Actualizado: 23/10/2017 19:03
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Ficción, Literatura

Baño colectivo

Con este trabajo CUBAENCUENTRO inicia una sección donde aparecerán textos de ficción, en un primer momento limitados a obras de narrativa. Advertencia casi innecesaria, ¿o no?: la poesía queda para más adelante

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El dolor impertinente de su vejiga terminó por despertarlo. Se había quedado dormido, sentado sobre la cama con la botella de medio galón repleta de orina entre las manos. Había estado esperando toda la noche la oportunidad para salir al pasillo y entrar en el baño del solar sin ser visto para vaciar el contenido de la botella en el inodoro, pero cada vez que salía al pasillo, algún ruido lo hacía retornar de vuelta a su cuarto. Las dos botellas que tenía para evacuar sus necesidades estaban llenas hasta el tope desde hacía dos semanas atrás.

Había vivido en aquel solar casi toda su vida. Sus abuelos se habían quedado con aquel cuarto barato el día que los barbudos bajaron de la Sierra y se apoderaron de las elecciones del país por los próximas cincuenta y tantos años. Su abuelo siempre bromeaba con pesar, que de haber imaginado lo pendejo que resultó ser Batista, se hubiera rentado un apartamento más caro en un lugar más prestigioso en vez de en aquel palomar donde se había visto obligado a vivir la mayor parte de su vida. Tu abuela y yo solo estábamos ahorrando para comprarnos un apartamento en el Vedado, agregaba siempre con igual exactitud al final del mismo cuento.

Años después su madre había nacido allí, que luego trajo a vivir a aquel cuartico a quien sería con el tiempo su padre. En tiempos alegres llegaron a ser cinco viviendo en aquella habitación de apenas 5 metros de largo por 2 metros de ancho, más una cocina sin agua ni caño, que le adicionaron de cerrar con los mismos ladrillos que cuidadosamente removieron para abrir su puerta, un closet que el comité de defensa tenía detrás del cuarto, lleno de pancartas gubernamentales, escudos patrióticos y cabezas de mártires hechas de yeso. Recordaba sin muchos esfuerzos que a la hora de la comida, su abuela servía en la cocina los platos de cada cual, y sentados en el banquito del pasillo, con el plato en una mano y la cuchara en la otra, se las arreglaban para mantener el balance humeante de la montaña de arroz blanco, el mar de frijoles negros, el huevo frito, las tres ruedas de pepino, las dos ruedas de tomate y la mitad de un boniato hervido, todo en perfecto equilibrio esperando a ser devorado sin que nada se cayera al suelo.

Comían sin rubor a la vista de todos los vecinos, que alrededor de la misma hora repetían la misma ceremonia para evitar el calor sofocante y la falta de espacio que había dentro de aquellos cuartos sin ventana. Comían mientras seguían en silencio el ajetreo de los chiquillos corriendo en el patio de abajo, el anuncio a toda voz de la llegada del picadillo a la carnicería de la esquina o la lista detallada del inventario de cosas que le había traído a María su prima de la comunidad. La privacidad de cada cual en aquel lugar estaba protegida solamente por el pedazo de sábana clavada en el marco de las puertas de los cuartos para proteger de la vista de los curiosos, las camas cubiertas de maletas de escuela y jabas de mandados, la galería de percheros repletos de ropas colgadas de clavitos en las paredes de mampostería y la montaña de cajas de cartón llenas de ropas viejas, fotos de difuntos y zapatos usados que cada cual tenía en una esquina del cuarto por miedo a que vinieran tiempos peores.

Aquel solar era su mundo. Allí había perdido su primer diente cuando apurado para la escuela se cayó una mañana en la escalera y rodó hasta frenar contra los contadores del gas de la entrada. Debajo de ella, unos años después, Lolita le había dado su primer beso fugaz e inesperado, que él guardaba en su memoria con la misma dulzura con que recordaba el arroz con leche y canela del seminternado de la escuela. Había sido uno de los pocos que sabía subirse a la azotea del solar trepando por el tubo del desagüe sin necesidad de escaleras, y en los tiempos de las antenas de bigotes, todo el mundo tenía que contar con él por su habilidad de orientarlas en la posición más adecuada para recibir la señal de televisión del Focsa, por entre la multitud de edificios de la cuidad. Recordaba que podía recitar de memoria de quienes eran cada uno de los contadores de la luz en medio del reguero de cables y cataos, desparramados por la pared al lado del portón de la entrada, y mirando a Fredy, un viejo gusano y barrigón que cada año se llevaba los tapones de la luz del solar con lo que le iba quedando de una guirnalda tuerta que colgaba sobre un añejo árbol de navidad, aprendió a usar los kilos de cobre para restablecer el servicio eléctrico del solar sin la necesidad de empatar el dichoso alambrito, hundido con toda intención dentro del hueco inaccesible de la porcelana del tapón.

