Actualizado: 14/06/2021 10:41
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Carta, Testimonio, Madre

Carta de mayo a una madre cubana

Ojalá este sea el último Día de las Madres en el que estemos de esta manera

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Estimada mamá, hoy, segundo domingo de mayo, debe ser un día especial para ti. Es el día, me imagino, en el que recuerdes, con mayor ahínco, mi nacimiento y mi existencia, así como todos tus miedos, alegrías, sacrificios y dolores asociados. Me imagino que mires hacia el complejo pasado y te sientas orgullosa al saber que crecí y que me he convertido una buena persona, tal y como me has enseñado. E imagino que todo eso, junto a la posibilidad de poder estar juntos y compartir en familia, te haga sentirte más feliz que en el resto de año.

Yo, en cambio, he pasado todo el día con una sensación que no sabría explicar. Angélica me ha preguntado que por qué estoy tan callado, aislado, pensativo, ensimismado. Pero no he tenido deseos de responder. Tal vez, por miedo a que se rompa un “hielo” que he preferido mantenerlo intacto, hasta este momento en que decido escribirlo, pero, todavía, en mi propia y peculiar soledad.

Solo escribiéndote esta carta, he descubierto que el motivo de mi sensación es que me hiere la sospecha de que no estés feliz como mereces estar, porque tal posibilidad de estar juntos y compartir en familia, hoy, no existe. Estoy a casi 9 mil kilómetros de distancia. Igualmente, descubro que a mí también me hubiera gustado estar allí.

Mi vecina, también tiene sus hijos lejos, aunque por motivos diferentes a los tuyos, míos, nuestros. Y cuando fui a felicitarla hoy en la mañana, se le aguaron los ojos y me agradeció por estar cerca de ella y ofrecerle un “mástil” de donde aguantarse en momentos como estos. ¿Tendrás tú algo similar por allá? ¿Qué se siente en un día como hoy, lejos de tu ser más amado, de ese ser a quien le diste la vida y a quien cargaste por 9 meses en tu vientre? ¿Ese ser que te produjo dolor para poder tener el regalo de la vida, pero que, al llegar, te hizo olvidarte de tal dolor? ¿Qué se siente, en un día como hoy, estar lejos de esa persona que criaste con cariño y del cual también recibiste incomparables afectos? ¿Qué se siente, en un día como hoy, en el que, aun queriendo estar junto a mí, me tienes que fingir no extrañarme con tal de no hacerme sentir mal? ¿Qué sientes al saber que, después de tantos años de sacrificios y afectos, la vida continúa exigiéndote más sacrificios y, esta vez, inmolándote lo más preciado: lo cotidiano junto a tu hijo/a.

En estos momentos, me vienen muchos recuerdos de esos sacrificios tuyos e imagino que cada uno de ellos te parezca insignificante en comparación con los de hoy. Por ejemplo, recuerdo el día en que, en los años 90, me fuiste a buscar a casa de mi tía en Varadero para llevarme para Sagua la Grande, tu casa. Nos demoramos más de 24 horas para llegar y tuvimos que dormir la noche entera en Hoyo colorado. No olvido que le compraste un plato de comida (arroz blanco y picadillo) a una familia para dármelo a mí y tú te quedaste sin comer, porque no teníamos más dinero. También recuerdo cuando venias casi todos los días del trabajo y me traías un muslito de pollo. Yo me ponía muy contenta, porque me gustaba mucho el pollo. Después que crecí me di cuenta que ese pollo era el que te daban en el almuerzo de tu trabajo y tú dejabas de comértelo para dármelo a mí, porque con tu salario no me podías garantizar una buena dieta. De igual forma, recuerdo como salías a revender cosas con la esperanza de complementar tu salario y poderme regalar algo. O cuando te levantabas temprano para prepararme el desayuno antes de ir para escuela o para llevarme a los turnos médicos en La Habana. Tampoco puedo olvidar tus artimañas para garantizar que me fuera con algún dinerito para La Habana, cuando estudiaba por allá. Me dabas 20 pesos (equivalente a menos de 1 dólar en aquella época) de los 240 pesos que era tu salario, para mantenerme 1 semana en La Habana. Ese dinero apenas era suficiente para 2 pizzas de queso y sobraba algo para coger el ómnibus de regreso a casa algunos fines de semana. También recuerdo, la vergüenza que debiste haber sentido cuando comencé a revender chicles con apenas 14 años, para poder ayudar a la economía en la casa. Hoy, también entiendo por qué te ponías brava conmigo cuando viajaba para La Habana a revender queso Gouda. Era por la preocupación de que la policía me cogiera con esos quesos, pero también por la verguenza y la impotencia que sentías, por no poder darme una vida mejor, en conformidad con todos tus sacrificios. Yo, supuestamente, debía centrarme en estudiar y no en vender quesos. ¿Y qué me dices del fallecimiento de la niña en el verano del 2016, en el Hospital Materno de Matanzas? Hay algo muy duro que recuerdo de esos días. Y es tu impotencia por no tener condiciones económicas suficientes para llevarle regalos a los médicos —con tu retiro de 270 pesos es imposible (equivalente a 11 dólares)—, con el propósito de que me atendieran mejor. Yo sé que, hasta hoy, todavía estás pensando que si hubieras tenido esas condiciones los médicos no me hubiesen dejado más 19 horas de parto y hubieras evitado que la niña falleciera por haber aspirado líquido amniótico, por causa de la cantidad de tiempo que pasó en el canal de parto. Sufrí terribles violencias obstétricas que tú también sentiste en la piel. Tanto así que hoy no puedes intercambiar ni siquiera una palabra acerca de ese momento. Yo sí puedo, pero porque al salir de Cuba tuve facilidades de acceso a terapias psicológicas que tú no has podido tener.

