Actualizado: 22/11/2017 12:21
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Diana de Poitiers, Historia, Francia

Diana de Poitiers, oro y figura hasta la sepultura

Quien fuera realmente, y en el sentido más pleno de la palabra, una mujer de una áurea belleza

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El director cinematográfico David Miller y sus productores no tuvieron que pensarlo mucho. La bellísima y sofisticada Lana Turner asumiría el papel femenino, junto a los actores Roger Moore y Pedro Armendáriz, en la cinta de 1956 que llegaría a las salas de todo el mundo con el sencillo título de Diana.

Este film nos cuenta, muy al estilo hollywoodense, la vida de una mujer verdaderamente interesante y extraordinariamente adelantada para su tiempo: la noble francesa Diana de Poitiers (1499 o 1500-1566).

Y aunque Diana, mujer al fin en una época de hombres, tuvo que plegarse a los hábitos y costumbres que el medio le impuso —un matrimonio arreglado por su padre con un caballero 39 años mayor que ella y con el que tuvo dos hijas, viuda a los 31 años de edad para entonces vestir de (elegantísimo) negro luto por el resto de su vida y dama de compañía de tres reinas y una duquesa—, supo manejarse con gran inteligencia y hacer uso de su belleza exótica e infrecuente para elevarse a las cimas del poder y la riqueza.

Algunos chismosos de la época, y también algunos historiadores, han insinuado que Diana fue amante del rey Francisco I, padre de Enrique II, pero nunca se ha podido probar tal aserto. Lo que sí es cierto es que el monarca Francisco le solicitó a la bellísima y experimentada cortesana, alrededor de 1538, que atendiera y estimulara de alguna manera a su hijo Enrique, en ese momento el Delfín del reino, un mozalbete de 18 años al que los corillos de antecámara llamaban entre cuchicheos y risas “el Bello Tenebroso”, por su constante depresión anímica y abulia.

El Delfín llevaba ya varios años casado (uno de tantos matrimonios arreglados) con la italiana Catalina de Médicis y no había procreado hijos, porque probablemente no le gustaba la poco agraciada y escasamente femenina esposa que le habían impuesto. Desconocemos si la falta de atracción era recíproca, pero puede ser que algo de esto haya ocurrido. La encomienda dada a Diana por el Rey implicaba relacionarse no solo con el joven Enrique, sino imbuir entusiasmo en la por entonces apocada futura emperatriz Catalina.

Diana de Poitiers, disciplinada y consecuente servidora de su Rey, que era también su amigo, literalmente empujó a Enrique a preñar nada más y nada menos que ¡diez veces! a su esposa y al mismo tiempo se convirtió en la amante oficial de este, convertido ya en Rey de Francia a la muerte de Francisco. Una relación que demostró ser sumamente fructífera para ambos implicados —experiencia sexual y sensatos consejos políticos para él y riquezas y poder para ella— y que solo terminó con la muerte de Enrique en un torneo en 1559, cuando acababa de cumplir cuarenta años.

La astilla de lanza que penetró en un ojo de Enrique II y terminó matándolo doce días después por la extensión de la infección al cerebro (una encefalitis bacteriana evidente) marcó el vertiginoso ascenso de la hasta entonces irrelevante Catalina de Médicis y el descenso de la hasta ese momento rutilante estrella de Diana de Poitiers. Esos inesperados imponderables de la historia que se cruzan, para bien y para mal, con tanta frecuencia en los caminos de seres humanos y de pueblos.

Por cierto, y esto es un comentario que nos aleja un poco de la historia de Diana de Poitiers pero refleja el velado salvajismo de la época: el gran cirujano, considerado hasta cierto punto el padre de la especialidad quirúrgica, Ambroise Paré, uno de los muchos médicos que estuvieron intentando salvar, sin éxito claro está, a Enrique II, solicitó y obtuvo el permiso para clavar astillas de lanza (no, no existía la anestesia) en los ojos de diversos prisioneros y condenados a muerte con el fin de estudiar mejor la evolución del proceso. Qué cuando se trata del Rey todo vale. Pero dejemos estos asuntos “científicos” tan macabros y poco éticos y volvamos a Diana de Poitiers y sus tribulaciones.