Fue en uno de los cuartos, clausurados por salud pública debido a filtraciones, en que él y Lolita perdieron juntos la virginidad mientras se escondían de los truenos bajo un colchón mohoso, el día que la secundaria cerró por la llegada de aquel ciclón y había sido él quien dirigió con todo éxito la excavación del túnel, que a cucharas y cuchillos terminó en solo dos semanas por conectar la cisterna del patio del solar con la del edificio de al lado, para sorprender en la retaguardia a los blanquitos que jugaban con ellos a los pistoleros. Cavar con las cucharas de aluminio de la escuela había sido un infierno, recordaba con dolor mientras recorría sus manos con la vista. Pero instantes después reía sin apuros mientras pasaban por su mente las caras de los vecinos de aquel edificio pulcro, que jamás pudieron explicarse ni la permanente falta de agua, ni por donde se colaban los negritos que a todas horas corrían por las escaleras, aun cuando la puerta de entrada estaba cerrada con dos llavines. Dios, que no distingue entre unos y otros sabrá de donde salen, se decían para conformarse.

El baño colectivo del solar era si acaso lo único que siempre le resultó imposible en aquel universo donde se había criado. Tener que compartir el baño con los demás nunca lo había logrado superar y aunque aguantara hasta llegar a la escuela o esperara hasta la hora de la novela para sentarse finalmente en la taza sin la presión de que alguien le tocara a la puerta para apurarlo en sus necesidades, el baño colectivo había sido desde siempre el talón de Aquiles de su vida en el solar. Cada piso tiene un baño para más de 24 cuartos y si en cada cuarto viven más o menos cuatro personas, entonces yo debería tener derecho al menos a quince minutos de paz, se decía sin que le sirviera de algún alivio. Se cepillaba los dientes parado en el pasillo, con el vaso de agua en una mano, el cepillo con la perla en la otra y una lata vacía en el suelo que usaba para echar el enjuague. Y mientras no terminó su enseñanza años después, becado por conveniencia en una escuela al campo, orinaba en botellas de refresco, defecaba en la azotea sobre papel de periódico y se bañaba solamente los domingos a las seis de la mañana, antes de que se formara la cola de chancletas en el pasillo, método generalmente aceptado para reservar un turno para usar el baño.

La cola de chancletas era en las mañanas para lavarse los dientes entre otras cosas, pero en las tardes era para tomarse el baño y por esa razón, sobre las cinco la cola de chancletas le daba la vuelta al pasillo mientas la mayoría del solar andaba descalzo, signo que diferenciaba a aquellos que esperaban por bañarse de los que ya lo habían hecho o no tenían ninguna intención de hacerlo. Cada vez que el cantante de turno abría la puerta y salía en saltitos sobre el piso inundado de agua, todos los que tenían sus chancletas en la cola del baño salían en estampida de sus cuartos a moverlas un pasito adelante y así no perder el turno. Todos, excepto los que ya estaban próximos a entrar, que en chancletas de palo, con short, sin camisa, con las toallas colgadas del cuello como bufandas y las resplandecientes latas metálicas llenas agua caliente y puestas al lado de cada cual, parecían inusitados pasajeros galácticos, esperando en la puerta del próximo cohete a la Luna.

Con la beca resolvió de momento la fobia que le causaba tener que compartir el baño con el resto de sus vecinos. El baño de la escuela no tenía nada de privado pero tampoco era de uno a uno como en el solar, y excepto los fines de semana, cuando venía de pase, los inconvenientes de la beca los logró soportar por seis años, hasta que terminó finalmente el Pre y tuvo que regresar al solar. Quizás por la fobia que le tenía al baño o quizás por mantener una fama bien ganada de no rebajarse a entrar a aquel lugar maloliente, aquella misma semana se fue a la oficina del servicio militar que sin demoras lo reclutó los próximos tres años por siete pesos al mes.

