Actualizado: 21/09/2018 11:18
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Pluralismo, Intolerancia, Tolerancia

Cultura y pluralismo

Cuando una cultura hegemónica pluralista se convierte, debido a la propia dinámica interna de su trato permisivo con respecto a ciertas intolerancias incorregibles, en un absolutismo cultural

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No es difícil elegir cuál nos conviene más, o el pluralismo cultural o la cultura del pluralismo. Basta con que antes definamos qué nos plantea cada una de estas propuestas de sociedad, y qué es lo que en definitiva queremos para aquellas en que vivimos.

Lo último nos es evidente: Aspiramos, primero, a una sociedad en haya el máximo de holgura para el ejercicio de todas las infinitas posibilidades de los humanos, aceptando como único límite válido el respeto al derecho igual de los demás a semejante amplitud; segundo, a que en dicha sociedad haya también el máximo de acceso de los individuos a los sitios desde dónde se toman las decisiones comunes, y que ese ejercicio participativo pueda ser realizado de la manera menos violenta posible.

Pluralismo cultural, es aquel en que una cultura hegemónica admite la coexistencia de otras culturas en el seno de la sociedad sobre la que ejerce su hegemonía, sin intentar hacerlas desaparecer. El problema está, sin embargo, en que esa admisión ocurre independientemente de que las dichas culturas tengan entre sus preceptos fundacionales el absolutismo cultural, o no. O sea, se las admite sin tomar en cuenta si tienen en sí mismas una actitud tolerante o no hacia las restantes culturas, incluidas la hegemónica.

El pluralismo cultural conduce de manera inexorable al regreso del absolutismo cultural, en que solo una cultura hegemónica única puede manifestarse en público, mientras las demás deben permanecer en la semi-clandestinidad o sus practicantes son sometidos a formas de subordinación infamante.

El proceso por el que este regreso ocurre es el siguiente: La cultura hegemónica de la sociedad en cuestión, o más concretamente sus líderes de opinión, que se han impuesto promover el pluralismo cultural, se esfuerzan por demostrarse lo más tolerantes y abiertos incluso ante los intolerantes, en la creencia de que así se los conseguirá ganar para su propuesta. Mas el intolerante cultural, aquel que por las más disímiles razones no concibe a su cultura más que desde una visión absoluta, no puede más que interpretar esta actitud que como de permisividad provocada en el fondo por la debilidad de la cultura hegemónica. En consecuencia, tales esfuerzos solo alientan su esperanza de conseguir imponer de manera absolutista la cultura propia. Por lo tanto, los infaltables nuevos esfuerzos por parte de los líderes de opinión para ganarlo a su proyecto cultural solo lo reafirmarán en su intolerancia; y sobre todo en la creencia de que la cultura hegemónica pluralista está en decadencia, por lo que ha llegado la hora de que la cultura propia tome su lugar.

Pero incluso las demás culturas y subculturas que conviven en la sociedad, las cuales no se mostraban absolutistas en un inicio, al notar el exceso de permisividad que desde la cultura hegemónica pluralista se les concede a quienes desde su concepción cultural totalizante los discriminan también, y sobre todo a ellos, necesariamente se dan a su vez a cultivar esos rincones absolutistas que toda cultura débil o subordinada siempre encuentra dentro de sí en su hora de mayor peligro.

El proceso por fin también inficiona a la cultura hegemónica, o por lo menos lleva a que ciertas subculturas suyas con claras tendencias absolutistas desplacen del liderazgo cultural a los sectores pluralistas (a los líderes de opinión pluralistas por otros totalizantes: The New YorkTimes o The Atlantic por los tuits de míster Trump).

Así la cultura hegemónica pluralista se convierte, debido a la propia dinámica interna de su trato permisivo con respecto a ciertas intolerancias incorregibles, en un absolutismo cultural también él. Quizás menos cerrado que el que suele imperar en las culturas primitivas, pero absolutismo, al fin y al cabo. Un buen ejemplo de lo cual puede ser lo que ahora ocurre en EEUU, en que fundamentalistas cristianos, supremacistas blancos y simplemente guajiros anti-intelectualistas de los towns del interior han desplazado a los cosmopolitas de Nueva York y San Francisco, por el momento solo de la Casa Blanca…

Por su parte, en una cultura del pluralismo no se parte por la cultura hegemónica de la aceptación indiscriminada de culturas subalternas existentes, sino solo de las actitudes, costumbres, creencias o ideas que al interior de las mismas no tienen como condición sine qua non su validez absoluta. O sea, no se promueven culturas completas sino solo aquellas actitudes, costumbres, creencias o ideas suyas que pueden conservarse en un marco de pluralidad.

