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CON OJOS DE LECTOR

Censura, ¿estás ahí? (VI)

La vida bajo regímenes totalitarios da lugar al fenómeno de la autocensura, la modalidad de control más neurotizante y punitiva.

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El silencio, una resistencia pacífica

En la antigua Unión Soviética, así como en otros países del Bloque del Este, hubo escritores y artistas que optaron por dejar de crear, como un modo pacífico de manifestar su negativa a acomodar su arte a las exigencias del Estado. Al iniciarse el exterminio de los campesinos y la industrialización salvaje que preparaba el Gran Terror, Isaac Babel optó por el género del silencio voluntario. Y cuando se celebró el Primer Congreso de la Unión de Escritores Soviéticos (1934), pronunció un discurso en el cual trataba de justificar su postura. "Cuesta mucho escribir sobre los temas que me interesan, es muy difícil si quieres ser honesto", le confesó a un amigo. En un ensayo incluido en su libro The Government of the Tongue, el poeta irlandés Seamus Heaney comenta cómo el silencio que adoptaron Marina Tsvetáieva, Boris Pasternak, Osip Mandelshtam, Anna Ajmátova y Nikolái Gumiliov adquirió una fuerza ejemplar. Y apunta: "Fueron héroes y mártires a pesar suyo. No buscaban la gloria ni aspiraban a derrocar el Estado, sino que simplemente se mantenían fieles a su verdad. Eso, sin embargo, no les impidió el haber sido dejados en una vulnerable y trágica soledad". Al respecto, resulta pertinente recordar, como ya hizo notar Montesquieu, que el silencio puede ser muy elocuente en un ambiente de censura.

En Cuba, uno de los contados ejemplos (de hecho, no me atrevo a afirmar que existan otros) de silencio voluntario es el de la poeta Dulce María Loynaz, quien tras el triunfo del régimen castrista enmudeció como escritora durante un cuarto de siglo, pues no fue hasta 1984 cuando aceptó que se publicase en la Isla un libro suyo, Poesías escogidas. Cuando le fue otorgado el Premio Cervantes en 1992, Heberto Padilla recordó en un artículo que "con la llegada al poder de la revolución, la vida cambió radicalmente para ella. Los jardines de su residencia se llenaron de greñas, los altos muros que la rodeaban se hicieron más altos, y la exquisita Dulce María Loynaz cerró sus puertas a curiosos y paseantes". A partir de entonces, vinieron "años de silencio y marginamiento voluntario, espantada de la vorágine que le llegaba en ráfagas (…), rodeada de unos pocos y temerosos amigos a los que la muerte o el exilio les acortaba el círculo". Sostiene Padilla que "Dulce María Loynaz es, además, uno de los símbolos significativos de la vida cubana de las últimas décadas. Su casa, su vida —que ha sufrido las mismas contingencias de todo el país— que no ha estado exenta de tragedia, han permanecido imbatibles. Ninguna extraña seducción, y ha habido muchas, la han alejado de su lealtad a sus principios religiosos y literarios. Como Vicente Aleixandre en la España de la posguerra, su figura es un ejemplo de resistencia moral".

En oposición a esa resistencia silenciosa, apareció la samokritika, ritual que surgió y se extendió en la Unión Soviética a partir de Stalin, y que fue adoptado en otros países socialistas de Europa, así como en China, en los años de la Revolución Cultural, y en Cambodia, durante el genocidio llevado a cabo por los jemeres rojos. Consistía en el reconocimiento público de supuestos errores y desviaciones ideológicas, hecho por la propia persona. En Cuba, es famosa la confesión a la que fue obligado el antes citado Heberto Padilla, en mayo de 1971. En su libro autobiográfico La mala memoria, éste reconstruye aquel lamentable y bochornoso episodio. Lo llama "el melodrama", "la farsa", "el espectáculo de la autocrítica", y cuenta que las palabras que entonces pronunció en la sede de la UNEAC eran en realidad un texto redactado por la policía que él tuvo que memorizar.

Por supuesto, nadie creyó en la voluntariedad de aquella autoinculpación, y como se expresa en la carta firmada por decenas de intelectuales europeos y latinoamericanos, la confesión de Padilla "sólo puede haberse obtenido por métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias". Asimismo se dice que el acto, "en el cual el propio Padilla y los compañeros Belkis Cuza, Manuel Díaz Martínez, César López y Pablo Armando Fernández se sometieron a una penosa mascarada de autocrítica, recuerda los momentos más sórdidos de la época stalinista, sus juicios prefabricados y sus cacerías de brujas". Una repetición del método aplicado en 1971 a Heberto Padilla fue la declaración hecha en 1990 por la periodista y poeta Tania Díaz Castro. Entonces ésta admitió ante las cámaras de la televisión que era miembro de un grupo de derechos humanos (las leyes vigentes en Cuba lo catalogan como una "asociación ilícita"), que era manipulado por diplomáticos de la Oficina de Intereses de Estados Unidos.

Varias páginas más, en fin, pudieran dedicarse a este asunto, al cual se refirió Dostoievski en Los hermanos Karamazov, al poner en boca del Gran Inquisidor estas palabras: "Nada es más seductor para un hombre que su libertad de consciencia, pero nada es una causa tan grande de sufrimiento". Un aspecto a añadir a los tratados aquí puede ser, por ejemplo, el de la censura que se aplica en el exilio. De modo casual, mientras redactaba estas líneas encontré esta breve nota publicada en la sección La Isla en Peso del número 4/5 de la revista Encuentro de la Cultura Cubana: "Los cubanos Juan Formell e Isaac Delgado y el puertorriqueño Andy Montañez fueron censurados por programadores y empresarios ante las críticas y amenazas que recibieron por parte de un sector del exilio cubano. La emisora de radio Tropical 98.3 recibió amenazas por emitir en sus ondas música de artistas cubanos que viven en la Isla, mientras que Montañez sufrió la cancelación repentina de dos contratos en Estados Unidos, tras elogiar al cantautor cubano Silvio Rodríguez". Es un tema que da para mucho y sobre el mismo podrían escribirse unas cuantas páginas.

Quiero concluir, sin embargo, con una nota de leve optimismo. Para ello recurro a lo que en una oportunidad expresó el narrador soviético Vsévolod Ivánov, quien conocía muy bien lo que significa topar con la censura: su novela El tren blindado 14-69 acumuló a lo largo de sus distintas ediciones 280 cortes y cambios. A él, en fin, pertenecen estas palabras: "Cuando pienso en la muerte, mi mayor placer viene del pensamiento de que no serán necesarias más revisiones de los manuscritos, no habrá necesidad de añadir nada, no habrá más editores que me humillen, y tampoco tendré que tomar nota de la sarta de estupideces que dicen".


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