Actualizado: 11/11/2019 11:18
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Culpabilidad

Difícil establecer la culpabilidad de la incontable cantidad de fallos de este filme, pero al parecer se distribuye principalmente entre el director y el guionista

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El asesinato de ocho estudiantes de primer año de Medicina, ocurrido el 27 de noviembre de 1871, es un hecho luctuoso en la breve historia de Cuba, que se utiliza con frecuencia para destacar la crueldad del gobierno colonial español en contra de la población cubana, particularmente en un momento de efervescencia de la Guerra de los Diez Años, en la cual los cubanos se alzaron para independizarse de la corona española.

Según cuenta la historia oficial (la única), carente de matices, siempre llena de adjetivos altisonantes, incriminatoria y concluyente contra el enemigo designado y tozudamente dispuesta a resaltar el heroísmo de sus elegidos, cuatro jóvenes se encontraban jugueteando con la carretilla en la cual se conducían los cadáveres en el cementerio, y se pasearon por la plaza. Un quinto joven tomó una flor del jardín que estaba delante de la oficina del cementerio. Un tal Vicente Cobas, vigilante y jardinero del cementerio, molesto porque “habían descompuesto sus siembras”, hizo una falsa denuncia y acusó a los jóvenes de profanar la tumba del connotado periodista Gonzalo Castañón, un hombre para muchos despreciable por sus ataques contra los independentistas cubanos y para algunos pocos un mártir de la “integridad nacional” (como dije arriba, la historia de Cuba no admite términos medios).

Tras la acusación, el gobernador español, cuyo cargo peligraba en aquel momento, y miembros del Cuerpo de Voluntarios, una fuerza paramilitar defensora del integrismo a la corona española, se movilizaron y detuvieron a más de cuarenta estudiantes de primer año de medicina. Tras un primer juicio sumario en el cual poco se logró, en menos de veinticuatro horas se llevó a cabo un segundo juicio en el cual se decidió condenar a muerte a los cinco estudiantes que estuvieron en el cementerio y se le sumaron otros tres escogidos al azar. En un proceso judicial que duró menos de setenta y dos horas. Los ocho estudiantes fueron fusilados, de dos en dos, y luego enterrados, en una tumba más profunda de lo común, a extramuros del cementerio.

De los hechos arriba resumidos, trata el filme Inocencia, dirigido por Alejandro Gil, con guion de Amílcar Salatti, una obra cubana, patrocinada por el Ministerio de Cultura cubano y el Instituto del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) con grandes pretensiones pedagógicas y con una total falta de imaginación.

Por lo general, las películas históricas tratan de indagar o cuestionar los hechos sobre los que trata, intentan proponer alternativas, humanizar a los personajes que la Historia oficial nos entrega como estereotipos rígidos y ofrecer una perspectiva diferente de los hechos, aunque esté de acuerdo con la forma en que han sido interpretados. Nada de esto sucede en Inocencia.

El guion se limita a repetir los hechos tal y como pudieran mostrarse en un manual de Historia para estudiantes de quinto grado o en un libro de postalitas sobre los acontecimientos. Los diálogos son grandilocuentes, de pura pancarta y las situaciones son construidas con esquematismo en apoyo incondicional a la historia oficial. Se supone que hay un intento de “humanizar” a los personajes, pero la única humanización se limita a verlos tirarse papelitos o piedrecitas entre ellos y a retozar brevemente como adolescentes inocentes.

Una película que trata sobre un hecho histórico conocido, debe tener algún elemento dramático que sustente el interés, porque todos sabemos como va a acabar el filme (a no ser que sea la historia contada por Tarantino, y Gil está muy lejos de ser Tarantino). Alguna relación romántica o de amistad, falsa pero creíble que además sirva para aportar elementos psicológicos sobre los personajes. Nada de esto hay aquí tampoco. La relación entre Anacleto Bermúdez, el más vocal y más anticolonialista de los estudiantes, y Lola, una joven de clase alta, se toca con brevedad, superficialidad pueril y mojigatería.

Existe una trama paralela, que es la devoción de Fermín Valdés Domínguez, un médico cubano, compañero de estudios y luego de luchas de José Martí, coronel del Ejército Libertador y quien estuviera entre los estudiantes apresados, que dedicó más de quince años a tratar de localizar la tumba donde habían sido enterrados sus compañeros. Pero esta trama, que pudo haber nutrido cierto dramatismo y cierta humanización, es tratada con la misma reverencia con la cual se venera a héroes y mártires.