Por aquel entonces Lolita y su familia se habían ido a vivir al apartamento que su madre se ganó en la construcción, tras cinco años de estar embarazada de sus otros cuatro hijos, y aunque Lolita ya estaba cansada de amarlo a distancia por tantos años y de pase en pase, lo seguía queriendo de alguna manera por haber sido él el primer hombre de su vida. El día que los ayudó a mudarse luego que finalmente les dieron la llave de la nueva casa, lo que más le llamó a él la atención fue el fabuloso baño privado que tenía el apartamento para ellos solamente. Así que no lo pensó dos veces y el mismo día que regresaba al solar con su cabeza rapada, al pasar frente a la puerta del baño, no más la miró de reojo, dio media vuelta y salió corriendo escaleras abajo hasta el teléfono público y con una moneda de cinco centavos llamó a Lolita y le propuso matrimonio.

Luego del servicio militar, su primer trabajo fue de operario de una ruidosa máquina para hacer cucharitas plásticas en un lugar con un baño que no tenía nada que envidarle al baño del solar, así que allí estuvo solamente por dos semanas, pero un mes después y por medio de un amigo, encontró trabajo en una oficina que tenía un baño amplio, limpio y como si fuera poco, además con bañadera, algo que él solo había visto en las películas de la tanda de los domingos. Apenas en su primer día en el trabajo se dio a la tarea de examinarlo en detalles. Si hubiera tenido una cámara sin dudas lo hubiera retratado y lo hubiera colgado a los pies de la cama. No más dieron las doce, saltó del buró y corrió hasta el baño para quedarse pasmado tras la puerta, contemplando aquella obra maestra como quien descubre la puerta secreta de un museo. Con los cuidados de quien pretende acostarse al lado de una joven doncella durmiente, se coló lentamente con ropas y zapatos dentro de la bañadera, solo para comprobar que era exactamente de su talla. Las oficinas ocupaban una vieja pero bien conservada casa que había quedado abandonada, seguramente por la misma época en que su abuelo se había ganado el cuarto del solar. La casa tenía ocho habitaciones ahora convertidas en oficinas, una cocina, un jardín, un patio y tres baños, uno de los cuales estaba destinado a caballeros, que se traducía en solo para él y otros tres hombres más que trabajaban allí. Los otros dos eran para las damas, que eran por demás la mayoría en aquel lugar.

Acostado en la bañadera recorría el baño con la vista. Se imaginó su cepillo de dientes dentro del vasito plástico, encima de aquel increíblemente ancho y blanco lavamanos de pedestal, e instantes después se incorporó para abrir la ventana redonda de cristales nevados, dejando entrar los rayos de un sol que se reflejaban en el suelo de lozas blancas y azules, esparciéndose más allá de la taza, majestuosa y distante, limpia, brillante y que terminó por bajarle los pantalones y sentarlo entre risas sobre el anillo cómodo de su boca siempre abierta y complaciente, hasta que finalmente se le acabó la media hora de su almuerzo.

Desde entonces se hizo dueño de aquel baño, que sin dudas tenía que compartir con los otros tres hombres en la oficina, pero que él aprendió a manejar con toda destreza para que nadie notara que prácticamente y por aquel baño, terminó viviendo en aquella oficina; especialmente luego que Lolita terminó por mandarlo de vuelta al solar, luego de diez años de desamor.

En las tardes su jefa se quedaba trabajando a veces hasta las siete o las ocho de la noche, así que sobre las cinco él se levantaba de su buró y se preparaba para regresar al solar, no sin antes decirle adiós a su baño con una meada abundante y un buen cepillado de sus dientes en el espejo amplio de la pared. Luego de eso recogía la toalla y las chancletas y las ponía en la gaveta, junto al cepillo, el vasito plástico, al jabón, dos calzoncillos, una lata de talco Bebito con su mota, una latica de leche condensada vacía, un calentador de agua y la revista Bohemia de la semana pasada. Cerraba la gaveta y se largaba a la casa. Pero en las mañanas el baño era todo para él. Se levantaba a las cuatro para estar listo a coger la primera 98 y llegar al trabajo mucho antes que cualquier otro empleado. Pasaba frente a la cola matutina del baño del solar con aires de persona importante, mientras les daba la mirada de, yo sí no me rebajo a compartir mis necesidades intimas en la puerta de un inodoro colectivo, pero apresurado no se le fuera a derramar en los pantalones la primera meada del día. Corría con pura agonía las dos cuadras que separaban la parada de la guagua de la casa donde estaba la oficina, abría la puerta e iba a oscuras hasta el baño, a liberar por fin el líquido que amenazaba con explotar en sus intestinos.

