Actualizado: 29/11/2022 11:37
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Sanguily, Cubanos, Emigración

Como una película de aventuras

Un libro acerca a los lectores la impresionante historia vivida por William Sanguily, un cubano que un día llegó a Australia y nunca más retornó a su tierra natal

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Como apunta Taimí Antigua Lorenzo, la historia del naufragio del barco “General Grant” es conocida en países como Australia y Nueva Zelanda, donde ha sido tema de documentales y series de televisión. En cambio, en el mundo de habla hispana constituye un hecho prácticamente desconocido.

Cuenta que ella lo descubrió de manera casual, una fría mañana de enero de 2010. Se encontraba cuidando a su bebé en su casa, en una remota ciudad de Ontario, Canadá. Tenía encendido el televisor y veía el canal Cubavisión Internacional, que transmitía una entrevista a Ciro Bianchi Ross. En la charla, este mencionó que un mulato cubano había sido alcalde de París, y también que uno de los hermanos Sanguily lo fue de Sidney, la capital australiana.

Agrega que sintió mucha curiosidad y ese mismo día comenzó a investigar en internet. Su pesquisa se extendió a lo largo de diez años, y la llevó a consultar obras de varios historiadores, así como artículos de periódicos. Asimismo, estableció contacto con los descendientes de aquel “aventurero y bienaventurado muchacho”, compatriota suyo. Unos residen en Australia, algunos en Francia y otros en Estados Unidos. Su esfuerzo se materializó finalmente en William Sanguily primer cubano en Australia. Historia de un naufragio (Alexandra Library Publishing House, Miami, 2021, 111 páginas).

No es casual que se hayan filmado teleseries sobre aquel hecho. Los guionistas no deben haber necesitado mucho de su imaginación, pues aquel naufragio tiene todos los ingredientes de una película de aventuras. El “General Grant”, llamado así en honor al comandante Ulysses S. Grant, futuro presidente de los Estados Unidos, era un hermoso barco de tres mástiles, de 54 metros de eslora y un tonelaje de unas mil toneladas. Su botadura tuvo lugar en Bath, Maine, en 1864.

Bajo el mando del Capitán Henry Loughlin, el barco realizó un viaje entre Boston y Melbourne, Australia, para transportar lana, cuero y pieles. El 3 de mayo de 1866, el “General Grant” zarpó del puerto de Melbourne para regresar a la costa este de Estados Unidos, siguiendo la vía del Cabo de Hornos. Llevaba veinticuatro tripulantes y cincuenta y seis pasajeros, muchos de los cuales eran mineros. Estos regresaban a casa desde los yacimientos de oro de Victoria y, por tanto, llevaban su riqueza con ellos.

El viaje fue largo y difícil, porque era el inicio de la estación invernal. También lo fue porque debió recorrer toda la inconmensurable amplitud del Pacífico, sin volver a tocar tierra después de dejar Nueva Zelanda. Asimismo, el barco debía enfrentar las temibles tormentas traídas por los vientos dominantes del oeste. A eso se sumaba que el Cabo de Hornos era notoriamente una de las aventuras marítimas más peligrosas, debido a las variables condiciones meteorológicas, que habían diseminado por aquellas aguas los restos de decenas y decenas de embarcaciones que habían naufragado.

Una decisión que resultó fatal

Sin embargo, el drama del “General Grant” no fue causado por las tormentas. El origen del desastre fue la falta de viento y la aparición de niebla, elementos que provocaron la pérdida del rumbo. El capitán no pudo precisar el derrotero y al avistar tierra creyó erróneamente que se trataba de la isla de Enderby, en el extremo norte del grupo de Auckland. En lugar de eso, se trataba la Isla de la Decepción, ubicada a 10 kilómetros al oeste de la isla principal, también llamada Auckland.

Si el “General Grant” hubiese estado donde creía Leighton, la maniobra de girar al norte y luego poner proa al este habría sido correcta, ya que le habría permitido navegar más allá del archipiélago hacia mar abierto. En cambio, al estar donde se hallaba esa decisión resultó fatal: después de girar hacia el norte, reanudó su rumbo hacia el este y se dirigió directamente a la costa oeste de la isla de Auckland. En la oscuridad de la noche, nadie se dio cuenta de que la ruta estaba errada, y cuando los altos y amenazantes acantilados de la isla aparecieron en la proa era demasiado tarde para girar. El viento había amainado por completo.