Donde único se atreve a introducir un hecho histórico no confirmado (pero que cuenta con apoyo oficial del gobierno y se ajusta a la corrección política), es cuando presenta a un grupo de cinco afrocubanos de la sociedad Abakuá, quienes liderados por el hermano de leche de Alonso Alvarez de la Campa, uno de los estudiantes asesinados, fueron acribillados mientras intentaban rescatar a los estudiantes, pero esto se introduce en la narración de una manera que parece traído por los pelos. A pesar de todo, es lo único salvable del filme.

Gil además apuesta por desarrollar los diálogos de forma que los actores todos hablen con un lenguaje vernáculo cercano a lo contemporáneo, sin acentos distinguibles. Pero aquí vuelve a fallar, porque mientras el vestuario se mantiene fiel a la época, los parlamentos de consigna grave que pone en boca de los actores crea una incongruencia que consigue poca credibilidad.

Por otra parte, decide utilizar los peores recursos de la telenovela y del cine melodramático cursi, acentuando las escenas con música excesivamente apropiada. Solo puede dirigir a través de recursos manidos. Incomprensiblemente se ganó el premio de dirección del recientemente concluido Havana Film Festival de Nueva York.

Graduado de periodismo, Alejandro Gil (La Habana, 1958), proviene de la televisión y del cine documental. Cuenta en su haber con la codirección, junto al difunto Guillermo Centeno, de un mediometraje documental celebratorio de las hazañas de las misiones de los médicos cubanos en Africa y América Latina, titulado Montaña de luz (2005) y el largometraje La emboscada (2015), sobre unos soldados cubanos emboscados en Angola, una película más interesante, pero lastrada por el excesivo y trillado dramatismo rastacueros que utiliza. Ha declarado que ha querido hacer, con Inocencia, un filme que eduque a la juventud cubana, pero mejor hubiera hecho un docudrama para la televisión o una tira cómica.

El guionista Amílcar Salatti, quien anteriormente escribió el libreto de Esteban (2016), ha desarrollado una trama que de tan cercana a los hechos parece falsa y ha escrito unos diálogos que resultan impronunciables y ridículos, a golpe consignas, frases hechas, gritos con seriedad forzada y mucho gravitas, sin la menor ironía, espetados por personajes sin vida. En un momento determinado, un soldado reporta: “Numerosos voluntarios protestan ante las puertas del cuartel”. No creo que jamás, en la historia de la lengua española, alguien ha hablado así.

Es difícil evaluar a los actores. Con excepción de Héctor Noas, que se desenvuelve bastante bien en su limitado y simple papel como jefe de los Voluntarios, el resto está terriblemente mal, pero es que es imposible vocalizar esos diálogos y poder actuar. A veces parecen padecer de estreñimiento crónico.

Establecer la culpabilidad de la incontable cantidad de fallos de este filme es muy difícil. Pienso que se distribuye mayormente entre Gil y Salatti. Uno por su pésima y nada imaginativa dirección, el otro por escribir un guion tan sinóptico, Gil de nuevo por dejar el guion de esa manera y los actores por no protestar cuando les ofrecieron semejantes diálogos.

Quizá alguien, ahondando en lo profundo, para buscar algo, dirá que lo similar de la represión de la época con lo que ha sucedido en la Cuba actual, es una forma sutil de denuncia. Lo dudo, primero por la trayectoria de Gil y segundo porque el filme esta dedicado a Eusebio Leal, con agradecimientos a Abel Prieto. Pero si todo el pataleo del cine cubano en la segunda década del siglo veintiuno, se limita a repetir pálidamente lo que ya hicieron el cine checo, húngaro y polaco casi sesenta años atrás, muy mal anda el nivel de responsabilidad social de los realizadores cubanos patrocinados por el ICAIC y el Ministerio de Cultura.

Debo hacer notar que, a pesar de lo dicho anteriormente, la cinta se llevó el premio Coral de la Popularidad del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana en diciembre de 2018. Algo explicable porque este es un filme que utiliza los peores recursos y clichés del mal cine comercial.

Inocencia (Cuba, 2018). Dirección: Alejandro Gil. Guion: Amílcar Salatti. Director de fotografía: Angel Alderete. Con: Yasmani Guerrero, Luis Manuel Alvarez, Héctor Noas, Osvaldo Doimeadiós, Néstor Jiménez, Fernando Hechavarría y Caleb Casas. Aun sin distribución en Estados Unidos, anda recorriendo el circuito festivalero.


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