Actualizado: 20/07/2018 16:13
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Debutantes y talentosos

En 2017 se produjo el arribo a la pantalla grande de tres directores, un ruso y dos ingleses, que han iniciado su andadura de manera muy promisoria

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En opinión de los críticos, el de 2017 fue, en cuanto a la producción cinematográfica, un año no excepcional, pero sí bastante bueno e interesante. Pero me apresuro a tranquilizar al lector: el propósito de este cronista no es hacer el consabido resumen de las mejores películas estrenadas en esos doce meses. Las líneas que siguen tienen como propósito destacar el arribo a la pantalla grande de tres directores que han iniciado su andadura de manera muy promisoria. Al expresar esto no estoy descubriendo nada, pues sus respectivos filmes han recibido muchos elogios y acumulado varios premios en los festivales donde se han visto. Eso les ha permitido que estén disfrutando de una amplia distribución internacional, algo por lo demás merecido. Tómese, pues, este artículo como lo que pretende ser: una recomendación para no perder esas cintas, si tienen la oportunidad de verlas.

El debut que sacudió Cannes

Para referirme a ellos, he optado por la solución salomónica de guiarme por el orden alfabético de sus títulos. Comienzo entonces por Demasiado cerca (Rusia, 2017, 118 minutos), cuyo nombre original, Tesnota, hasta donde he podido averiguar es Cercanía (ya me corregirán quienes saben ruso, si me equivoco). Su director, Kantemir Balagov (1991), fue la revelación del pasado Festival de Cannes, donde rara vez participa un cineasta de apenas 26 años. Allí compitió dentro de la sección Una Cierta Mirada, en la cual obtuvo el premio FIPRESCI de la crítica internacional. Su realizador fue alumno del taller del famoso director ruso Alexander Sokurov, quien coprodujo su cinta. Es pertinente decir, no obstante, que Balagov no tiene ninguna deuda estética con él.

La acción del filme se ambienta en 1998 en Nálchik, capital de la remota y escasamente conocida república de Kabardia-Balkaria, Cáucaso del Norte. En esa zona oscura y violenta nació Balagov. Ilana, una joven de 24 años, trabaja en el garaje de su padre para ayudar a que la familia llegue a fin de mes. Una noche todos se reúnen con algunos amigos para festejar que David, el hijo varón, se va a casar. Después de la celebración, el joven y su prometida salen y no se sabe más de ellos. A la mañana siguiente, los padres reciben una nota en la que les dicen que los dos chicos han sido secuestrados y exigen un rescate para liberarlos. Desesperados, Ilana y sus padres buscan ayuda para reunir el dinero. El dilema que se les plantea es: ¿hasta dónde están dispuestos a llegar para salvar la vida de David?

Haber ubicado la acción en 1998 no es un detalle fortuito. Dos años antes había concluido la guerra en Chechenia. En Kabardia-Balkaria no hubo enfrentamiento bélico, pero sus ecos se manifiestan en la violencia contenida y en los odios acumulados. Los kabardianos, que son la etnia dominante, simpatizan con los chechenos. Eso se pone de manifiesto en una escena que ha suscitado controversias, y en la cual un grupo de jóvenes miran una grabación real en VHS en la que varios soldados rusos son torturados y después ejecutados por rebeldes chechenos. El director de Demasiado cerca ha justificado su inclusión argumentando que con ello buscó situar al espectador en el contexto de la época y el lugar.

Demasiado cerca es a la vez un sólido drama sobre la desintegración de una familia y un retrato de una región convulsa, en la que diferentes comunidades, etnias y religiones conviven en un mismo espacio. Se centra en el personaje de Ilana, quien es la hija mayor de una modesta familia judía. El secuestro de su hermano saca lo mejor y lo peor de esa severa comunidad, tan cerrada en sus tradiciones.