Por este presupuesto la cultura del pluralismo se evita el proceso de decadencia, arriba descrito, que conduce al pluralismo cultural a recaer en el absolutismo totalizante. Solo se requiere que al interior de la sociedad pluralista en cuestión nunca se cierre el debate, que cada decisión de excluir ciertos memes, o discursos culturales, quede siempre abierta a posteriores y continuos escrutinios públicos, para evitar la involución absolutista (y si en verdad no basta lo dicho, hay que reconocer que a los humanos nada más nos es dado hacer que lo señalado: mantener abierto el debate).

Es evidente, tras todo nuestro discurso de más arriba, cuál de las dos opciones nos conviene elegir: La cultura del pluralismo.

Es necesario además aceptar dos puntos, que en parte complementan nuestra decisión y en parte nos permiten obtener ciertos provechos prácticos de la misma:

Primero, que una cultura de pluralismo global, dado que ya no puede soñarse con regiones nacionales o civilizatorias estancas, en que cada cultura pueda ser el resultado solo de la evolución de sus factores internos, en este caso de ciertas tendencias innatas del hombre hacia el pluralismo, es obligatoriamente el resultado de la imposición por una cultura hegemónica pluralista. Cuál pueda ser esta es algo que queda más allá de las posibilidades del autor en el presente artículo: ¿La del proletariado, la de los científicos, la de los occidentales, la de los ricos cosmopolitas, la de los que reclamamos el derecho a la pereza…? Admito que no lo sé, pero es algo en cuya búsqueda se juega la trascendencia humana más allá del momento presente.

Segundo, que en el instante presente (y quizás siempre), en el mundo y en cualquier sociedad aislada, conviven culturas del más variado origen. Pero, sobre todo, en las más distintas etapas en su marcha hacia una cada vez mayor tolerancia hacia las maneras en que el individuo de al lado vive su vida, mientras no estorbe el derecho de su vecino de hacer exactamente lo mismo, y hacia una más eficiente participación social, sin necesidad de que se eche mano a la violencia.

Marcha, evolución, que por cierto no debe de ser interpretada aquí como el resultado de la operación de ciertas fuerzas suprahumanas, pre-existentes en la Historia y que a ella se nos trajo ese plomo indigesto, campeón del status quo y lamedor de botas autocráticas, llamado Georg Wilhelm Friedrich Hegel, sino como la consecuencia de nuestro esfuerzo constante, y perpetuo, por alcanzar un norte determinado: la más completa realización de los humanos como humanos.

Debe de agregarse que la tal marcha es solo conscientemente propuesta como Norte Humano cuando el hombre deja atrás el universo animista e irracional, en que todo parece estar diseñado con el fin de dañarlo a él; y en general cuando el humano se reconoce en sentido genérico y admite que la sustancia de ese vínculo, la naturaleza humana, es de por sí esencialmente buena. O por lo menos que es la compañía humana el único punto firme en que afincarnos para resistir a un Universo que si no hostil, por lo menos no ha sido diseñado especialmente para amparar los alegres pasos del Hombre. A la manera que nos han hecho creer ciertos memes semíticos, demasiado fácilmente aceptados por la civilización hegemónica actual, heredera de Grecia y Roma, pero solo en parte (gracias en no poca medida a su cultura del pluralismo innata, mayor que la de cualquier otra civilización conocida)[i].

Antes de este memorable punto en la línea del tiempo, a partir del cual, para usar un símil estelar, diremos que arranca el proceso automantenido de pluralización, el hombre piensa que su naturaleza es de un tipo al que no debe de permitírsele su plena expansión, por ser incapaz de auto-controlar su actividad; y por tanto antes de él no puede haber una verdadera cultura de pluralismo.

Es por ello que en nuestra cultura de pluralismo no se puede admitir de manera total a aquellas culturas que todavía no hayan alcanzado el punto referido, y solo se las puede aceptar cuando hayan hecho renuncia de ese infaltable núcleo central suyo intolerante. Se puede, en fin, admitir las formas exteriores de dichas culturas, aunque tras haber sustituido su núcleo absolutista con el contenido de la cultura del pluralismo.

