Actualizado: 11/12/2019 10:35
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México, Cuba, Cubanos

Apuntes para una historia de la presencia cubana en México (II)

El primer abad de Guadalupe, un rector de la Universidad de México, un obispo de Puebla y el mejor orador sagrado en México fueron cubanos

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Durante los tres siglos del virreinato de la Nueva España, hubo una sostenida presencia de cubanos en México: desde que comenzó a funcionar en 1540 el Colegio Seminario de la Nueva Valladolid como Colegio de San Nicolás Obispo, fundado por el obispo Vasco de Quiroga (primero en Pátzcuaro y desde 1580 en Valladolid, hoy Morelia), se estableció que permanentemente hubiera allí, además de estudiantes criollos, mestizos e indígenas, al menos cinco jóvenes insulares, para lo cual se sufragaban todos sus gastos: estos fueron los “primeros becarios cubanos” en México. Al terminar sus estudios, algunos regresaban a la Isla, otros se quedaban en México o viajaban a España, para proseguir el ejercicio de sus profesiones, como religiosos o jurisconsultos. Algo similar ocurría con el Colegio de San Ramón Nonato en la capital del virreinato, fundado por un antiguo obispo de Santiago de Cuba.

Jurisdiccionalmente, la Gubernatura de la Isla de Cuba estaba supeditada al Virreinato de la Nueva España y merced a ello, pudieron realizarse importantes obras civiles y militares como el conjunto de fortalezas en las ciudades de La Habana, Santiago de Cuba y Cienfuegos, por un impuesto especial conocido como “El Situado de México” que las Cajas Reales del virreinato proporcionaban periódicamente a la administración española en la isla, y que el historiador Jacobo de la Pezuela calcula que entre 1511 y 1811 sumó la cantidad de 168 millones 150 mil 504 pesos fuertes: “Hasta las calles habaneras fueron empedradas con piedras mexicanas”, se decía.

Hubo varios personajes notables de origen cubano que ocuparon posiciones importantes en la Nueva España, desde mediados del siglo XVI. El primer abad de la Insigne y Real Colegiata de Guadalupe (hoy Basílica), fue a partir de su fundación el 13 de julio de 1747 hasta su muerte un famoso orador sagrado cubano, Juan Antonio de Alarcón y Ocaña (natural de La Habana, doctorado en Ávila y fallecido en México el 13 de agosto de 1757); no fue el único con esta vocación piadosa, pues existió una interesante trilogía de cubanos guadalupanos en el siglo XVIII, como Francisco Xavier Conde y Oquendo (La Habana, 3 de diciembre de 1733-Puebla, 5 de octubre, 1799), José Julián Parreño (La Habana, 11 de diciembre de 1728-Roma, 1 de diciembre de 1785) y fray José Manuel Rodríguez, quien desarrolló sus actividades en México entre 1754 y 1773, con una abundante producción impresa, y de quien dijo el erudito y bibliógrafo novohispano José Mariano Beristáin y Souza (1756-1817) en su Bibliotheca Hispano-Americana Septentrional (1816-1821), que fue “uno de los ingenios más sobresalientes y universales de su tiempo”, y que a él “se debió en México, en gran parte, la reforma de la oratoria del púlpito”. Los dos primeros también recibieron la atención de Beristáin y, después, de Manuel Toussaint. También otro cubano, el santiaguero Santiago de Echevarría y Elguezua (1724-1790), fue promovido como obispo de Puebla de Los Ángeles, la segunda diócesis más importante de la Nueva España, después de haber sido Obispo de La Habana.

El primer protomédico cubano (es decir, el que forma y califica a otros médicos; por tanto, iniciador de los estudios de medicina en la Isla) se recibió en la Real y Pontificia Universidad de México, y fue el habanero Francisco González del Álamo y Martínez de Figueroa (1675-1728), miembro de una nutrida familia asentada en Cuba, conocida con el apodo de “Chauchau”.

Fue el autor del que algunos creyeron (aunque aún no se ha encontrado un ejemplar y sólo se conoce por referencias) del primer impreso cubano, una Disertación médica sobre que las carnes de cerdo son saludables en las islas de Barlovento, citada por Beristáin (quien aseguró haberlo tenido a la vista), y mencionada por José Toribio Medina como impresa en La Habana en 1707.

Causa asombro que todavía hoy el gobernante más gratamente recordado en toda la historia del dominio colonial hispano de tres siglos en México, por sus grandes obras, sus valiosas reformas y el progreso que impulsó en tierras mexicanas, fue precisamente un cubano: Juan Vicente Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas (La Habana, 5 de abril de 1738-Madrid, 2 de mayo de 1799), quien fue el 52º virrey de la Nueva España del 16 de octubre de 1789 al 11 de julio de 1794, cargo que también ocupó antes su padre, el primer conde de Revilla Gigedo. Su labor fue tan extraordinaria, trascendente y meritoria en menos de cinco años de gobierno, que todavía se le conoce como “el mejor virrey de México”, y hasta como “el gobernante perfecto”; los cronistas resumieron su paso por el virreinato diciendo que cuando llegó a la capital de México esta era “la ciudad de los charcos”, y cuando salió del gobierno la dejó convertida en “la ciudad de los palacios”, como la bautizó después el viajero Charles La Trobe.

Max Henríquez Ureña, en su Panorama histórico de la literatura cubana (1963), relaciona otros cubanos muy distinguidos en México, como los jurisconsultos Pedro de Recabarren (n. 1655) rector de la Universidad de México; Ambrosio Melgarejo y Aponte (m. 1741), primero oidor en Guatemala y después fiscal de la Audiencia en México; Felipe de Castro Palomino (1743-1809), varias veces fiscal y juez; y José Duarte y Burón (1704-1770), catedrático de la Universidad de México; hombres de ciencia como Marcos Antonio Gamboa y Riaño (1672-1729), médico y catedrático de matemáticas; y José Escobar y Morales (1677-1737), médico, y profesor de la Universidad, entre varios más. Henríquez Ureña señala que siempre fue México un imán para los hombres de pensamiento en Cuba, como un centro superior de actividades intelectuales. Es importante también la estancia en México de José Martín Félix de Arrate, considerado como el primer historiador cubano, donde culminó sus estudios de derecho en la Universidad de México y como becario del Colegio de San Ramón Nonato. Fue el autor de la obra Llave del Nuevo Mundo Antemural de las Indias: La Habana descripta… (terminada de escribir en 1761 y publicada por primera vez en 1830), a la cual calificó modestamente como “rudo embrión o malformado bosquejo…” cuando la dedicó al cabildo habanero del que era parte.

Cabe mencionar que esta relación era bidireccional, porque numerosos personajes del Virreinato de la Nueva España también alcanzaron prominencia en Cuba, como fue el caso del militar Don Tomás Curiel, “indio de la Puebla de los Ángeles”, quien fue gobernador del Castillo del Morro y según la tradición brindó su nombre a una calle habanera que primero se llamó “Calle del Indio” y luego “de Peña Blanca”, aproximadamente en 1750, como informa José María de la Torre en Lo que fuimos y lo que somos o La Habana antigua y moderna (La Habana, Imprenta de Spencer y Cía., 1857).

Con el paso de los años, no sólo por su cercanía geográfica y vínculos comerciales, los lazos entre Cuba y México se fueron intensificando y haciendo más estrechos, mediante muchos de sus personajes más significativos.


Mapa del Nuevo Mundo en la obra Llave del Nuevo Mundo, de José Martín Félix de ArrateFoto

Mapa del Nuevo Mundo en la obra Llave del Nuevo Mundo, de José Martín Félix de Arrate.