Las jerarquías familiares anteponen al hijo varón y sacrifican la felicidad de Ilana para salvar a David. Por su condición femenina, le toca ser la moneda de cambio para que otra familia preste a sus padres la suma que necesitan para pagar el rescate, a cambio de un matrimonio pactado. Ante esa realidad opresiva, la joven se rebela y se enfrenta a las rígidas costumbres y también al odio racial que prohíbe las relaciones de pareja entre miembros de clanes diferentes. Su contundente reacción constituye una reafirmación del yo y de su independencia como mujer.

Pese a ser un debutante, Balagov demuestra una madurez y una fuerza visual propias de un profesional experimentado. Ha creado un filme fuerte, vital, que narra una historia oscura y claustrofóbica que refleja una sociedad que vive el proceso de auto reconocimiento, tras el derrumbe de la Unión Soviética. La película fue rodada en el viejo formato de 4:3, conocido popularmente como de pantalla cuadrada. Eso da a los encuadres, siempre muy próximos a los personajes, una sensación de persistente asfixia. El reparto lo integran actores que con esta cinta debutaron en el cine. Entre todos sobresale como una verdadera revelación Darya Zhovner. Su portentoso trabajo la coloca, junto a Balagov, entre los talentos jóvenes a cuya trayectoria futura hay que estar muy atentos.

Una tragedia que desemboca en thriller

El británico William Oldroyd, de 37 años, cuenta con una importante carrera como director de teatro y ópera. Pero en su estreno detrás de la cámara hace gala de un dominio del lenguaje cinematográfico y de un aguzado sentido visual que no delatan su procedencia del medio teatral. Su primer largometraje, Lady Macbeth (Reino Unido, 2016, 89 minutos), asombra además por ser un filme riguroso y bien planeado. Eso justifica los numerosos reconocimientos que ha obtenido, entre los cuales están el de mejor ópera prima en los Premios del Cine Europeo, el de la FIPRESCI en el Festival de San Sebastián y cinco galardones en el British Independent Film Award.

El país de procedencia y el título de la película pueden llevar a una idea errónea. Pese a lo que cabría suponer, el personaje al que se hace referencia no es la reina escocesa de Shakespeare, sino a la protagonista del relato Lady Macbeth de Mtsensk (1865), del escritor ruso Nikolai Leskov (1831-1895). A partir del mismo, Dimitri Shostakovich creó la ópera homónima, reescrita después como Katerina Ismailova. En cine solo existían dos versiones. Una fue filmada en 1966 en la Unión Soviética, a partir de la ópera. La otra, titulada Lady Macbeth en Siberia, la realizó el polaco Andrzej Wadja en 1961.

El guion de Lady Macbeth lo firma la dramaturga Alice Birth, quien trasladó el relato de la Rusia rural a la campiña de la Inglaterra victoriana. Su protagonista es Katherine, una joven de 24 años que ha sido vendida como esposa a un terrateniente, un hombre amargado que le dobla la edad. Es un bruto disfuncional que la humilla social y sexualmente. Y aunque el rol de ella es darle hijos, no ha podido quedar embarazada debido a que él es impotente. La noche de bodas, la hizo desnudarse y ponerse frente a la pared, mientras él se masturbaba. Después se metió en la cama. Como apunta Leskov, hacía ya cinco años que la joven “residía con su poco amable esposo en aquella casa tan aburrida y tan desierta de su suegro, y nadie, como suele ocurrir, prestaba la menor atención al tedio en que vivía”.

Katherine es, pues, una joven llena de vida —“de sangre muy ardiente”, anota Leskov—, que no puede tener hijos; que vive con un marido que no la toca y un suegro que la desprecia, sin amistades, sin libros, sin piano, sin poder salir afuera. La sociedad machista y patriarcal la condena a una inmovilidad decorativa y absoluta, a ser una prisionera dentro de su propia casa. Así de triste y aburrida era su vida, hasta que emprende un brutal proceso de emancipación impelido por el deseo. Eso la lleva a iniciar una aventura adúltera con Sebastian, un trabajador de la granja. Ese amorío indiferente a las convenciones sociales desata en ella una poderosa fuerza que hace que lo que comenzó como una relación sana derive en tóxica.

