Actualizado: 11/12/2019 10:35
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México, Cuba, Cubanos

Apuntes para una historia de la presencia cubana en México (VI)

Un cubano, cónsul de México en Cuba, y otros cubanos

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También existió un personaje menos conocido, pero de gran trascendencia y muy importante: Andrés Clemente Vázquez Hernández (San Julián de los Güines, 22 de noviembre de 1844–La Habana, 23 de febrero de 1901). Este cubano fue escritor, político, orador, pedagogo, diplomático y, de modo muy destacado, un gran ajedrecista, como jugador e impulsor de ese arte deportivo. Escribió algunos estudios históricos y diplomáticos, varias obras sobre ajedrez y algunas novelas, una de las cuales, fue la primera obra de ficción publicada sobre un curioso y temprano caso de travestismo en Cuba: Enriqueta Faber: ensayo de novela histórica (1894), que después ha sido múltiplemente tratado en otras obras, y llevado al cine por primera vez en la película Insumisas (2018) de la suiza Laura Cazador y el cubano Fernando Pérez, la cual se presentó hace poco en el Festival de Cine de Málaga, y que no he visto aún, pero al menos en el tráiler no advertí mención de la novela ni de su autor original. Esta obra de Vázquez inició una dilatada cadena de plagios y mixtificaciones a la que ha dedicado un pormenorizado estudio James J. Pancrazio (“Reescritura, invención y plagio: Enriqueta Faber y la escritura del travestismo”. En La Habana Elegante, Segunda Época, Fall-Winter, 2014).

Pero más allá de su influencia como literato y ajedrecista, el güinero Andrés Clemente Vázquez desempeñó un papel muy importante para las relaciones entre México y Cuba, pues fue Cónsul mexicano en la isla en una etapa histórica especialmente compleja. Vázquez fue quizá el cubano más prominente durante el Porfiriato, sirviendo a las órdenes del entonces Canciller Don Ignacio Mariscal. Fue cónsul mexicano en Cuba desde 1897 hasta 1900, cuando fue destituido por los vaivenes de la política diplomática, y murió al año siguiente.

México estableció primero un Consulado en la isla en 1837 (al tenor de los acuerdos de paz alcanzados con España el año antes); luego se elevó a Legación en 1902 (ya con el reconocimiento de la República de Cuba) y fue en 1927 cuando se le dio el rango diplomático máximo como Embajada, durante las presidencias de Gerardo Machado y Plutarco Elías Calles. El primer cónsul de México designado en la isla fue un cubano, Manuel Céspedes, pero no obtuvo el placet de las autoridades españolas, y por eso se envió a Juan Fernández de la Vega, en 1838. El primer embajador mexicano en la isla fue Carlos Trejo y Lerdo de Tejada, miembro de una prominente familia liberal.

En la etapa final de la dominación española en Cuba, Vázquez fue lo que hoy llamaríamos un “agente de influencia”, con la cobertura de un inocuo representante consular. Siguiendo instrucciones de su cancillería, maniobró muy activa y sagazmente para lograr una posible incorporación de Cuba a la Federación Mexicana. El propio José Martí no fue ajeno a ese proyecto, que guardaba en la manga como una carta posible si fracasaba la independencia absoluta de Cuba; por eso realizó una entrevista secreta con el Presidente Don Porfirio Díaz durante su rápido paso por la capital mexicana, en tránsito hacia Jamaica y Santo Domingo, punto que se mantuvo en duda durante mucho tiempo, hasta que el médico mexicano y estudioso martiano Alfonso Herrera Franyutti lo probó suficientemente, al descubrir el suceso en la correspondencia del mandatario azteca en su Archivo personal, depositado en la Universidad Iberoamericana de México, Campus Santa Fe, a lo que ya me he referido.

Vázquez realizó contactos, persuadió, hizo amistades y hasta convocó a un gran banquete en el hotel Inglaterra por el doble motivo del Día de la Independencia y el cumpleaños de Díaz (ambos coincidían, o los hicieron coincidir), donde reunió a una distinguida multitud, entre la cual distribuyó 300 ejemplares del folleto Cuba mexicana (no se sabe bien todavía si fue escrito por el franco-cubano Arístides Fernández Pinto, o por el cubano-mexicano Carlos Américo Lara), donde se exponían razonadamente las ventajas para Cuba y México de una posible fusión. Se exaltaba la figura de Don Porfirio como un estadista continental, quien enfrentaba la expansión europea y norteamericana entre las repúblicas latinoamericanas con la llamada “Doctrina Díaz”, la cual rectificaba y moderaba la conocida “Doctrina Monroe”. Y hasta se creó un partido político con ese propósito expreso en el mes de abril de 1896. A este interesante asunto le han dedicado estudios Rafael Rojas (Cuba mexicana. Historia de una anexión imposible. México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 2002) y Margarita Espinosa Blas (La política exterior de México hacia Cuba, 1890-1902. México, Secretaría de Relaciones Exteriores, 2004).

Después de la independencia, hubo una fiebre nacionalista, chovinista y extremista, de aguda xenofobia hasta cierto punto explicable, que primero expulsó, en varias ocasiones, a los españoles del país y luego a todos los extranjeros, salvo excepciones muy contadas. Las experiencias de las invasiones extranjeras en México durante todo el siglo XIX, primero la norteamericana en 1847, y luego la francesa en 1861, fortaleció esa desconfianza y hasta el odio ultranacionalista.

