Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Contra la banalidad, laboratorio Triff

En 'dadaSON', el último disco del trío de Alfredo Triff, topa la excelencia con lo herético. El crítico Eliseo Cardona lo ha calificado como objeto de arte.

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En este punto de la historia, a esa "inquietud vertebral" que le atribuyera Lezama a la música le cuesta bastante llegar a notas fundacionales en el frívolo mundo de la sonoridad moderna. Muchos compositores de último minuto ceden ante el pragmatismo antes que desbrozar nuevos senderos a partir de las fuentes que generaron los códigos primarios para el oído. De modo que el ámbito de la discografía se comporta como los envases del Tetra Pak, es decir, prolonga su utilidad gracias al reciclaje. Y esto ocurre tristemente hasta con las canciones de cuna. Es mucho más ganancial ir al seguro, reproduciendo fórmulas exitosas, que sudar las originalidades.

Para evitar concesiones a la creatividad barata habría que estar dispuesto a sacrificar crestas de rating. Resistir las tentaciones de la mediocridad celebrity. Primero, el compositor deberá convertirse en un rastreador de territorios aún yermos y, luego, aplicarse a revisar paradigmas de las artes y de las épocas. Al menos, es la actitud más concordante al criterio de Leo Brower cuando caracterizaba el curso de la música en la modernidad con esa tendencia "multicultural, que usa la belleza de las disonancias, la cultura popular, las relaciones pasado-presente, la intertextualidad… suma de una visión no excluyente e integradora de arte-espectador".

Desde esas premisas despojadas de esnobismo es que nos llega dadaSON, el más reciente proyecto grabado por el trío de Alfredo Triff, una explosiva insubordinación contra la banalidad del mercado discográfico, gestada sobre quince piezas ajenas al tarareo y los estribillos triviales. Amotinamiento acústico de principio a fin, que apuesta contra la complacencia a partir de texturas instrumentales ricas en genio extravagante y energía introspectiva.

Un disco perturbador

Los que ya lo hemos escuchado y meditado en su valor atípico, podemos corroborar que en dadaSON no funcionan las clasificaciones domésticas. Quien conoce la obra de Triff sabe que es característico de su pensamiento autoral. Cada una de las composiciones es concepto puro, fluyendo en breves capítulos cuyo pastiche sonoro desemboca en insospechadas lecturas. Basta prestar oído a sus recreaciones excéntricas para comprender que este compositor acomete la escritura de la música justo donde la misma se hace media luz interior.

Ya el título del disco —soplado al oído por Tzara o Marcel Jank— avisa la deconstrucción de áreas vitales de la tradición musical. Y, efectivamente, escuchadas las primeras piezas se comprenderá como la tropa de instrumentistas ataca la materia melódica con desgobierno semejante al de aquellos provocadores que acudían a Cabaret Voltaire para mofarse de las convenciones estéticas. Ese carácter de irreverencia define al disco en su contenido transgresor, contracultural, de cromatismo tan indomeñable como lo es su rítmica perturbadora, cocinada con tres ingredientes esenciales: orquestación intelectualista, cultura urbana y pasión tribal.

Sin embargo, dadaSON —y el título sigue dando la clave— urde, además, una trama cubano-universal de naturaleza rara, poco derivativa. Es dicotomía entre el dato musical que proviene del acervo acumulado por el autor y la inevitable fricción del artista desplazado entre las turbulencias del mainstream. El repertorio elaborado contiene pólvora del inspirado, sí; pero también la exquisita intuición matemática intercediendo entre la selección de los recursos sonoros, la posibilidad latente de caos y el ordenamiento del discurso musical. Es música de cámara a la vez que jam session y perversión sonera, combinación seductora de delirios extravagantes que sincroniza la batuta bien rigurosa.

Ni autor ni ejecutantes renuncian a esa energía canallesca que el maestro Arsenio Rodríguez denominaba "diablo" para caracterizar los arranques poseídos de la improvisación caribeña. Triff consigue desamarrar ángeles y demonios entre sus músicos para montar un laboratorio de episodios electrizantes y preciosistas, que desencartonan, cuestionan, rearticulan género sobre género hasta precipitarnos finalmente a la circunstancia melódica totalmente inédita.

Disco 'dadaSON'. (PEDRO PORTAL)Foto

Disco 'dadaSON'. (PEDRO PORTAL)

Ese talante de dadaSON queda claro desde la portada. El concepto alternativo del cover, ideado por el fotógrafo Pedro Portal y concretado perspicazmente por el diseño de Luis Soler, debe haber arrancado muecas a la ortodoxia disquera al topar con esa icónica Tersípcore, porno y desafiante, virilizando sus estrógenos de cara a la fuente duchampiana. Pregunto si habría mejor preámbulo a un disco cuya música se entrega al strip-tease para la avidez de sus solteros.

La impronta de Triff suena a ensayo sin prescindir del hedonismo tan personal con que suele recrear las atmósferas confidenciales. La colección de piezas tantea, además de la percepción, la educación musical de quien la escucha, valiéndose de un juego de inminencias intercaladas entre frases musicales, a las cuales corresponderemos de acuerdo a vivencias y conocimiento adquirido. Se trata, evidentemente, de instigación culta pero, cuidado, porque hace catarsis con el mismo fervor que la intensidad de los amantes traspasa muros y enardece al voyeurismo.

