Actualizado: 17/11/2019 19:45
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Literatura

Cierta grandeza trágica

Padilla nos regaló un síntoma, una lección inolvidable, porque la encarnó con su propia vida.

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Querido Pablo, cómo me ha gustado tu respuesta (La incapacidad de patear círculos). Se ve que tienes todavía esa energía que se resiste, esa intensidad otra que no quiere capitular frente a "lo otro", la Historia. El inicio de tu carta, rememorando aquel episodio central de Retrato del artista adolescente, y que insularizó entre nosotros Lorenzo García Vega con "El santo del Padre Rector", me recordaba también una de mis obsesiones: el oblomovismo.

Sin embargo, ¿no hay cierta grandeza en la derrota?, podría preguntar la sibila de Málaga. No por gusto, el propio Lorenzo titula todo lo irónicamente que se quiera sus memorias con uno de los mejores títulos de nuestra cultura: El oficio de perder. Hasta el propio Lezama sucumbió a la Historia en ciertos textos de Fragmentos a su imán. Quiero decir estableció una tensión. Durante mucho tiempo (ah, toda mi juventud), quise escaparme de la Historia. En Cuba la sentía, además, grosera, plúmbea, siniestra, procaz, y eso me impidió siempre escribir una novela. En cierto momento que no puedo precisar, comprendí que lo único posible no era la fuga o el desdén, sino su incorporación devastadora (o creadora, con suerte y talento), al menos erigir una tensión entre ella y la Poesía.

Que perdure en nosotros eso que Lezama llamó "riqueza infantil de creación" es tal vez el mejor resguardo para un creador, pero ¿es posible en última instancia? Acaso sí, pero a costa del silencio de Rimbaud, por ejemplo. O, incluso, a costa de postergar (o escamotear) el verdadero enfrentamiento. Hoy no creo ya como antaño que haya trascendencia sin el descenso a los ínferos (la Historia). No se puede eludir esa promiscuidad, ese enlodamiento…, creo que inevitable, y hasta cierto punto, saludable (si propicia una resurrección). Toda la última e intensa obra de Lorenzo es el intento, entre irónico y lúdico, de pelear contra aquella. Como diría Unamuno: "con razón, sin razón o contra ella"… Claro que esa batalla debe cumplirse, para un creador, en primer lugar, en sus textos, y no sólo en el ágora pública. En eso sí llevas razón.

Para concluir, no veo en la derrota de Padilla simplemente una debilidad, sino cierta grandeza trágica, como antes en Heredia, en Zenea, en Martí, en Villena, en Lezama, en Virgilio, ahora mismo en Lorenzo, quien todavía sigue peleando como un chivo loco… Y esto es así aunque sepamos, junto a Valery, que "las regiones de la más alta serenidad están necesariamente desiertas". En todo caso, Padilla nos regaló un síntoma, una lección inolvidable, porque la encarnó con su propia vida.