la naturaleza, o con nosotros mismos, hemos hecho de los eficientes métodos de ciertas burocracias europeas. Esa ciencia de naturaleza germana, y en menor medida gala, no es verdadera ciencia, sino un sucedáneo suyo, que en verdad nos ha proporcionado ciertas agradables, pero muy equívocas ideas, de seguridad en un mundo que muy por el contrario nos es por esencia hostil. Ideas que por tanto más que acercarnos a la verdad nos han alejado de ella.

La verdadera ciencia, que parece florecer por sobre todo en las islas y más que nada en los archipiélagos ubicados en las encrucijadas de los caminos mundiales, es una actividad inmanente al individuo, llevada adelante por los individuos en común, aunque sin renunciar a esa individualidad que es el motor último que produce su avance. Toda creación humana tiene a un específico individuo como su creador, pero ella ha sido creada por él gracias a su existencia en un universo humano, repleto de otras individualidades en comunicación constante, desde el momento mismo en que nace y los hombres, más que las cosas, llenan sus sentidos y su mundo. La ciencia es una actividad en que no hay métodos preestablecidos, y en que el científico debe ser un oportunista, atento siempre a esa misteriosa fuente de la creatividad humana que es la intuición. La ciencia, por lo tanto, más que de rebuscados recursos materiales o matemáticos (estadísticos), requiere de un bien mucho más escaso: una atmósfera de tolerancia, en que ya no solo se respete el pensamiento ajeno diferente, sino que se lo promueva, en vistas de que ese pensamiento nuevo, obtenido del diálogo libre entre humanos, siempre se afinca en el caudal de pensamientos anteriores (Newton, cuya física en no pocos aspectos es una negación de la de Galileo, siempre insistía en que había conseguido elaborar la suya porque se afincaba sobre hombros de gigantes, entre ellos los del genial florentino).

De que la tan mentada Revolución Científico-Técnica en general se encuentra estancada desde finales de la década de los sesentas no solo da buena cuenta el que desde entonces no hayamos vuelto a poner un pie en la Luna. También está la constatación de que su forma burocratizada, germana, es la que hoy predomina en el mundo. Se hace mucha ciencia al presente, a pesar de que en esencia los pequeños espacios de dialogo libre si no han retrocedido desde 1970 al menos tampoco han aumentado, ni en tamaño ni en número. Se hace hoy ciencia en China o los países islámicos, donde podrá decirse lo que se quiera, pero al no haber libertad de pensamiento tampoco existe necesaria atmósfera de tolerancia intelectual que la ciencia necesariamente necesita para prosperar. Se hace en realidad actividad científica burocratizada, que quizás pueda afinar y sacar hasta la última gota de provecho al saber actual, pero no esa otra actividad en que constantemente se pone de cabeza todo el saber anterior, en un movimiento espasmódico, siempre en busca de ese bien esquivo: la verdad.

La ciencia, una de las tantas actividades humanas, que en esencia se reducen solo a eso: la persistente y obstinada búsqueda nuestra de lo inasible.


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