Lady Macbeth es un fascinante estudio de personaje, que ilustra cómo el continuado abuso y el silenciamiento convierten a una infeliz y frustrada esposa en una mujer despechada. Katherine experimenta un aprendizaje tan rápido como destructor. Su pasión insatisfecha se desborda por los pliegues más sangrientos y pierde la ética y el control de sus actos. Tal como se la presenta en el filme, es un personaje complejo, que desafía al espectador en cuanto a su capacidad para interpretarlo moralmente. Simpatizamos con ella cuando se niega a seguir cumpliendo el papel de obediente objeto sexual al que la relegan. Su decisión de tomar las riendas de su vida era necesaria En ese aspecto, es una mujer intuitivamente moderna para la época.

Pero en esa evolución va demasiado lejos y termina por desbocarse. En nombre de la independencia, comete transgresiones que moralmente son reprobables. Su inconformismo aumenta a la par que su crueldad, y su abrupta manera de madurar la concierte en una maníaca implacable y peligrosa. Aquí conviene señalar que, a diferencia de la Lady Macbeth shakesperiana, los impulsos criminales de Katherine no responden a ansias de poder, sino de libertad sexual. En ese sentido, tiene más puntos de contacto con personajes como Emma Bovary, Anna Karenina y Lady Chatterley.

Dado que Lady Macbeth opta por ser el estudio de un personaje, gran parte de su éxito debe descansar en la elección de la actriz. Acerca de ello, hay que decir que buena parte de la fuerza de la película se debe al excelente trabajo de la magnética Florence Pugh. En su compleja e impresionante transformación de Katherine, no pierde una nota ni descuida un solo detalle. Hace una interpretación consistente, a la que le insufla desafío, fiera inteligencia, fría lucidez y ciertos toques de humor. Su Katherine resulta malvada, contradictoria, egoísta, enigmática, y produce a la vez fascinación y rechazo. Florence Pugh constituye todo un descubrimiento, y no es aventurado pronosticar que estamos ante una actriz que dará mucho que hablar.

Pero los méritos de Lady Macbeth no se reducen a la estupenda interpretación de Florence Pugh. Oldroyd aporta una puesta en escena de una bellísima austeridad formal y regida por una estética impecable. Asimismo, posee una sólida personalidad visual, que le impide caer en el acartonamiento del cine de época. En su película no hay grandes decorados ni tampoco vestuarios lujosos. Predominan las escenas interiores, lo cual acentúa la opresión y la falta de libertad de la protagonista. La cinta está recorrida además por un insidioso humor y por unos destellos de ironía que atemperan el horror de algunas secuencias.

Otro acierto a destacar son los cambios introducidos por la guionista en el texto de Leskov. Al conflicto social del original, se han añadido una lectura feminista y un componente racial que viene dado por el personaje de Sebastian. Por otro lado, el final del filme es distinto, más ambivalente e incluso irónico. Katherine no es castigada ni va a la cárcel. Aparentemente, queda libre de todo aquello en que estaba atrapada. Pero en realidad no es más libre que cuando contrajo matrimonio.

Lady Macbeth deja una impresión difícil de borrar. Es una película de época que actúa como metáfora de algunos temas que hoy son actuales. Es también una tragedia que desemboca en un thriller a medio completar. Esto último ha llevado al crítico español Gregorio Belinchón a comentar: “Si Hitchcock hubiera cruzado sus pasos con Shakespeare, le habría salido Lady Macbeth”.

Historia de un aprendizaje

“Crecí en los remotos montes Peninos, al oeste de Yorkshire. Siempre he estado obsesionado con este yermo y ancestral paisaje, al igual que todo aquel que se siente ligado a esta región y ha hecho de esos arbustos acres un modo de vida.