El primer signo del profundo odio acumulado por Catalina hacia Diana —después vendrían muchos otros— fue la prohibición expresa de acercarse a la cama del moribundo y el alejamiento obligatorio de la corte durante las exequias fúnebres del soberano fallecido.

Diana, mujer inteligentísima y ya con alrededor de sesenta años de edad y de experiencia, comprendió que una retirada a tiempo era mucho mejor que una guerra muy probablemente perdida de antemano. Devolvió (casi) todas las joyas y el paradisíaco castillo de Chenonceau que había recibido como regalo de Enrique II y se retiró, con suma discreción, al castillo familiar de Anet donde falleció siete años después.

Pero… ¿Cuál era el secreto de belleza de Diana de Poitiers?

Una deslumbrante belleza que parecía inderrotable en el tiempo y que la llevó a poner en su escudo la arrogante e irreverente (no parece una declaración pública de una mujer del siglo XVI) frase: “Solo el que me enciende puede apagarme”.

Veamos:

En primer lugar, una disciplina física y nutricional estricta, realmente inédita para aquellos tiempos: nada de carne, solo caldos, leche, huevos, algo de mariscos, frutas y vegetales en cantidades muy limitadas. Una dieta como pocos son capaces de hacer hoy en día cuando tanto se habla y escribe de estas cosas.

Dos o tres horas diarias de equitación antes del desayuno y una breve siesta después. Baños completos con agua muy fría, casi helada, ¡todos los días! —¿Se imagina usted esto en los años 1500, y no nos referimos, por supuesto, a la temperatura del agua sino al baño?—. Masajes corporales y faciales con cremas hidratantes que ella misma preparaba y cuyas fórmulas, para contrariedad de nuestras lectoras, se han perdido.

Dormir lo suficiente en la noche y en una posición casi sentada, para evitar las arrugas en la cara supuestamente producidas por los pliegues y asperezas de las fundas de las almohadas y cobertores.

Mantener la ecuanimidad y serenidad en toda ocasión —lo demostró plenamente en sus días bajos, al morir el Rey— y dedicar tiempo a ¡la lectura! y la música para activar el cerebro. Y —y esto parece haber sido fundamental para su éxito— practicar asiduamente lo que hoy denominaríamos el sexo tántrico: unas habilidades que ella desarrolló (sus artes amatorias se comentaban, y envidiaban, abiertamente en la corte) y volvían loco al rey Enrique II, y quizás también —por qué no— desquiciaban a su rival Catalina de Médicis.

Señalábamos al principio de este artículo que Diana había sido una mujer extraordinariamente adelantada para su tiempo. Todo esto, e incluyamos sus capacidades empresariales que la convirtieron en una verdadera potentada, lo prueban. Podía haber sido, quien lo duda, una exitosa estrella de la farándula muy dueña de su destino.

Pero había algo más, un as en la manga, un secreto de belleza que solo ella conocía y que, aunque le permitió alcanzar la etérea y extraña belleza de su piel y su pelo, terminaría por matarla. Diana tomaba todos los días una dosis de un elíxir de oro metálico puro disuelto en cloruro de oro y dietil éter.

Esa piel traslúcida de una blancura casi cadavérica y esa mata de pelo claro tan fino como la seda más exquisita tenían su fuente en la anemia progresiva que la intoxicación crónica por oro le producía. Diana moría, poco a poco, de belleza.

De áurea belleza.

En el año 2008 investigadores forenses franceses (El equipo del profesor Philipe Charlier del Hospital Poincaré de París, publicado en el British Medical Journal) tuvieron acceso a algunos restos óseos y mechones del pelo de Diana, pudiendo así comprobar que lo que se contaba como un rumor tenía un fundamento absolutamente real. Los tejidos corporales de Diana de Poitiers contenían casi 500 veces más oro que lo habitual en una persona normal.

Oro y figura hasta la sepultura.


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