Actualizado: 21/11/2018 18:34
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Días de decir diciembre

Capítulo de libro de próxima aparición

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Diciembre me dicta cosas en la cabeza. No puedo evitarlo.

Es el mes en que nací. Un viernes 10, en 1971.

En el sobrecogedor hospital Hijas de Galicia, en Luyanó. Casi en la frontera de la Loma del Burro con la avenida de Porvenir, una raya caliente de chapapote que abre en dos la barriada de Lawton, entre basureros y escalinatas de lo que fuera alguna vez el reparto más hermoso en la historia de la humanidad.

No exagero. Así lo viví yo, de niño. Lawtonense de alma, lawtoniano de corazón.

Un paraíso de concreto, con pasillos vecinales como laberintos de luz, que se abrían al abismo de una Habana allá lejos, en el horizonte. Aunque ya no estábamos en La Habana. Pero aún no lo sabíamos.

Ya nos habíamos ido de Cuba, pero aún lo ignorábamos.

Una barrida barriada con sus fábricas sin chimeneas y sus chimeneas sin fábrica. Con gatos estrábicos que deambulaban de dueño en dueño por esas calles hechas de recovecos y baches, y cargadas también de una sabiduría y de una ternura accesibles únicamente para quienes nacieron, crecieron, y un día triste decidieron que no se morirían allí.

Pobres lawtonianos, pobres lawtonenses.

Lawton y su cine pobre precisamente “de barrio”. Lawton y sus pizzerías y sandwicheras. Sus círculos infantiles y sus iglesias que eran las más imponentes en las afueras de la ciudad, como ángeles de la guardia que formaban una frontera entre el campo agreste y la civilización habanera: ese don de urbanidad que ninguna otra aldea de Cuba nunca tuvo, ni nunca tendrá.

La Habana es La Habana y lo demás es bobería.

El resto de la Isla son áreas verdes, áridos vertederos. Nuestra agricultura es agria, pero es nuestra agricultura. Un asco, un atraso. Mientras diciembre se anuncia solo en nuestra memoria de civilitud.

Porque diciembre ya está otra vez aquí. En los inviernos del exilio.

Lo intuyo en el olor de la tierra. Es decir, en el recuerdo del olor al patio de tierra que sigue allá, en mi casita de tablas en Lawton. Allá lejos, allá atrás. Como quien dice, aquí mismo.

Diciembre era el perfume intacto de las flores y los insectos fornicadores de flores.

Diciembre rebotaba en el violento violeta de las orquídeas ahorcadas en un palo de naranja agria, limón podrido: dame un besito que yo te pido. Orquídeas acosadas sexualmente por una plaga de santanillas. La botánica es eminentemente una tarea de choque para los fanáticos del Title IX.

Acusa, acusa, que algo queda.

Flores con sus úteros necrosados de polen, así y todo floreciendo empecinadamente en cada uno de mis cumpleaños, tan pronto como empieza este mes.

Permítanme repetirlo: diciembre diez.

Permítanme repetir este inicio único como el clima de Cuba antes del totalitarismo castrista (porque hasta el clima de Cuba es hoy por hoy un desastre): diciembre me dicta cosas en la cabeza, no puedo evitarlo.

Diciembre somos tú y yo, en la soledad de un exilio cubano que uno a uno nos desapareció, obligándonos a permanecer como aparecidos. Espectros con pasaportes, cuerpos astrales sin ascendiente ni constelación.

En diciembre mi madre comenzaba con sus crisis de enfisema y su exceso de medicamentación. Ella siempre cree que en el próximo diciembre se va a morir. Supongo que ya nunca tendrá razón. Porque después de cierta edad, hasta la muerte se torna inmortal.

Tiene, mi madre, 82 años.

Pero es ella quien mantiene de pie las tablas machihembradas de mi casona centenaria de Fonts # 125, un búnker de la barbarie contra el comunismo y el comején.

A veces es exactamente al revés.

Mi casa es la única casa de Cuba que sigue siendo esta es tu casa, Fidel. Después de más de medio siglo de castrismo a cojones, nadie me puede pedir que yo sea otra cosa. No hay derecho a reprogramarme la existencia entera. Sería, además, muy cruel.