Luego de eso daba los doce pasos que lo separaban de su buró a cargar sus ajuares y regresar a sentarse en la taza, a terminar de resolver el crucigrama inconcluso el día anterior. Había descubierto en una sonrisa sin mueca que aquel estreñimiento crónico de siempre, era solo el resultado de su timidez fecal y la presión que le ocasionaba saber que al otro lado de la puerta podría haber alguien esperando a que terminara con el bochorno de sus desperdicios. Incluso en casa de Lolita, donde tenían un baño para ellos solos, el tener que compartirlo con el resto de la familia siempre le ocasionó ansiedad, al punto que se levantaba en medio de la noche, cuando ella lo empujaba de la cama por sus vientos imposibles, que inflaban la sábana hasta desparramarse en olores indescriptibles por sus bordes. No fue hasta que encontró el baño de aquella oficina, que pudo por primera vez sentir el placer de ocupar un baño sin la terrible sensación de estar siendo acechado desde afuera.

Terminado lo primero y también lo segundo, se colocaba los pantalones y sobre sus chancletas de palo se iba a recoger un cubo plástico que tenía escondido debajo del lavadero del patio. Lo llenaba con agua e insertaba en ella un calentadorcito eléctrico que él mismo construyó con el rolo que le pidió una vecina y una resistencia eléctrica que le sacó a una plancha rusa, siguiendo las instrucciones de una Juventud Técnica. Media hora más tarde, cuando el agua estaba finalmente caliente, cargaba el cubo hasta la bañadera y lo vertía en ella para darse sin apuros el baño del día. Jugaba con la espuma sobre el agua, se lavaba la cabeza, se restregaba debajo de los brazos, las rodillas, se cortaba las uñas de los pies y de las manos y hasta se leía los materiales del círculo de estudio, metido en el agua como un niño hasta que la claridad del día comenzaba a aparecer por la ventana del baño. Luego de eso se enjuagaba, se secaba y se volvía a vestir sin ningún apuro, dejando tiempo para echarse talco, secar el baño y para esconder las chancletas y la toalla mojada detrás de un armario en la cocina, que luego recogía con disimulo antes de irse a la casa, por miedo a que el conserje las descubriera en la noche y se le acabara el secreto.

Era así cada día excepto los fines de semana. Sin poder usar su baño, los sábados y domingos en el solar se le volvían eternos. Resolvía lo primero con botellones de medio galón que llenaba con cuidado durante el día y que vaciaba en el baño colectivo a las tres de la mañana, después de asegurar que nadie estuviera despierto. Pero lo segundo lo aguantaba estoicamente hasta el lunes en la mañana en que podía nuevamente disfrutar del placer de su baño en la oficina. Y así le duró por los 30 años en que se mantuvo trabajando en aquel lugar. Nadie podría decir que realmente sentía ninguna pasión por llenar formularios y archivar plantillas, pero por el privilegio de poder disponer de aquel baño, había sido técnico en plantillas, recepcionista, secretario del sindicato y hasta C.V.P., por los tiempos en que llegó la reducción de plazas y mandaron a los sobrantes a la agricultura.

Todo el mundo sabía del amor por su baño aunque nadie nunca le dijo nada. Una vez la jefa llegó mucho antes de lo normal a recoger unos papeles antes de salir de viaje y cual no fue su sorpresa al verlo por la ventana del baño, haciendo un ruido insoportable con sus chancletas de palo sobre el piso de cerámica, mientras practicaba unos pasillos de carnavales, con el pelo todavía mojado y la toalla enredada en la cintura. En otra ocasión en que el conserje se quedó dormido sobre un escritorio, lo despertó a las cinco el ruido de las chancletas y pensando que eran ladrones, por poco lo baña con la espuma de un extintor, al verlo pasar encueros y chorreando agua frente a él, buscando el jabón que había olvidado en la gaveta del escritorio. Él no lo vio, pero del susto que se llevó el conserje, se quedó paralizado con el extintor en las manos hasta un buen rato después, en que un entonado “Pastorita quiere guararey conmigo” le ayudó a comprender de que se trataba. Esta vez tampoco nadie le dijo nada, al final todos en la oficina lo sabían y se reían de él a sus espaldas, pero si se encontraban olvidado el cepillo o incluso la toalla o las chancletas, se la ponían en la gaveta o detrás del armario para que la pena no le matara el placer. Después de todo, él era un buen trabajador y vivir en un solar nunca ha sido una cosa fácil.

