Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Literatura, Martí

Asombrosa fauna martiana

González Esteva entrega un manojo de ensayos cómplices con la prosodia de un otro Martí, cordial y recóndito, silenciado en los recodos cautelosos de la historia oficial

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Desde la infancia nos adentramos en la vida y la obra de José Martí (La Habana, 28 de enero de 1853 – Dos Ríos, 19 de mayo, 1895). Los niños cubanos no leen a Julio Verne ni a Emilio Salgari sin antes adentrase en los folios de La Edad de Oro: los cuatro volúmenes de la revista mensual que el autor de Flores del destierro publicó en Nueva York entre julio y octubre de 1889. ¿Quién olvida Los zapaticos de Rosa (“Hay sol bueno y mar de espumas, / Y arena fina y Pilar / Quiere salir a Estrenar / Su sombrerito de plumas”), Nenétraviesa, El camarón encantado, Bebé y el señor Don Pomposo, La muñeca negra, Meñique o Los dosruiseñores? ¿Quién, formado en la Isla, no se sabe de memoria, mínimo, 3 ó 4 estrofas de Versos sencillos? Martí es una presencia insoslayable: metáfora cruda, consternada, tentadora, compasiva, azorada y lenitiva en la piel de cualquier cubano.

Hay Martí para todos. Fidel Castro lo ha sabido utilizar como justificación de todas sus arbitrariedades. Martí es el “autor intelectual” del fracasado asalto al cuartel Moncada de Santiago de Cuba, según el líder de esa contingencia militar delirante y trágica de la historia política de Cuba, sobrevenida en 1953, año del centenario martiano. Martí en gesto de ensimismado candor. Apóstol y poeta. Martí en las vallas de todos los colegios. Martí en Miami y en La Habana. En los discursos del dictador su figura refrenda, desde la Plaza Cívica (Plaza de la Revolución), todos los quebrantamientos. Vestido de blanco, cabalgando sobre el jamelgo Baconao —regalo de Antonio Maceo— se enfrenta a las tropas españolas en Dos Ríos y cae fulminado. Día borrascoso. Un aguacero humedece la tarde. (No me pongan en lo oscuro / A morir como un traidor: / ¡Yo soy bueno, y como bueno / Moriré de cara al sol!) ¿Inmolación? ¡Cuidado!: los héroes no se suicidan. Martí sucumbió en épico combate, dice la historia oficial. Martí no debió de morir / Ay de morir. / Porque fuera el maestro y el guía / Otro gallo cantaría, / La patria se salvaría / Y Cuba sería feliz (Fragmento de “Clave a Martí”. Música: José Tereso Valdés. Texto: Elio Villillo).

Todavía no conocemos, a ciencia cierta, su personalidad, los entresijos de sus pasiones más allá de las encrucijadas políticas en las que fue protagonista. Su muerte a los 42 años sigue siendo un enigma. El historiador Rafael Rojas publicó José Martí: la invención de Cuba (Editorial Colibrí, 2000) que se me ocurre pudo, perfectamente, titularse Cuba: la invención de José Martí. “Lo que es José Martí como ideología es lo que lo convierte en aire. Al fin y al cabo, ideología y aire tienen esto en común: que llenan cada vacío, que tratan de ocuparlo todo, de estar en todas partes”: exergo, del poeta y ensayista Antonio José Ponte, que el autor del El arte de la espera (1998) anotó en el primer folio de ese volumen.

Aparece Animal que escribe. El arca de José Martí (Editorial Vaso Roto, Colección Cardinales, España, 2014), del poeta, trovador, ensayista, docente y periodista residente en Miami, Orlando González Esteva (Palma Soriano, Cuba, 1952): otro Martí empapa nuestra pupila. Martí panal y circunstancia. Martí insomnio y curia. Martí espiga ondulada: espejo surtidor. Martí enfático y atribulado. Martí sonríe por primera vez. Martí padre potro: cabalgadura para Ismaelillo (José Francisco): “Siervo de la paternidad”. Martí, animal que escribe. Si Rafael Rojas( JoséMartí: la invención de Cuba) conjetura a una Cuba —“república escrita”— en la divergencia de una argumentación que brota de un ritual en el que consonancia y ritmo van en busca del gozo ausente, a González Esteva le interesa descifrar las alternativas del goce, fruición del acto de escribir: destino y riesgo. Presumes rubricados en un bestiario de jaculatorias tramadas en el asombro.

Martí más allá del devoto fundador del Partido Revolucionario Cubano (raíz, según el régimen, del actual Partido Comunista Cubano). La historia oficial: un retrato de Martí encarcelado en la adustez: nunca supimos de sus guiños; prudentes siempre sus tribulaciones en los aluviones del deseo. El Martí de “El alma trémula y sola” (“Ya llega la bailarina: / Soberbia y pálida llega; / ¿Cómo dicen que es gallega? / Pues dicen mal: es divina), no concuerda con la sagrada imagen que aprendimos de él en la primaria. Esteva se adentra en las crónicas del pionero del Modernismo Hispanoamericano y devela cadencias, prosodias y sinuosidades escondidas en una prosa de cisma concluyente en la literatura castellana del siglo XIX.

En este convite martiano los animales protagonizan insólitas figuraciones: de la prudencia del gusano a la araña que se cobija en el peñasco, de la mariposa que se refugia en la libertad de sus alas a las pantuflas de tres alas, del gruñido de la víbora a “los dos ojos de un tigre bien crecido”, de las “alas rotas de los cisnes” a “un ciervo herido / Que busca en el monte amparo”, de la trompa del elefante enojado como un azote a los versos que son polvo de alas de una gran mariposa, de la liebre azorada a la cierva en una cueva acorralada...

En la versión martiana de Meñique, el cuento de La Edad de Oro, se lee: “Mi padre tiene tantas tierras que una ternerita de dos meses que entra por una punta es ya vaca lechera cuando sale por la otra”. La Princesa interlocutora se refiere al toro de su corral en el que “Dos hombres sentados en los cuernos no pueden tocarse con un aguijón de veinte pies cada uno”. Bicoca para Meñique: “La cabeza del toro de mi casa es tan grande que un hombre montado en un cuerno no puede ver al que está montado en el otro”.

Vaya minuciosa lectura realizada por el autor de Elogio del garabato de un Martí que atisba coordenadas en labres de fantasiosas iconografías. Luces desmesuradas de cocuyos orientales que silban en la oscuridad del monte. El verso arremolina la trenza de la tarde; la prosa acecha la tristeza y le tapa la boca cuando intenta gruñir en la bandada. Dolor humano: dolor animal: “Y me arrancaré tu amor que me duele, como un zorro cogido en una trampa se amputa con sus dientes el miembro preso. Y me iré por el mundo sangrando, pero libre”. El cangrejo martiano dibuja un entredós en los páramos de la arenisca; el quiróptero ataca al gusano de luz para robarle el fulgor. González Esteva entrega un manojo de ensayos cómplices con la prosodia de un otro Martí, cordial y recóndito, silenciado en los recodos cautelosos de la historia oficial.


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