Ocurre, a veces, que es en diciembre cuando mi madre se cura de sus crisis de enfisema y su carencia de medicamentación. A sus 82 expedicionarios años, ella es la única que se mantiene de pie entre las maderas huérfanas del naufragio, a ras de la desmemoria y la muerte cubana al tutiplén.

Mi madre María que, como todas las madres cubanas, es también la madre de dios (que por cierto nació en diciembre, como yo).

Tin Martínez de dos pingüé.

Cúcara Lazo, títere fue.

Después del totalitarismo, mi pálida novia: la tristeza.

En los diciembres de Cuba, yo rompo a estornudar puntualmente al rayar el alba, apenas pego las plantas de los pies en el piso.

En invierno casi no duermo de madrugada. Me pongo insomne, híper excitable, acaso híper excitado también.

Los músculos erectos, empezando por el formidable falo. El faro que no ilumina ningún hogar de Orlando Luis Pardo Lazo, en la soledad adolescentaria de mis diciembres cubanos. ¿A dónde o a quién penetrar, para qué?

La sagrada circulación de mi sangre que, sabemos, uno de estos días me va a traicionar.

En los diciembres sin Cuba, sin embargo, nunca estornudaba ni medio moco pegado por la mitad. Sólo escribía y escribía, feliz como una lombriz. Toda vez gusano, ya somos para siempre gusanos. En la Isla escribía y escribía como un loco. Léase, como un elegido. Un ungido insular. Limitado únicamente por la velocidad de mis dedos, que me funcionaban como una decena de discos duros externos. Extremos.

Teclear era entonces mi mejor cerebro. Pensar como acto material.

Escribir era siempre escribir a mano, aunque usara el último modelo de computadora, donación de People In Need o la USAID o ambas. Y mientras más cosas yo escribía y desescribía en la Cuba de Castro, más hermoso y más vivo me sentía, en medio de lo feo y lo funerario del castrismo a la cubana.

Narrar como un recién nacido, como un niño dios de diciembres a ras de un pesebre proletario. El primero y el último de una raza que se está extinguiendo sin darse cuenta de nada. Como si mi misión respecto al cansancio de los cubanos fuera usar el lenguaje para despertarlos. Salvarlos. Liberarlos de sí mismos e incluso de mí.

Devolverles el sentido del Verbo, en tanto una Vida vivible en la Verdad.

Y perdónenme las mayúsculas, por favor. Esas dos V se me fueron. Pero se quedan así. Es un tic fascista al que no pienso por el momento renunciar.

Estos momentos maravillosos se llaman Belleza, y son la pura aceleración ingrávida. En instantes así vuelvo a recorrer de punta a punta aquella caverna entrañable de Fonts # 125, donde culmina el cuchillo de Beales y se desbarranca la escalinata de Córdoba. Donde, también, se anuncia el pasaje que pare o aborta a la Calle 10 (se lee así mismo: calle “diez”, y no calle “décima”).

En mis ojos color tiempo o color tarde, vuelvo a intuir el retintín de oro de un destello delirante del tigre que pude y casi supe ser. Mi elasticidad, más allá de la esterilidad y la estética. Mi carácter incorruptible. Mi conexión cósmica, justo antes de la caída y esta sensación de desierto a la izquierda del esternón.

Murmuro cosas incomprensibles, lo sé. Sé que maúllo dolores y colores que ya no tienen ninguna resonancia en nadie que haya nacido después de mí.

Me rasco la cabeza. Me admiro el glande.

Mascarones de proa. Proezas de provocador.

Nunca me afeito en ninguna parte. Tengo pelos viejos y enmarañados, con las puntas achicharradas por el sol suicida de la sin patria. Horquetas, horquetillas.

Me huelo los dedos y ese aroma me acompaña un poquito. Huellas digitales. Me toco entonces todo el resto del cuerpo. Sudor de calefacción. Perfume de piel. Anunciación del semen inminente. Luz grumosa, espumosa, vítrea. Increíble. Es el 2018 y todavía estoy vivo, estamos vivos.

Soy yo, yo sin ropas sobre una cama desconocida de los irreconocibles Estados Unidos de América.

