Actualizado: 23/09/2019 16:12
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In Memoriam

Del conocimiento por misteriosa vía

El siguiente texto fue la última colaboración de Mario Parajón para la revista 'Encuentro', en el número dedicado al poeta Manuel Díaz Martínez.

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No me pasará por la mente la idea de ofender al lector contándole la historia de la Sociedad Económica de Amigos del País. Institución dieciochesca, ilustrada como la que "limpia, fija y da esplendor", preocupada por el progreso económico, enamorada de los múltiples caminos que su presupuesto le permitía abrir, su preocupación fundamental era "educar al soberano". Una vez todos pasados por las aulas, todos seríamos felices. Un poco ingenua la expectativa, pero al ingenuo pertenecen las colchas del Edén.

Aquí fue a parar don Manuel Díaz Martínez, joven inteligente y bondadoso, divertido a sus horas y furioso a la manera de Orlando cuando le sonaban esa campanada; si bien lo suyo en el campanario era la presencia de la cigüeña reposada exhibiendo señorío.

Don Manuel Díaz Martínez, poeta, hijo de obrero luchador contento de ser longevo, algo mujeriego y tertuliano ingenioso, a más de buen compañero, fue enviado a la Sociedad Económica a realizar trabajos de investigación literaria. Don Manuel se presentó en Carlos III entre Soledad y Castillejo y así dio principio este bello capítulo de su vida. Él prefiere que a la hora de contarlo se hable un poco de él y quizás un mucho del ambiente y las andanzas de la vida intelectual cubana.

Añado ahora para los que gustan de estas precisiones que la Económica tenía por entonces dos entradas: una trasera y otra —solemne y de columnas— en la parte delantera. Entrando por la primera, había un par de aposentos, un par de aulas destinadas a la enseñanza, donde trabajaban una muchacha muy bajita y una señora antes empleada de un comercio popular habanero. La primera murió de parto poco tiempo después y la segunda falleció de una enfermedad nerviosa más o menos por las mismas fechas.

Por ese tiempo, eran amigas íntimas y la mayor parte de la empleomanía de la Económica temía que el apasionamiento cívico de la rubia empleada y los furores de la pequeñita trastornaran el ritmo tranquilo de la "existencia café con leche" de aquella inofensiva burocracia.

El maestro Lezama ocupaba su trono en el aula contigua. Eran los días en que Lezama empezaba a ser Lezama. Se presentaba en la Económica a eso de las diez y media de la mañana, lo cual todo el mundo, menos un español exiliado, veía con aprobación. El tal español era Francisco Motta, casado con Rafaela Chacón. Motta fungía también como investigador literario; había sido preso político en la España de la Guerra y se quejaba de que sus compañeros ni siquiera lo saludaban. Me imagino su soledad y su tristeza. En una reunión hizo uso de la palabra y señaló la impuntualidad de Lezama. Todos le fuimos encima por haber tocado al sacratísimo ídolo y éste se adelantó en el asiento lanzando una exclamación que ni Júpiter le hacía competencia:

–¡Usted me falta el respeto!

Unos minutos después se levantaba la sesión y yo encontraba a Lezama en el patio:

–Gracias, gracias —me dijo—. Esto es un aviso para que me apresure y acabe mi obra.


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