Claro que al cabo de treinta años le llegó el momento de retirarse y aunque hizo todo lo que le fue posible por teñirse el pelo con aguas de tinta china, por ganarse la confianza de la mulatona del carnet de identidad para que le cambiara la fecha de nacimiento, de falsificar su expediente laboral el día que Rita la de personal, dejó abierto el archivo con el hilo fuera de la plastilina, cinco años después de una interminable batalla por no perder acceso a aquel baño que con tanto amor había reparado, limpiado y usado la mitad de su vida, le tuvo que decir adiós a lo que sin dudas era uno de los mejor conservados y más lustrosos baños del municipio Playa.

Aquel último día regresó desbastado, entró al solar y pasó frente a los contadores del gas sin notar que todavía uno de ellos mostraba la magulladura oxidada del día en que perdió su primer diente. Subió las escaleras sin detenerse a mirar si por entre las rendijas de las tablas alguien podría haber visto a Lolita dándole aquel primer beso 50 años atrás y salió finalmente al pasillo para enfocar sus ojos en la puerta azul pálida de aquel baño colectivo que lo esperaba invencible en su inevitable regreso. Caminó despacio hasta que estuvo frente a ella sin que ninguno de los dos se atreviera a mover la vista del otro. Le miró las grietas negras, abiertas por el tiempo en su superficie árida, el pestillito mugriento, agarrado por un tornillo sin cabeza a un lado y por un clavo jorobado contra la madera al otro. Miró la cochinada del trapo sucio en el suelo para limpiarse las chancletas mojadas al salir y por la rendija del marco alcanzó a mirar la bombilla amarilla y polvorienta, eternamente encendida, colgando solitaria como un sol distante en medio de los disimiles olores mezclados, suspendidos por años a su alrededor como galaxias invisibles; la tasa sin tanque, sin asiento, sin vida, de color indefinido, clavada en el suelo, resignada a aceptar su destino; las paredes despellejadas, pálidas, asfixiadas por los años de respirar la falta de oxígeno de aquel lugar y finalmente a Tito, el viejo centenario del 25, que asombrado y desnudo había interrumpido su entonada Vereda Tropical al notar que alguien lo estaba observando al otro lado de la puerta mientras se bañaba.

Igual a como había hecho 30 años antes en frente de aquella puerta, se dio la media vuelta con ganas de salir corriendo, pero esta vez fue solo para comprobar que no tenía ningún otro lugar adonde ir, sintiendo que su fama de nunca haber necesitado aquel baño estaba a punto de quebrarse. Años antes, en una asamblea del Poder Popular a la que él no pudo asistir, los vecinos del solar aprovecharon para pedirle al delegado de la circunscripción que llamara a una inspección por miedo a que dentro de su cuarto, el señor solitario del 29 tuviera tanques llenos de excrementos y orina, ya que nadie nunca lo había visto usar el baño colectivo. Y en efecto unos días después, acompañado por un miembro de la P.N.R., el inspector de Salud Pública se presentó en su cuarto y lo inspeccionó con cuidado sin encontrar nada inusual, salvo un par de botellas llenas de un líquido rancio parecido al whisky pero que eran perfectamente legal por aquel tiempo. Cuando el reporte de la inspección estuvo listo, la intriga creció aún más entre los vecinos del solar, que le seguían cada paso para ver si alguno descubría su secreto de vivir sin necesidad de usar un baño.

No fue hasta que Tito le grito el carajo de estarlo cuchicheando a través de la puerta del baño, que el resto del solar salió en estampida a ver quién estaba tratando de colarse en la cola de las chancletas. Cuentan los que lo vieron, que al sentirse observado por los cientos de ojos que se posaron en él, se volvió turbado y se fue directo a su cuarto, entre el asombro del solar y los insultos de Tito, que empapado en agua y con la toalla en la mano, asomaba la cabeza por la puerta del baño para gritarle maricón, a todo lo que le daba su pecho de cantante.

Sentando en la cama, seguía las sombras del ajetreo de gente que se iba acumulando delante de su cuarto, con las chancletas en las manos o en los pies, mientras Tito no paraba de cantarle sus insultos desde la puerta del baño. Se sintió humillado, jubilado y solo, ahora por demás con el solar que había sido siempre su casa, parado en su contra frente a la puerta del cuarto.

La noche llegó y el solar se fue calmando hasta volver a los murmullos habituales de los chiquillos jugando en el patio de la entrada. Sus dos botellones de medio galón estaban casi llenos hasta el tope, así que un poquito en uno y un poquito en el otro, fue aliviando sus deseos de orinar, parado detrás de la puerta, esperando el momento oportuno para correr sin ser visto hasta el baño y poder vaciarlas.


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