“Durante mi infancia no pude darme cuenta del genuino vínculo emocional que experimentan las personas que viven y trabajan allí. Solo pude darme cuenta al dejar Yorkshire para mudarme a Londres a estudiar actuación. Mi experiencia al crecer en ese lugar aislado y rural me hizo preguntarme qué podía depararme el mundo. Por lo tanto, el trampolín de este proyecto fue el querer explorar lo que habría pasado si me hubiera quedado en Yorkshire, si hubiese trabajado la tierra, si hubiese conocido a alguien con quien compartir mi vida”.

Las palabras anteriores pertenecen a Francis Lee (1969) y en ellas justifica por qué escogió Yorkshire para rodar su primer largometraje, Tierra de Dios (God’s Own Country, Reino Unido, 2017, 104 minutos). Volver allí para él fue, pues, un modo de regresar a sus orígenes, al paisaje de su infancia. Un sitio casi extraterrestre, remoto, hermoso e inhóspito. A propósito del título del filme, es oportuno decir que es el nombre con que los lugareños llaman a ese condado rural.

Lee realizó su proyecto tras dedicarse durante quince años a actuar en Londres. No estudió cine, ni guion, y tampoco se considera un cinéfilo. Pero en esta su primera incursión como director no le ha podido ir mejor. Tierra de Dios acumula 17 premios, tras haber pasado por los festivales de Sundance, Chicago, Edimburgo, Estocolmo, San Francisco, Transilvania, Berlín, Sevilla, Galway, Toronto y Zagreb. Asimismo, en el sitio web Rotten Tomatoes tiene una aceptación del 99 por ciento entre los críticos y del 87 por ciento entre los espectadores.

Resumido en pocas palabras, el argumento del filme es el siguiente. Johnny vive en una granja remota con su abuela y con su padre. Este ha sufrido una apoplejía, por lo cual él es ahora con quien se ocupa de todo el trabajo. Para combatir su soledad y su frustración, por las noches acude al pub local, donde bebe compulsivamente y tiene encuentros sexuales ocasionales con chicos. Un día conoce a Gheorghe, un inmigrante rumano que llega a la granja para ayudar durante la estación de cría del ganado. El laborar juntos día tras día hará que entre ellos nazca una relación que cambiará para siempre la vida de Johnny.

Tierra de Dios cuenta la historia de un aprendizaje. De acuerdo al director y también guionista, “quería capturar esas sensaciones placenteras y trepidantes que uno siente cuando algo empieza. Ver a Johnny y Gheorghe empezar a enamorarse el uno del otro, investigando cómo lidiar con sus diferencias. Quería explorar esos momentos que dos personas comparten cuando están comenzando a comprometerse, matizando sutilmente las luchas internas de cada uno. Tanto si eres gay como si no, todos reconocemos esa sensación de cuando estás empezando a enamorarte y lo difícil que esto puede ser, sobre todo cuando los circunstancias no acompañan”.

No resulta fácil simpatizar con el personaje de Johnny. Es arisco, introvertido y parco en palabras. De hecho, no se le escucha hablar hasta bien avanzada la película, y cuando lo hace es a uno de los animales. Sus encuentros sexuales son rápidos, anónimos y agresivos. No tienen la más mínima dosis de afecto y él es reacio a besar. En el ámbito familiar no recibe amor y por eso es incapaz de darlo. Tanto él como su padre y su abuela se quieren y se preocupan unos de los otros. Mas están habituados a vivir en un medio agreste y duro, y no expresan sus sentimientos con palabras.