En fin, recuerdo muchas cosas, a pesar de que solo te mencione estas. Hoy, ya estás en la tercera edad, retirada, después de 35 años de trabajo para el Estado y de muchos sacrificios. Continuas sin poder ayudarme económicamente y, por si fuera poco, tienes que resignarte a tenerme lejos, para poder “celebrar” el Día de las Madres almorzando pan con tortilla y jugo de mango. Tienes que resignarte a tenerme lejos para poder comer los muslitos de pollos que vas a asar con el carbón que te regaló nuestro vecino. En cambio, yo, tengo que comerme el churrasco dominical sufriendo todo lo que te falta a pesar de haber trabajado tanto y, todavía, sabiendo que hay otras madres que tienen menos que tú o que, incluso, ni siquiera tienen sus hijos porque se ahogaron en el mar o murieron en la Selva del Darién, intentando conseguir lo que hoy yo he conseguido: ayudarte a que por lo menos te puedas comer, hoy, un pan con tortilla.

Aun cuando todavía me preocupa tu bienestar físico y emocional, más aún en esta etapa de tu vida donde más necesitas de mí y estás más propensa a depresiones, ya me siento mejor que cuando comencé esta carta. Pero en ocasiones he tenido el deseo de pedirte perdón por no poder estar allá, no sólo hoy, sino, todos los días. A veces me cuestiono si estoy siendo egoísta al priorizar salir de Cuba, en vez de quedarme allá, contigo, a compartir nuestras penurias. Y ese sentimiento se complejiza cuando recuerdo las tantas veces que me has dicho: “no regreses, aquí no tienes futuro, no te preocupes que nosotros estamos bien”, o “yo soy feliz sabiendo que tú lo eres”, o “no te preocupes que nosotros somos viejos y comemos cualquier cosa. Tú eres joven y te tienes que alimentar bien, tienes que vivir tu vida” o “no nos hace falta que mandes dinerito, cógelo para ustedes, para que disfruten, conozcan”.

Esas palabras, tan comunes entre las madres de muchas de mis amistades, me estrujan el alma y me hacen pensar que, hoy, no debe ser un día muy fácil para ti. Más aun, sabiendo cuanto te preocupas por mí, por estar en un país extranjero que no conoces, sin saber cómo me alimento, donde me alimento, como son mis relaciones sociales y amorosas, cuales son los peligros existentes y etc. Ya te vi llorar delante de problemas en los que estuve involucrado cuando adolescente, así que sé muy bien cuanto te preocupa mi vida lejos de ti. Ya supe, a través de un amigo con quien hablaste una vez, cuanto te dolió verme partir para La Habana a estudiar. Sin embargo, ahí estás, fuerte, firme y supuestamente alegre pese a la ausencia de mi abrazo en un día como hoy. Es algo delante de cual a veces no puedo evitar sentir la necesidad de pedirte perdón.

Pero, a decir verdad, cuando consigo manejar mejor mis sentimientos, percibo que no soy yo quien debe pedir perdón. Percibo que no eres tú quien debe inmolarse, porque lo has hecho toda la vida y tienes el derecho a no hacerlo más. No eres tú quien debe sentir vergüenza por no poder darme una vida mejor. No eres tu quien tiene que sentir humillación cuando te envío algún dinerito que necesitas, pese a tus tantos años de arduo trabajo. Es “nuestro gobierno” quien debe pedir disculpas, quien debe sentir vergüenza y quien debe cargar con la humillación de representar todas las circunstancias que hoy nos tienen aquí y de esta manera.

Es ese gobierno el que debe cargar con la humillación, por no darnos el salario digno que prometió y nos merecemos o el sistema de salud que nos meremos, para que no mueran más bebés por falta de interés de algunos médicos o para que, igual a los extranjeros y militares de alto rango, tengamos buenas condiciones y buenos tratos en muchos de nuestros hospitales, sin tener que dar regalos. Es ese gobierno el que se debe sentir humillado delante de las diferentes olas de migrantes, a los cuales se les ha llamado de traidores y escorias, pero cuyo dinero no solo ha sustentado gran parte de la económica cubana, sino que también les ha dado la oportunidad, a esos supuestos escorias, de disfrutar de la Cuba que se les niega a los que, como tú, se quedaron.

Pero bueno, mamá, aquí estamos. Como te había dicho, ya me siento mejor. Creo que necesitaba soltar estas palabras y unas cuantas lágrimas. Ojalá este sea el último Día de las Madres en el que estemos de esta manera. Rezaré a todos los Orichas para que, el próximo año, estemos juntos por acá o por allá, pero en una Cuba libre, próspera y digna.

Un beso grandote, te amo,

Tu hijo/a.


Estas letras se sustentan en relatos propios y de otras personas (madres, hijos, hijas) cercanas a mí. Por ello, el uso indistinto del masculino/femenino en ciertas ocasiones (nota del autor).

Hans Carrillo Guach es sociólogo y profesor universitario, radicado en Brasil.


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