Un buen ejemplo de lo dicho es la actitud que los defensores de la cultura del pluralismo en Cuba debemos de adoptar frente al ñañiguismo. Esta es una cultura profundamente discriminatoria que debe de ser enfrentada en ese, su contenido, aunque sin que ello signifique la exclusión de la forma.

Pasen ekobios míos que esto leen sus “diablitos”, sus atuendos típicos, o sus características formas de hablar que ya de alguna u otra manera son la de todos los cubanos, incluido quien esto escribe, pero no su profunda misoginia, y sobre todo su esencia central original de resistencia fanática de lo irracional, dada en unos individuos trasplantados de repente desde una cultura animista hacia otra en rápido avance hacia el imperio de la razón, como la hispano-cubana de inicios del diecinueve[ii].

No puede admitirse su núcleo absolutista, su contenido intolerante, en base al equívoco pluralismo cultural, porque ello no conduce más que al regreso de todos los demonios del absolutismo cultural. Pero ahora multiplicados por todas partes, incluso desde las culturas hasta ayer “mansas” que se aterran ante el panorama que la tolerancia extrema de la cultura hegemónica ha creado de manera indetenible (la intolerancia que genera en ciertos sectores ilustrados, temerosos de un ñañiguismo que saben los desprecia desde su cultura demasiado embebida en testosterona, que los lleva a recaer en el racismo anti-negro).

Es esto, sin dudas, lo que observamos en nuestro presente. Y es que tras un periodo en que creímos, de manera ingenua, que podía ganarse a ciertas culturas al respetar también, entre otros aspectos, su contenido profundamente anti-racional y anti-tolerante, la reacción nos ha alcanzado en la forma de una multiplicación de la intolerancia y la irracionalidad, tanto en las culturas absolutistas de por sí, como en aquellas que habían avanzado algo o mucho en el camino del pluralismo.

Y así, si antes el wahabismo o el sionismo eran peligros a los que, sin embargo, en occidente se trataba con una condescendencia peligrosa, hoy a resultas de esa tolerancia injustificada tenemos todas estas reacciones fascistoides, fundamentalistas y supremacistas. Reacciones que surgen de los oscuros rincones de la cultura occidental hasta los que no había llegado la luz del pluralismo. Monstruos que solo estaban a la espera de algún peligro en el horizonte para adueñarse de los hombres del oeste a través de sus miedos, y de ese modo dejarlos convertidos en exactamente lo mismo que ellos temían en otros hombres de gestos, colores o sonido diferentes.

Porque también el miedo al Otro se exacerba al no cumplir una sencilla regla: No se puede ser tolerante con los intolerantes. Como Chaplin hay que negarse a estrechar la mano del fascista, por más que tal intolerancia genere rechazo en las gentes bien, y a su pregunta de ¿qué tiene usted contra nosotros?, responder simple y llanamente: ¿Y ustedes, qué tienen contra todos los demás?


[i] La idea cristiana de la divinidad del hombre, y por tanto de su inviolabilidad, es sin dudas un gran aporte a nuestra cultura occidental, pero no la referida a la de un Universo creado para el hombre.

[ii] La irracionalidad separa a los humanos, los deja aislados en islas cerradas, y solo promueve la comunicación entre ellos a través de algo más, místico, a lo que no todos merecemos acceder. Por lo que hay quienes merecemos participar, y quienes no, y la decisión sobre ello le pertenece a un misticismo absolutista, autoritario por necesidad. La razón, por el contrario, se basa en la creencia de que es alcanzable por todos, y por tanto no parte de exclusiones de ninguna especie.

Esta es la realidad, por encima de lo que quieran hacernos creer los irracionalistas que promueven la supuesta llegada de una… Posmodernidad. No olvidemos, hombres olvidados de que la civilización no se da en las matas, como nos advertía Ortega y Gasset, que antes de la Modernidad el irracionalismo imperaba en una Humanidad que incluso a cualquiera de nuestros postmodernistas contemporáneos le parecería un infierno invivible. Antes de la clara gracia de Voltaire, o el rigor de Newton, antes de la Enciclopedia y la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano, el mundo estaba poblado de brujas, hombres de arena o del saco, diablos, hambrunas sin cuento, y el infanticidio o las más salvajes prácticas estaban a la orden del día.


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