Actualizado: 14/06/2021 10:41
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Cine, Arte 7

Desde la perspectiva inerme

Aunque Beasts of the Southern Wild reúne todos los elementos para ser un melodrama espantoso, su director se las arregla para evitarlo

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Hushpuppy es una niña de seis años que vive con su padre en el bayou de Luisiana, en una zona marginal llamada Los Baños (The Bathtubs), cerca de una ciudad que puede ser Nueva Orleans, aunque su nombre nunca se mienta, de la cual los separa un dique y una ominosa zona industrial. Viven en la miseria, rodeados de vecinos alcohólicos y harapientos, físicamente desahuciados, seres que parecen venir de vuelta de una ida que no les llevó a ninguna parte. Va a una escuela que es una pequeña caseta desvencijada, a la orilla del amenazante río, con una maestra que parece hastiada de la vida, una mujer fuerte que no teme verbalizar sus frustraciones delante de sus alumnos. Para colmo, Hushpuppy no sabe qué le pasó a su madre ausente, su padre solamente le dice que “se fue nadando” y la niña sueña con encontrarla. Su padre, que también le da duro al alcohol, padece de una seria enfermedad, que puede ser de la sangre o del corazón, tampoco se aclara. En el horizonte, se acerca una tormenta enorme.

Por todo lo contado anteriormente, se deduce que Beasts of the Southern Wild reúne todos los elementos para componer un melodrama espantoso, sin embargo, en su primer largometraje, Benh Zeitlin se las arregla para evitarlo y termina con una película que tiene más logros que desaciertos. Se asoma a cuanto estereotipo social que es objeto de los ataques de los políticamente correctos y elude la monserga y el didactismo facilista. A pesar de representarlos mediante clichés visuales, sus abusadores verbales, sus alcohólicos, sus antisociales y en fin, todos sus perdedores, cobran vida propia. El secreto es que la película está narrada desde el punto de vista de Hushpuppy, con ese fraccionamiento, esa breve capacidad de atención y ese asombro con el cual los niños miran a la realidad. Zeitlin no juzga, solamente observa a través de los ojos de lo inerme.

Para Hushpuppy el mundo es una constante amenaza de que se siente obligada a aceptar y a defenderse de ella. Desde que su maestra les muestra un tatuaje de unos uros, esos legendarios animales que son los ancestros del ganado actual, vive obsesionada con ellos y se inventa fantasías en los cuales estos aparecen como unos gigantes depredadores que acechan en el paisaje de su mente. Ha escuchado acerca del calentamiento de los polos y tiene imágenes repetidas sobre la caída de los hielos. La tormenta, que acaba con Los Baños, confirma sus temores. En medio de la desolación un día sale en busca de su madre en lo que pudiera ser un viaje imaginario, pero nunca encuentra a nadie que se ajuste a sus expectativas. Alejada de la modernidad, esta se le muestra hostil, representada por una fría planta industrial cercana, el dique y la invasión de los servicios sociales y médicos que vienen tras la tormenta para rescatar a los habitantes de Los Baños. Estos personajes reales le resultan tan intrusos y letales como los uros. Son los saqueadores de su inocencia.

A pesar de que, excepto Hushpuppy y quizá Wink, su padre, los personajes carecen de densidad dramática y que algunas secuencias parecen muy prefabricadas y de interés folclórico, tras caminar la cuerda floja, Zeitlin nunca cae en el paternalismo ni en la condescendencia. La película está basada en la obra teatral Juicy and Deliciious, de Lucy Alibar, que es coguionista junto con Zeitlin, pero no se encuentran rasgos de teatralidad en este filme. La fotografía de Ben Richardson captura la iluminación adecuada para hacer sutilmente las transiciones entre lo real y lo fantasioso al extremo de a veces dejarnos confundidos respecto al plano en que nos encontramos, lo que se ajusta perfectamente a la desconcertada visión de la niña.

Sorprende que su realizador, nacido en Queens no hace mucho y graduado de una universidad elitaria como Wesleyan University, que estuvo trabajando en la República Checa con quien considera uno de sus maestros, Jan Svankmajer —después de lo cual y pasado el huracán Katrina se mudó al sur de Luisiana—, haya sido capaz de captar el ambiente local con autenticidad y sin imposturas. A veces, en la decoración de los sets se revela, quizá demasiado, la influencia de otro de sus reconocidos maestros, Emir Kusturica, y en algunas escenas, las peores de la película, en las cuales se avizoran catástrofes naturales, se ve mucho la influencia, para mi nefasta, de otro de sus ídolos, Terrence Malick.

Beasts of the Southern Wild ganó este año el premio Camera d’Or que se concede en el festival de Cannes a la mejor ópera prima, así como el premio de la FIPRESCI en el mismo festival. También ganó el Gran Premio del Jurado del festival Sundance. Casi ninguno de los actores tiene experiencia cinematográfica pero todos están muy bien en sus papeles. Quien asombra por su presencia escénica y por la fluidez y naturalidad de su actuación es Quvenzhané Wallis, la niña que tenía seis años durante la filmación y que encarna el personaje de Hushpuppy. Me recordó mucho a Ana Torrent en su papel de Ana en El espíritu de la colmena, esa furtiva obra maestra de Víctor Erice, con la cual esta película tiene bastante en común. Se ha hablado de “realismo mágico” para clasificarla, pero a mi me parece que trasciende esa reducción categórica y simplificadora, ya que en realidad es una mirada al mundo a través de la perspectiva del miedo infantil, de quien mira y acepta, pero que no comprende y sobrepone su imaginación como única defensa, que culmina con la felicidad del ignorante.

Beasts of the Southern Wild (E.U.A. 2012). Dirección: Benh Zeitlin. Guión: Benh Zeitlin y Lucy Alibar, basada en una pieza teatral de Alibar. Director de fotografía: Ben Richardson. Con: Quvenzhané Wallis, Dwight Henry, Gina Montana y Levy Easterly. 93 minutos. De estreno en la mayoría de las ciudades importantes de los Estados Unidos.


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