Pero a medida que la historia se desarrolla, el director evidencia con mucha delicadeza que en Johnny hay vulnerabilidad y que sus emociones solo están congeladas. Su conflicto no radica en que se sienta atraído por los chicos, sino en que no es capaz de implicarse sentimentalmente y asumir por completo su homosexualidad. Se ha cerrado a toda forma de intimidad, pero a partir de la llegada de Gheorghe inicia una lenta transformación: el joven solitario, dolido y enojado se transforma en una persona afectuosa y sensible. Al principio, Gheorghe encuentra en él hostilidad, resentimiento e incluso racismo. Mas poco a poco su dureza empieza a suavizarse y por primera vez conoce el placer de los besos y las caricias.

Tierra de Dios ha sido comparada con Brokeback Mountain, y la analogía es comprensible: ambos filmes narran historias de amor gay en un medio rural. Pero si bien comparten ese detalle, se trata de películas muy distintas. En primer lugar, la acción de la norteamericana ocurre en 1963, mientras que la de la inglesa está situada en la actualidad. Los protagonistas de Brokeback Mountain no pueden estar juntos por la homofobia y el qué dirán. Eso los lleva a llevar una vida que es una mentira. El problema de Johnny, por el contrario, es que no puede abrirse a una relación por su forma de ser. Se lo obstaculizan la no aceptación y la falta de lucidez emocional para lograr que la relación funcione.

Más que externa, en la cinta de Lee la homofobia es interna. Pese a transcurrir en un medio que fomenta la masculinidad, la homofobia no constituye una amenaza. La abuela de Johnny se siente conmovida por el cambio positivo experimentado por él. Asimismo, para los habitantes del lugar su condición sexual no es un secreto. Como ha comentado el director, es “una comunidad en la que la familia y el deber son lo primero, y en la que a nadie le importa con quién te acuestas, siempre y cuando tengas a los animales alimentados y la tierra sembrada”.

También es oportuno destacar que Tierra de Dios se desmarca de ese cine de temática gay que tiene propensión a los desenlaces trágicos e infelices, como si la vida de los homosexuales estuviera condenada irremisiblemente al sufrimiento y la soledad. Sus personajes, que son muy reales, se apartan además del estereotipo urbano que predomina en esas películas. Por lo demás, Lee ha declarado que no se propuso hacer una película que habla de la homosexualidad, sino de las emociones que conlleva enamorarse, y “cómo debes hacerte vulnerable y abrirte con tal de poder vivir ese amor”.

Lee ha realizado un filme sincero, conmovedor y austero. Casi no se emplea música, la cual en buena medida es sustituida por ruidos de la naturaleza (silbido del viento, cantos de pájaros, balidos de ovejas). Son significativos también los silencios y la parquedad de los diálogos. Del mismo modo que los personajes no se distinguen por exteriorizar sus emociones, tampoco hablan mucho. Asimismo, hay una minuciosa atención a los detalles y es notoria la importancia que adquiere el paisaje, tan hermoso y sublime como misterioso e indomable. Es un reflejo perfecto de la historia que se cuenta, pues allí parece no haber cabida para los sentimientos.

Para interpretar a Johnny y Gheorghe, el director escogió a dos actores desconocidos. Con su decisión buscaba evitar que los estereotipos y las ideas preconcebidas lastraran o influyesen, por lo que ellos hubieran hecho en películas anteriores. Los dos personajes principales exigían mucho, tanto emocional como físicamente. Josh O’Connor y Alec Secareanu realizaron un trabajo muy convincente, matizado y contenido. Para conseguir ese resultado, Lee los mantuvo separados durante las primeras semanas de rodaje. Conforme este fue avanzando, les permitió que pasaran a vivir juntos. Esa búsqueda de autenticidad se prolongó a toda la filmación. Tierra de Dios se rodó además en orden cronológico y las escenas de ganadería fueron reales. Josh y Alec aprendieron a poner inyecciones, a despellejar conejos, a asistir a las ovejas en el parto.

Fascinante, cautivadora, sobrecogedora, intimista, hermosa, delicada, profunda, honesta. Son algunos de los calificativos que los críticos han desgranado al comentar la película de Francis Lee. Un impresionante debut cinematográfico que irradia madurez.


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