Actualizado: 01/04/2020 15:47
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In memóriam

Con toda libertad de espíritu

Mario Parajón ha muerto después de un largo exilio, como tantos de nosotros.

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A Mario Parajón, que ha tenido la desconsiderada ocurrencia de irse definitivamente, le recitaría yo cara a cara en su velatorio, y haciendo sólo adaptaciones circunstanciales, la Elegía diferente de nuestro amigo José Zacarías Tallet. Empezaría por estos dos versos, que de seguro lo harían llorar y pedir perdón: "Mi corazón se encoge / ante la persistencia tenaz de tu recuerdo". Continuaría con estos tres, para enfrentarlo a su mala decisión: "Ya no serás el ciego / que de noche en el bosque perdiera / su bastón y su perro".

Tallet fue parte del paisaje en que Mario y yo nos conocimos. El viejo poeta pelirrojo, con estampa de conspirador irlandés, lleno de historia y sabiduría, era uno de los editorialistas del periódico El Mundo, donde Mario y yo, en aquella Habana de mediados de los cincuenta, publicábamos nuestras primeras prosas, con retrato a línea incluido. No fueron pocas las veces que, del frío polar de la redacción de El Mundo, bajamos juntos a los bochornos de la calle Virtudes a tomar café y revolverle los estantes a un librero de viejo que tenía su covachuela a dos pasos del periódico.

Andando el tiempo, me encontré de nuevo con Mario. Fue en el Instituto de Literatura y Lingüística, donde Mario había sido nombrado Director a principios de los sesenta y luego despojado de su cargo por sus ideas políticas. Estaba instalado en el elegante edificio de la Sociedad Económica de Amigos del País, uno de los más hermosos de la Avenida de Carlos III. Allí, entre la obediente militancia marxista de José Antonio Portuondo (quien sucedió a Mario como Director) y la encantadora heterodoxia de José Lezama Lima, trabajamos recopilando datos y redactando artículos para el Diccionario de la Literatura Cubana. Mario y yo recordaríamos algunas veces cómo, por orden superior y por fobias políticas, se desterró de ese diccionario a Guillermo Cabrera Infante.

Pero de todos los recuerdos de Mario que atesoro, me quedo con el de su presencia en las reuniones con Fidel Castro en la Biblioteca Nacional, hace cuarenta y cinco años, en las que el entonces joven césar fingió escuchar a los intelectuales cubanos para al final leernos su cartilla del buen revolucionario, que se convirtió en el vademécum de los encargados de aplicarnos la censura y el castigo.

Se ha dicho, yo también lo he dicho, que en aquellas reuniones el único que tuvo valor para declarar su miedo fue Virgilio Piñera, y no es cierto. A Mario Parajón también le alcanzó el coraje para hablar claro. "Yo pedí la palabra", dijo en la primera sesión, "en el momento en que el Primer Ministro estaba diciendo que él quería que la pidiera alguien que hubiera tenido o que tuviera miedo". Y acto seguido expuso nítidamente sus temores, que eran los de casi todos los que estábamos oyéndolo. Eran los miedos lógicos de un intelectual que veía venir el fin de las libertades, la limitación de su autonomía. Habló de una novela que pensaba escribir, y le preguntó a la mesa presidida por Fidel Castro: "Quiero saber concretamente lo siguiente: en el momento en que me ponga a hacer esa novela, ¿la puedo hacer con toda libertad de espíritu, con toda agilidad, con toda valentía, con toda alegría?".

Mario ha muerto después de un largo exilio, como tantos de nosotros. Pero por ásperos que hayan sido sus últimos años, los vivió con su libertad de espíritu a salvo, que es la mayor alegría de un escritor honesto. Y de cualquier hombre digno.

Me imagino a nuestro Tallet dándole la bienvenida con estos versos de su Elegía: "Ya estarás satisfecho, / pues sabes lo que ignoran tus maestros".