No para todas las audiencias

La propuesta no es para todas las audiencias. Es más, el que venga por música elemental, olvídelo, este no es su disco. En verdad, su resonancia trasciende por la riqueza polifónica reducida a minimalismo, por la mística que rezuma en los recodos y, sobre todo, por la magia thriller generando expectativas entre lo sensorial y lo ontológico. Es, sin dudas, un raro disco de actitud, en el que un Triff empírico vuelve su mirada a Fluxus, aquel movimiento de inspiración neodadá que fue parte importante de la ola de los sesenta y cuya postura iconoclasta desdeñaría por completo los estándares del mercado con relación a la cultura.

Ese mismo Triff, simultáneamente, destila en dadaSON el legado vernáculo de Caturla, Roldán y toda la saga vanguardista hasta arribar a los aportes de Brower y Aurelio de la Vega. Al la postre, resulta en condensación de escuelas que, lejos de marginar lo autóctono, potencia el cosmopolitismo de sus esencias, tal vez para reafirmar con criterio posmoderno que la sonoridad cubana, tangencial a su fundamento afro-hispano, cuenta con numerosos poros para el mimetismo.

Como en Boleros Perdidos, el disco anterior, donde incorporara texturas de otras geografías y otras culturas, dadaSON se abre a inspiraciones que viajan desde el music hall, el night club y los soundtracks del gran cine. Son pasajes subterráneos que recorren los fantasmas generacionales del autor: jazz model, nouvelle vague, Thelonius al piano, arte pop, rhythm and blues, existencialismo sartriano… sombras inconscientes dejando huellas sobre la bohemia del pentagrama.

Los replanteamientos en la partitura de las piezas, que por momentos se hacen madeja stravinskiana, entrañan mucho más aplicación en la ejecución instrumental. Pero el compositor recurre de nuevo a sus monstruos cómplices. Los otros miembros del trío, el laborioso Alex Berti, en el bajo acústico, y el inmenso Daniel Ponce, en las congas, juegan malabares calibrando las individualidades con la precisión de un relojero. Se suman Misael Valera y Rainier Marrero con elegantes florituras en los teclados. Mientras, el saxo tenor de Liván Trujillo suena emancipado, tanto o más crudo que el Barbieri enardecido de años tempranos. Sammy Figueroa, en la percusión, refuerza el histrionismo de las tramas musicales.

La intervención de las voces es mesurada, glamorosa. Roberto Poveda nos llega a través de tres intensas piezas con esa vehemencia trasnochada que lo hace grande en la descarga. Rosie Inguanzo asoma sobre el vuelo íntimo de Conejo Crispado, unos versos que solfea a la manera galante de Philippe Sarde, tributando tiernamente las vocalizaciones iniciales de Swingles Singers o las baladas Trovajoli entonadas por las dulces ragazzas sesentosas.

El violín de Triff, líder y contrapunto, cimbra temperamental sin dejar de organizar el vigor de cada pieza. Le toca sensibilizar a la tropa con la cuerda contestataria del concepto y conducirla hasta donde tope la excelencia con lo herético. Cuando concibió los arreglos los apartó de los caminos convencionales y ahora la tarea con sus músicos es hacerlos aletargarse en letanía sobre los mismos o provocar que se desaten en acordes sorprendentes.

La cubanidad contracorriente de Triff

El disco se intuye como contribución. Lo acompaña la excepcionalidad que a la larga se transforma en legado. En las orillas de lo nacional, el esfuerzo de estos músicos se coloca en los antípodas del clasicismo épico-revolucionario creado por los Vitier, desmarcándose de toda armonía blanda y las instrumentaciones ampulosas. Su lirismo no se amalgama simétricamente a la manera de Sergio y José María, sino que pretende conservar la identidad de dinámicas atonales y polirrítmicas procedentes de otras periferias. Bartok, Coltrane, Frank Emilio, todos podrán zambullirse en las mismas aguas sonoras del disco y, sin embargo, sus referencias flotan de manera distinguible.

Lo cubano en Triff, persevera ahí, disuelto en la neblina del smoking room, entre mezcla de habano y café con armagnac. Es una cubanidad comportándose cerebral, contracorriente, esponjosa, anhelando sorber una generalización inabarcable. En su propuesta, lo raigal es debatible, lo universal no. Esa reconsideración es un síndrome del exilio y, por ello, el saldo de dadaSON es tan maleable en filiaciones culturales.

El crítico Eliseo Cardona ha calificado al disco como objeto de arte. Concuerdo plenamente. Disfrutando música tan descontaminada, viene a la mente aquel Duchamp que, evadiendo la pesadumbre de la gran guerra, se refugia en New York y un día se presenta ante el coleccionista Walter Arensberg para obsequiarle una bola de cristal conteniendo aire de París.

Poco importaba qué significaba aquello si por su intención ya él lo convertía en signo insólito. Instintivamente, estaba mostrando que la libertad puede convertirse en metáfora viajera. Justamente hay algo ahí, en términos de alegoría, donde la redondez conceptual de dadaSON se me antoja comparable.

video 'Dada Ochún'

'Dada Ochún', tema de DadaSON, último disco del trío de Alfredo Triff.



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El trío de Alfredo Triff. (PEDRO PORTAL)Galería

El trío de Alfredo Triff. (PEDRO PORTAL)

'Crimen fatal'

Tema de DadaSON, último disco del trío de Alfredo Triff.

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