Los liberales de la República Restaurada o Triunfante, luego del fallido Imperio de Maximiliano, fueron, según el bando —puros o moderados— tolerantes o intransigentes. Durante el gobierno de Porfirio Díaz, todo lo extranjero se llegó a ver como sinónimo de progreso, bienestar y civilización. La presencia de extranjeros creció, al mismo tiempo que la prosperidad del país, mas con la Guerra Civil que estalló en 1910 y hoy se conoce como “Revolución Mexicana”, los ánimos dormidos pero que no habían desaparecido, despertaron con gran fuerza y brutal impulso. Muchos extranjeros fueron masacrados, sobre todo los propietarios de bienes, y cuando los ánimos debieron aquietarse y se otorgaron una nueva Constitución, ya no fue como la anterior de 1857, sino que en la aprobada en el Teatro de la República de Querétaro —donde mismo habían juzgado y condenado a muerte a Maximiliano apenas 50 años antes— elaboraron la Constitución aún vigente, aunque muy modificada, y en su Artículo 33 quedó regulada la presencia de extranjeros en el país, el asilo y la extranjería, así como los mecanismos de ciudadanización, sumamente exigentes para los estándares de la época.

Lo único que históricamente podría justificar las sangrientas “revoluciones” que han ocurrido en la historia humana, sería que después de tanta muerte y sufrimiento, los países estuvieran mejor que antes, pero generalmente no es así: México tampoco fue la excepción.

Otro caso es el de Ildefonso Estrada Zenea (1826-1912), primo del poeta fusilado en Cuba, Juan Clemente Zenea, que también estuvo en México, invitado por el entonces poderoso Santacilia, quien lo empleó como Redactor (alguna fuente señala que fue el Director) del Diario Oficial de la Federación.

Muy interesante y poco conocido, es también el caso del poeta y dramaturgo cubano Juan Miguel Lozada, que fue el autor de uno de los himnos nacionales mexicanos que precedieron a la elección del definitivo actual. También colaboró con la Sociedad Patriótica de Cuba y su Comisión de Historia el 10 de agosto de 1830 (Memorias, Tomo XII. Habana, Imprenta del Gobierno, 1841). Se asoció con el músico aventurero francés Nicolas-Charles Bochsa (Montmedy, 9 de agosto de 1789–Sidney, 6 de enero de 1856), un virtuoso del arpa amancebado con la gran cantante inglesa Anna Bishop, para componer su “Marche mexicaine” que gozó de efímera popularidad y fue considerada como una suerte de protohimno nacional mexicano. Lozada se menciona en el Teatro del Circo por su comedia en un acto “en extremo graciosa”, “El médico chino”, concluyendo con un recitativo del Liceo Artístico y Literario, en la Sección “Revista habanera” del 1 de agosto de 1847, “Compañías de las Damas”, y su “hermoso drama” “Los amantes de Granada”. Después se anuncia la impresión de esta comedia junto con otra más.[1] Poco se sabe de Lozada, y en las historias literarias cubanas no se encuentra su nombre.

La relación tan estrecha entre ambos países rebasa ampliamente su cercanía geográfica: es una atracción mutua establecida desde hace siglos, y que no se produce, por ejemplo, en similares circunstancias espaciales, entre Cuba y Haití o República Dominicana, sólo separadas por un corto espacio de mar, o México, Guatemala y Belice, aunque compartan fronteras terrestres.

México ha sido, aún desde antes de su independencia política de España, una tierra de asilo. Expulsados y perseguidos de todo el mundo lograban encontrar abrigo, bajo distintas coberturas y disfraces, en tierras aztecas, desde Guillén de Lampart (luego conspirador para fundar una monarquía independiente), hasta Catalina Erauzo (la célebre Monja Alférez) y la famosa Doña Catarina de San Juan, La China Poblana: México fue lugar de cobijo por razones lo mismo políticas que raciales y culturales.

El país azteca ha sido sitio de asilo para varios exilios: en el siglo XIX muchos cubanos descontentos con la situación colonial en la isla vinieron para México; pero también de otras naciones latinoamericanas acudieron a esa tierra numerosos emigrados, algunos exiliados, como resultado de las guerras civiles y disturbios que también trajo, junto con la independencia, la emancipación americana. También México fue la tierra de tránsito para exiliados que finalmente se dirigían a Estados Unidos: entonces las ciudades más populares eran Filadelfia (“paraíso de conspiradores latinoamericanos” lo llamó Martín Luis Guzmán para esa época), Boston y Nueva York.

Ese fue el primer exilio político en México. Pero ha habido varios. En el siglo XX México fue también la tierra de asilo de numerosos comunistas, que acudieron para buscar refugio con los gobiernos surgidos de la Revolución Mexicana, en especial los de Abelardo L. Rodríguez y Lázaro Cárdenas, aunque después la hospitalidad de los mexicanos se extendió como parte de la aplicación del principio de la llamada “Doctrina Estrada”, de tolerar la multicitada “soberanía de los pueblos”, la cual ha tenido no obstante notables excepciones, como la de los chilenos en la época de Salvador Allende, y de los otros exiliados latinoamericanos entre los años 60 y 80 del siglo pasado, cuando en varios países se impusieron regímenes militares para contener el avance de los movimientos comunistas, dirigidos y animados desde Cuba, aunque con muchos matices relativos.


[1] Vid. Samuel Máynez Champion, “Una probada de su propio chocolate”, Proceso, 8 de octubre de 2018.


Enriqueta Faber, de Andrés Clemente VázquezFoto

Enriqueta Faber, de Andrés Clemente Vázquez.