La marea y las corrientes llevaron lentamente el barco hacia los acantilados y las rocas de la isla. Se intentó anclarlo, pero no se pudo encontrar el fondo. A la una de la madrugada del 14 de mayo, el barco entró en un remolino y golpeó las rocas con tanta violencia que el timón se hizo añicos. La botavara de mesana se rompió y cayó a cubierta, matando al timonel. El embate del mar empujó el barco hasta la entrada de una cueva: el trinquete se rompió, los pedazos cayeron junto con las cuerdas, el mástil chocó contra el techo de la cueva y fragmentos de roca y escombros cayeron sobre la cubierta superior.

El casco encalló en la caverna rocosa, y con las olas arrastrando lo que quedaba de las cubiertas el barco se hundió lentamente. Cuando el “General Grant” zozobró, sesenta y cinco personas se ahogaron. A muchos de los mineros el peso de sus tesoros no les permitió salvarse. Según la costumbre de la época, las mujeres vestían voluminosas faldas y enaguas, que se negaron a quitarse. El agua de mar empapó las telas y las desafortunadas se ahogaron bajo el peso de sus ropas. Al final solo quedaron quince supervivientes, repartidos en dos pequeños botes salvavidas. El capitán Loughlin se hundió junto con su barco.

Los sobrevivientes lograron llegar a la Isla de la Decepción y luego pasaron a la de Auckland. Allí construyeron refugios usando arbustos y pasto. Abundaban los leones marinos y las aves marinas, que proporcionaban la carne fresca. Al cabo de nueve meses, el primer oficial del “General Grant” decidió intentar llegar a Nueva Zelanda, 300 millas al norte. Se llevó a otros tres hombres con él y partieron con suministros de carne de foca ahumada, huevos de aves y agua almacenada en la vejiga de la foca, reforzada con la piel del animal.

Sin brújula, mapas ni instrumentos náuticos, solo sabían que tendrían que navegar en base a los puntos estimados. El 22 de enero de 1867, los cuatro hombres abandonaron la isla y nunca más se supo de ellos. El primer oficial no se dio cuenta de que los vientos, las mareas y las corrientes predominantes empujarían a su pequeño bote hacia las regiones desoladas del sur de Australia. Solo diez de los supervivientes del “General Grant” consiguieran sobrevivir, y finalmente en noviembre de 1867, tras un año y medio del accidente, fueron rescatados por el barco “Amerst”.

Los hechos narrados por quienes los vivieron

En cuanto al oro que transportaba el barco, nunca se ha hallado (además del de los mineros, se dice que también había un cargamento del gobierno en forma de lingotes, pero esta hipótesis no ha sido confirmada). Eso a pesar de que se han organizado varias expediciones con el objetivo preciso de localizarlo y recuperarlo. De hecho, ni siquiera se han encontrado restos del naufragio, pese a que las primeras expediciones de investigación se llevaron a cabo al año siguiente del rescate de los supervivientes, por iniciativa de algunos de ellos; y a pesar también de la notable claridad del fondo marino cercano a la costa de Auckland donde se hundió el “General Grant”. Es como si el mar, una vez más, hubiera sabido ser celoso guardián de sus secretos.

El título del libro debió haber sido Historia de un naufragio. Lo digo porque a ese tema están dedicadas más de la mitad de las páginas. En cuanto al que, de acuerdo a la autora, fue el primer cubano en Australia, solo se le dedican las trece correspondientes al capítulo “Regreso a Australia”. Con esto no resto valor al trabajo de Taimí Antigua Lorenzo, sino simplemente preciso lo que los lectores que se interesen por él deben esperar del mismo.

Taimí Antigua Lorenzo relata los hechos referidos al hundimiento del barco en los dos primeros capítulos. El primero, que se titula “La partida”, está narrado en primera persona por William Sanguily, aunque en ningún momento se identifica como tal ni aparece dato alguno de la fuente donde se tomó. En el segundo, mucho más extenso, la autora sintetiza la información reunida por ella.

