Actualizado: 17/04/2024 23:20
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CON OJOS DE LECTOR

Censura, ¿estás ahí? (I)

Ninguna manifestación artística ha logrado escapar en Cuba a las tijeras y el lápiz rojo del Gran Hermano.

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En la etapa durante la cual viví en Madrid, recibí en una ocasión la visita de un amigo de la Isla. Incapaz de resistir la curiosidad, se puso a fisgonear en los libreros (una costumbre, tengo que confesarlo, que no me agrada). Cuando llegó a una estantería donde estaban ordenados los casetes, me expresó con una sonrisa un pelín burlona lo sorprendido que estaba de hallar nombres como los de Raphael, los Brincos, Fórmula V, Massiel, Cristina y los Stops, Charles Aznavour, los Bravos… Le expliqué que sencillamente era la música que formó parte fundamental de mi educación sentimental, en los años cuando era estudiante de secundaria y, luego, de preuniversitario.

Entonces, el único modo de poder escuchar esas canciones en Cuba, o por lo menos en el pueblo de campo donde yo vivía, era la radio. Las grabadoras y los equipos de música eran cosas con las que no se podía ni soñar, aparte de que luego estaba el problema adicional de cómo conseguir los casetes y las cintas. Recuerdo que uno de los amigos con quienes acostumbraba salir y reunirme tenía una hermana en La Habana que estaba casada con un marinero griego. Gracias a eso se hizo de una grabadora que llevaba a las fiestas que algunas veces organizábamos. Era un armatoste tan grande como pesado, que se cargaba como una maleta. Una de esas antiguallas que hoy sólo se pueden encontrar en las thrift stores, esas tiendas de segunda mano que tanto abundan en Estados Unidos.

Muchos años después, cuando tuve por primera vez la oportunidad de comprar los casetes (los discos compactos aún demorarían en aparecer) con aquellas viejas canciones, quise hacerle un regalo tardío a aquel muchacho que alguna vez fui y que nunca las pudo tener. Volverlas a escuchar ya fuera de la Isla, debe haber sido para mí una manera de entregarme a la embriaguez de la nostalgia ("Este pan tiene el sabor de un recuerdo", dice en un verso Humberto Saba). Pero me deparó también algunos hallazgos que no esperaba. Me precio de tener una excelente memoria, y podía ir repitiendo la letra de los temas mientras sonaban en el estéreo. En algunos casos, sin embargo, había estrofas que estaba seguro no haber escuchado antes. En Ding, dong, las cosas del amor, uno de los tantos números que el argentino Leonardo Favio popularizó en Hispanoamérica, estaba ésta: "Ella es frágil, tierna y dulce, / mira que encontrarla yo. / Voy pensando y me sonrío, / para mí que existe Dios". Algo similar advertí en Cuando vuelvas, de los españoles Mitos. En la versión que conocimos a través de las emisoras de la Isla no figuraba: "Por las noches rezo / y al Señor le pido tu querer. / Pero siento miedo, / miedo de que te voy a perder".

Los dos son ejemplos de censura, esa prima hermana de la inquisición medieval que se relaciona con el poder, la represión y la manipulación. En ambos casos, la tijera de los censores estaba dirigida contra las ideas religiosas, una de las bestias negras del castrismo durante la década de los sesenta y parte de la de los setenta. Esa misma razón fue la que provocó que en Cuba se divulgaran y popularizaran todas las canciones de Juan y Junior, excepto una: En San Juan. La letra no puede ser más cándida e ingenua, pues no hay que olvidar que fue escrita bajo la también inflexible vigilancia de otro régimen dictatorial. Pero en la cruzada anticlerical desatada en la nueva Cuba, resultaban inadmisibles cosas como: "El pórtico en la iglesia de San Juan / y el santo de madera frente a ti / se hicieron mis amigos / y fueron mis testigos/ el día que nacía nuestro amor. / El santo sonreía bonachón / y yo un poco azorado te miré / diciendo pocas cosas / sencillas y amorosas. / Un día nos queríamos casar / en San Juan".

De esas operaciones de amputación de contenidos inconvenientes se pudo escapar el Corazón contento, del argentino Palito Ortega. Como a nosotros nos llegó a través de la versión de la española Marisol, pudimos escuchar y tararear aquello de "y le pido a Dios que no me faltes nunca". Hubiera sido un poco complicado explicarle al camarada Antonio Gades, a la sazón esposo de la cantante, por qué a los cubanos se les censuraba una frase tan ideológicamente inocua, mientras que en la España franquista, en cambio, Joan Manuel Serrat podía tratar temáticas de crítica social en sus canciones y grabar un álbum completo con los poemas de Miguel Hernández, muerto en la cárcel, y a Massiel y Fernando Fernán Gómez se les permitía representar un espectáculo con canciones de Bertolt Brecht y Kurt Weill.

Son sólo unos pocos ejemplos que ilustran la censura que se aplicó en la música. A los mismos quiero agregar uno más: en las emisoras de la Isla nunca se permitió la canción de Luis Aguilé Cuando salí de Cuba, pues pese a que no se dice de manera explícita, se puede interpretar que quien habla tuvo que dejar su patria por motivos muy serios: "Cuando salí de Cuba / dejé mi vida, dejé mi amor. / Cuando salí de Cuba / dejé enterrado mi corazón". Mas hasta aquí me he referido a censuras de letras y de canciones específicas. En otras ocasiones, el ataque de los perros guardianes tuvo como blanco a intérpretes y grupos. Por ejemplo, en un momento dado dejaron de programarse las grabaciones de Raphael, Julio Iglesias, Santana y José Feliciano, entre otros. A propósito de las razones por las cuales se prohibió a este último, recuerdo haber oído esta explicación: había declarado públicamente que prefería ser ciego en Puerto Rico a poder ver, si para ello el precio era tener que vivir en Cuba. Estoy convencido de que la anécdota es apócrifa, pero no me negarán que resulta muy creíble. Mas tanto en el caso de Feliciano como en el de los otros artistas, lo que comentábamos no pasaban de ser puras especulaciones, chismes. Como bien hace notar Roberto Madrigal en su novela Zona congelada, la lista de los censurados sólo se conocía vox pópuli, nunca de forma escrita, "porque la buena censura es así, no aclara sus propósitos para que al terror se sume la incertidumbre".

Mas antes de proseguir, creo pertinente hablar de manera general sobre este crimen que, por lo general, se justifica invocando la noción del bien colectivo. El término censura proviene del latín censure, que quiere decir estimar, tasar, evaluar. ¿Cómo adquirió después un significado tan diferente? Eso se explica si se recuerda que en la antigua Roma, la responsabilidad del censor y la de la persona encargada del censo de las personas se hallaban muy relacionadas. Los censores eran oficiales designados para presidir el census, es decir, el registro de los ciudadanos, con el propósito de determinar los deberes que les correspondían dentro de la comunidad. La tarea de lo que hoy llamaríamos censador consistía en llevar el control de los habitantes; la del censor, clasificar y controlar los productos salidos de la mente de las personas (libros, ideas). Ambos, censo y censura, eran (son) formas de vigilancia. Y en el caso concreto de la segunda, representa un mecanismo utilizado para imponer prohibiciones o restricciones a las personas o ideas que pueden trastornar el orden establecido.


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