Actualizado: 22/10/2021 20:51
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¿Ausencia quiere decir olvido?

La memoria olvidada, novela de Luis G. Ruisánchez.

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La editorial Betania ha publicado un interesante testimonio con factura de novela de un destacado periodista cubano, Luis G. Ruisánchez ( La memoria olvidada, 2007), radicado en Santo Domingo. El libro, breve, se deja leer con agrado, sobre todo por lo sencillo de la trama (pocos personajes, ninguna complejidad estructural) y porque recrea el contexto cultural y político de toda una época de la revolución.

Un joven periodista, aprendiz de escritor, ávido lector y ciudadano de la noche habanera o vedadense, va relatando las peripecias de su formación cultural en el convulso contexto insular, a la vez que realiza una entrevista a un intelectual ya mayor, víctima de la represión inmediatamente anterior, y que vive sepultado en su casa como en un limbo, pero accede por primera vez a contarle su historia al joven entrevistador. Eso, y sus contactos con un grupo disidente y, sobre todo, la vida cotidiana de la ciudad, complementan la formación cultural de un inquieto joven cubano, el cual llega un momento en que corre el mismo peligro que su "víctima" entrevistada, por lo cual tiene que abandonar el país.

La historia narrada no tiene nada de singular; es la historia de tantos cubanos que enseguida se vuelve fácilmente reconocible desde las vivencias o la memoria de muchos lectores. Una aguda cita de Pedro Luis Ferrer preside el libro: "Nadie sabe el pasado que le espera". Precedido también por otra cita de una novela de Milan Kundera, recuerda las peripecias kafkianas del personaje de La broma, del escritor checo.

Ante un testimonio como este, sobre todo para quienes vivimos ese mismo tiempo sombrío, habrá que preguntarse una vez más por el sentido profundo de eso que se llama "revolución". Como el personaje de La Cartuja de Parma, Fabricio del Dongo, que participa casi sin percatarse de la trascendencia histórica donde está inmerso por azar o fatalidad —la derrota de Napoleón Bonaparte en la batalla de Waterloo—, el joven protagonista se ve envuelto en un laberinto ideológico que termina por confundirlo y ante el cual llega a sentir sencillamente miedo.

¿Cuántas vidas de jóvenes ilusos, con inquietudes artísticas y literarias, o no, transcurrieron en ese contexto casi esquizofrénico de la llamada revolución cubana?

Habrá que valorar un día cómo justamente lo que se preconizaba como divisa utópica y revolucionaria de dicho acontecimiento histórico: "Cualquier tiempo futuro tiene que ser mejor", terminó por convertirse en su reverso en un asfixiante presente. El imposible histórico, que tanto había avasallado a sucesivas generaciones de intelectuales durante la república, y que parecía pesar sobre la conciencia del pueblo de Cuba como una pesadilla recurrente de frustración y posposición, pareció de repente abrirse a una nueva época de infinitas posibilidades con el triunfo de la revolución.

Y sin embargo, para quienes vivimos ese tiempo con la ilusión e inocencia de la juventud, la Historia nos dio una lección contundente: todo puede ser siempre más sombrío. Recuerdo ahora a un científico soviético que visitó Cuba y en una conferencia se refirió a la teoría de los infinitos universos simultáneos. No sé si con una profunda ironía, el metafísico conferencista enfatizó: "Ahora mismo, en algún universo posible, hay un planeta donde la historia ha transcurrido y transcurre exactamente igual, en sus más mínimos detalles, que la historia de nuestro planeta, sólo que todo parece un poco más sombrío". El fantasma del eterno retorno nietzscheano, evocado en su libro La voluntad de poder, latía acaso por debajo de esta oscura certidumbre.

Este libro, pues, tendrá seguramente la virtud del reconocimiento. Muchos lectores recordarán sus propias vidas leyéndolo, evocaran idénticas o semejantes o diferentes vivencias, pero todas tendrán como referencia general el mismo contexto. Eso les conferirá sin duda a esos recuerdos un aire como de familia lejana y cercana a la vez.

La memoria olvidada es un buen título. Aparte de la misión de rescate del sentido o sinsentido de tantas víctimas anónimas de la época de la revolución, con la inevitable catarsis que esto provoca, este libro tiene también la virtud de remover la memoria del lector. ¿Recordar es soñar? ¿Cuánto de ficción implica el sencillo acto de recordar? O ¿recordar no es olvidar también? ¿Recordar no es imaginar el pasado? Por eso se ha escrito tanto sobre eso que se ha dado en llamar una memoria creadora.

Pues bien, la memoria creadora de Luis G. Ruisánchez, a través de este sencillo y a la vez complejo testimonio, nos servirá para hacernos estas y otras muchas preguntas sobre nuestro pasado insular, y tal vez al final convengamos con Pedro Luis Ferrer en que "Nadie sabe el pasado que le espera", sobre todo porque, como todos sabemos, la reconstrucción (y relectura) de ese pasado, todavía, lamentablemente, es una tarea futura.


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