La combina con testimonios de Sanguily, James Teer y Joseph Jewell, quienes también sobrevivieron al naufragio. Son las páginas más interesantes y enjundiosas, pues a través de las mismas conocemos los hechos por quienes los vivieron. En ellas se relatan las terribles vicisitudes que pasaron aquellos hombres y mujeres, cuyo viaje terminó de modo tan trágico. A modo de ejemplo, copio este fragmento de lo descrito por Sanguily:

“Pero no teníamos agua. Sufrimos mucho por ello. El viento se adelantaba con mar gruesa. Nos perdimos de vista muchas veces, y nos llevó más de doce horas remar la distancia que nos separaba de la isla. Descansamos en la costa de la Isla de la Decepción toda la noche, y la mañana siguiente, al tratar de desembarcar, el otro bote se volcó, pero todos lograron llegar a la orilla. Allí encontramos agua y atrapamos dos albatros, que no podíamos cocinar ni comer. Habíamos perdido todas nuestras provisiones excepto un pedazo de carne de cerdo y nueve latas de carne. Al abrir las latas, nos resultó imposible retener el contenido en nuestros estómagos. Entonces decidimos volver a la isla principal; pero después de varias horas de trabajo inútil tuvimos que regresar y acostarnos en la orilla de la Isla de la Decepción otra vez toda la noche”.

Rescatados por fin de su miserable condición

En una carta que escribió a su padre, Joseph Jewell refleja el júbilo y el agradecimiento de los sobrevivientes cuando fueron rescatados: “El 21 de noviembre, el bergantín Amerst, del capitán Gillroy, de Invercargill, llegó a Port Ross y nos rescató de nuestra miserable condición. No existen palabras que puedan expresar la alegría que sentimos cuando llegamos a la cubierta del barco. El capitán y la tripulación hicieron todo lo posible por nosotros, y creo que se alegraron de encontrarnos tanto como nosotros de verlos. Nos quedamos a bordo del Amerst y los ayudamos a conseguir focas, ya que conocíamos el entorno de las islas, así como también los hábitos de las focas […] El 6 de enero de 1868 nos despedimos de las Islas Auckland, y cuatro días después llegamos a Bluff Harbour, en Southland, Nueva Zelanda. Nunca olvidaremos la amabilidad que recibimos de manos de los habitantes de Bluff e Invercargill”.

En “Regreso a Australia”, Taimí Antigua Lorenzo hace un sucinto resumen de la vida que posteriormente llevó el cubano, cuyo nombre completo es William Murdoch Sanguily Garrite. Tras pasar un corto período en Nueva Zelanda volvió a Australia. Viajó después a Estados Unidos, donde en 1872 contrajo matrimonio con Sarah Agnes Dawes, cuyos padres eran australianos. Juntos regresaron a ese país, donde Sanguily tuvo varios trabajos temporales. Fundó más tarde Handsome Cab, una compañía de carruajes tirados por caballos que transportaban pasajeros. El matrimonio tuvo cinco hijos, entre ellos dos gemelas que murieron a los siete meses de nacidas. Su padre falleció en 1909. Sus hermanos Julio y Manuel y él, anota la autora, nunca volvieron a reunirse.

En su rastreo de los descendientes, Taimí Antigua Lorenzo estableció contacto con varios de ellos. Según comenta al final de su libro, le quedó “el placer de haberlos puesto en contacto unos con otros”. Dos de ellos viajaron a Cuba en 2012, donde visitaron sitios relacionados con sus ancestros de la Isla. Un dato interesante que la autora supo a través de uno de los miembros de la progenie francesa, es que el apellido del abuelo paterno de los tres hermanos era Saint-Guily, pero probablemente durante el proceso de asentamiento en Cuba lo cambió por Sanguily para que no sonara tan francés.

Taimí Antigua Lorenzo estudió Letras en la Universidad de La Habana, y tras graduarse ha ejercido como periodista primero en Cuba y luego en Canadá. Con las herramientas adquiridas durante su formación y su ejecutoria escribió su libro, que cumple con los fines divulgativos con los que lo concibió. No se trata de un texto que posea el rigor, la exhaustividad y el calado que son imprescindibles en una investigación histórica, y pienso que tampoco sería justo exigírselo. Pero desde la modestia de sus presupuestos, constituye una aportación muy estimable, que acerca a los lectores no especializados a la figura de aquel cubano veinteañero que un día llegó a Australia y nunca más retornó a su tierra natal.