Actualizado: 29/11/2022 11:37
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Buñuel frunce el ceño entre un crucero y una isla remota

Esta es una mediocre película de un buen director, quien a cada rato muestra su garra pero que se pierde por un incomprensible afán explicativo

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Triangle of Sadness, el título del filme que me ocupa, puede ser traducido literal y correctamente como el triángulo de la tristeza, pero en inglés también se usa para describir la marca que queda entre las cejas cuando se frunce el ceño. Con ambos significados juega el título y el tema de la película.

Dividida en tres capítulos, en el primero se nos presenta la relación entre Carl, un modelo exitoso, y Yaya, una influencer. Comienza con una irónica secuencia de una audición de modelos masculinos y de ahí pasa a una cena en un restaurante lujoso tras la cual Carl y Yaya terminan en una larga discusión sobre quién va a pagar la cuenta, que va subiendo de tono e incomodando a los comensales de alto vuelo, quienes tratan de mantener su compostura. La secuencia comienza muy interesante y va incrementando en agresividad, pero termina dilatándose excesivamente y se vuelve repetitiva y un poco cansona.

El segundo capítulo se desarrolla en un crucero para millonarios al cual Carl y Yaya son invitados por la posición de ésta en los medios sociales. Ahí vemos no solamente a la influencer subiendo fotos para entretener el vacío mental de las masas, sino también el insulso deseo de los poderosos de codearse con cualquiera que represente algún tipo de fama, por muy inane que sea.

En el crucero se van a reflejar las diferencias de clase y el poder de los plutócratas, algunos de los cuales quieren asumir el disfraz del aristócrata. En el barco va una pareja de ancianos que hicieron su fortuna construyendo granadas, otros millonarios de distinto tipo y un ruso que aprovechando el desmembramiento de la Unión Soviética se ha convertido en multimillonario porque tras administrar una granja de estiércol, el negocio quedó en sus manos y ahora es, en sus propias palabras “un vendedor de mierda”.

El capitán del barco es un alcohólico que se niega a salir de su camarote y cuando llega una tormenta tremenda, que pone a pasajeros y a tripulantes a vomitar y defecar de manera descontrolada, en escenas bien explícitas, se encierra en el puesto de mando con el millonario ruso a leer pasajes de El Capital y de comentarios de Reagan sobre el marxismo.

Tras un ataque pirata, en el cual el barco es atacado con granadas fabricada por la pareja de ancianos pasajeros, un grupo de sobrevivientes termina en lo que consideran es una isla remota y desierta. En este tercer capítulo, se impone la ley del sobreviviente y en este caso, los millonarios son unos inútiles, una oficial del barco que se rige estrictamente por las reglas de su trabajo, puede hacer muy poco y entonces una de las criadas del crucero se convierte en la persona imprescindible, porque sabe hacer lo que los demás desconocen, trabajo manual. De manera demasiado obvia, se nos muestra la inversión de los valores de la sociedad clasista una vez fuera de su contexto.

El director sueco Ruben Ostlund se ha dedicado a diseccionar lo que hay debajo de la piel de la sociedad burguesa y las instituciones sobre las cuales se basa. En su primer largometraje difundido internacionalmente, (en realidad su cuarto), Force Majeure (2014), la emprende contra la sacrosanta unión matrimonial basada en el machismo. Es un filme agudo y muy bien realizado, que le valió el premio del jurado en la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cannes, en lo que lo convertiría en un asiduo favorito de dicho festival. Luego, en The Square (2017), arremetió, con mucha garra, contra la falsedad y el mercantilismo en el mundo del arte contemporáneo. Este filme le valió la Palma de oro del Festival de Cannes y una nominación al Oscar al mejor filme en lengua extranjera.

En Triangle of Sadness, ha multiplicado sus ambiciones lanzándose contra la sociedad clasista en general, la vacuidad del mundo de hoy, la hipocresía de la “politesse” burguesa, la corrección política y el abismo ideológico. Ha enfocado este tema con un punto de vista muy buñueliano, mezclando temáticas que el español abordó en El ángel exterminador y en El discreto encanto de la burguesía, filmes que se reflejan quizá demasiado en esta obra. Para actualizarlo un poco, ofrece un enfoque derivado de las teorías marxistas de Slavoj Zizek.

El filme tiene momentos felices y una ironía bien filosa, pero el problema es que esta vez Ostlund no sabe cortar. Alarga las secuencias, que se vuelven reiterativas y de esa manera va dejando a su paso temas que esboza y no profundiza. Los chistes van perdiendo su gracia. De la sutil ironía inicial contra la estupidez humana, al dejarnos ver que un sesohueco como Carl está leyendo el Ulises de Joyce en la cubierta del barco mientras coge sol, a los chistes que siguen a continuación que resultan pueriles por obvios, el filme va perdiendo fuerza a medida que avanza y se pudiera decir que le sobra al menos una hora. Sin embargo, le valió por segunda vez la Palma de oro del Festival de Cannes, honor que comparte con otros ocho directores.

El actor inglés Harris Dickinson y la recientemente fallecida actriz sudafricana Charlbi Dean (1990-2022), como Carl y Yaya, están bien en sus no muy exigentes roles como los ejemplares que son culto de la admiración fútil de nuestros días. Woody Harrelson, en un rol limitado como el capitán del barco, encaja muy bien. Quien más se destaca es el actor croata Zlatko Buric, en su papel como el plutócrata ruso, que viaja con su esposa y con su amante.

Eficiente, pero nada destacable, es la fotografía del sueco Fredrik Wenzel quien ya trabajó con Ostlund en sus filmes anteriores.

Esta es una mediocre película de un buen director, quien a cada rato muestra su garra pero que se pierde por un incomprensible afán explicativo. Su crítica se extiende a todas las clases sociales y pone al ser humano como víctima y cómplice de su contexto. Pero la película hubiera necesitado un poco más de complejidad y menos repetición. Se ahoga en sus propias elucidaciones y no muestra nada nuevo bajo el sol.

Ruben Ostlund es, incuestionablemente, un director transgresor, pero de los directores transgresores yo prefiero a Luis Buñuel.

Triangle of Sadness (Suecia/Francia/Reino Unido/Turquía/Alemania/Grecia, 2022). Guion y dirección: Ruben Ostlund. Dirección de fotografía: Fredrik Wenzel. Con: Harris Dickinson, Charlbi Dean, Woody Harrelson, Dolly de Leon y Zlatko Buric. De estreno en todas las ciudades de Estados Unidos.


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