Aquí no poseo ni mis propias palabras. Tal vez por eso mismo vigilo a los míos mansamente dormir. Con cautela de criminal. Los míos sí existen. Son mis muertos amados. Son todos ustedes y en especial eres tú.

Esta noche primera de diciembre, al borde ya del abismo, sé que soy el único cubano despierto en toda la historia del Estado y del Derecho nacional, esas dos decepciones.

Estoy abandonado a mi suerte, sí. En Saint Louis y en Lawton y en todas partes.

Los norteamericanos me han abandonado, por neocon. Los cubanos también todos se han ido: nunca estuvieron aquí. Se olvidaron de su hermanito menor. Le dieron delete al idealista idiota que cada noche jugaba a ser yo, mutando en el monstruo de las siete leguas que se aferraba a su lengua para sobrevivir.

Señor, yo sólo te pido que no dejes que yo me olvide del idioma español.

Mátame, pero no enmudezcas mi antiguo argot cubano.

Hazme un instrumento de tu lingüística. Con yoísmos y queísmos y todo lo que tú quieras, chico.

Hágase tu vocabulario y no el mío. Pero no me arrebates la paz perversa de mi vocubalario sin Cuba.

Quiero decir y no sé por qué. Quiero conectarme y no sé con quién. Pero en español, siempre en español.

El inglés es una mierda de lengua secundaria, utilitaria. Incluso los norteamericanos de hoy lo hablan como una cosa pasada de moda, como un lastre humillante perteneciente a un pasado opresor.

Intento oír la respiración de la noche cubana desde Central West End. Entiéndase, de la noche autonómica española de ultramar. Missouri, te amo. Pero no te atrevas a amarme de vuelta tú a mí. Missouri, miedo y madrastra.

Ni el menor sonido de invierno me da un indicio de que a esta hora existan allá afuera mi barrio, mi ciudad, mi país, mi historia, mi conato de irrealidad. Mi finca cubana. Mi norte del sur.

Vaho vacío. Bocanada, Habanada. Paisaje lunar no tan desierto como desertado. Destetado.

Belleza a pulso, por impulso. Instinto de lujo, qué luto.

Soy yo, Borges, soy la Helena con h de Horlando Luis Viterbo.

Camino del televisor a la laptop y luego al revés, de la laptop al televisor. Tecleo. Cambio los canales. Las retinas me arden de tanta retórica rota. La barba se me inflama de canas y también de un rojo medio escandinavo, escatológico y medio.

Envejezco en vivo ante ustedes, compañeros. Cojones, ¿es que no se dan cuenta? Narciso en el necrocomio. Se nos está agotando la arena de este tiempo de descuento que es el exilio exterior.

Un lugar donde el resto de los lugares se anulan.

Los cubanos de diciembre ya no tenemos ni dónde meternos, ni dónde esconder el culo cuando deje de ser un culo colosal. En portada.

El exilio lo único que aporta es un repingal de rincones donde caerse muerto. Porque cada pisada que damos es ya el sitio perfecto para colapsar.

Pienso en Lawton y me voy arrancando uno a uno los pelos de la barbilla. Son también largos y enmarañados. Hirsutos, hirsutillos. Se parecen a los pelos libres de José Martí. Pelos impúdicos, imprecisamente púbicos. Pendejos preciosos.

Es una costumbre de universitario tardío. Un tic nervioso o un don de depilación. Me arranco un pelo de la barba y…

Devenir Jotavich.

Jodidos, pero joviales.

Pensando en diciembre sin pensar en nada. Sin prisa, sin presión. A toda prosa. Con las ideas viniéndoseme encima a la burdajá. Como mujeres de otro. Ideas que me sobrevienen, inverosímiles al punto de lo intolerable. De lo inideable.

Juro por mi cordura sin cuerda que hace décadas yo estaba allí, en los diciembres sin decadencia de Lawton. Y que jugaba sin nadie entre aquellos muros de moho y aquellos muebles mullidos, estilo Renacimiento español.

Con un miedo sin nombre desde niño. Después, con pánico político cuando nos humilló el holocausto hueco de los noventa. Temblando de tedio y terror, ante la posibilidad de enfermarme y morir en Cuba. De hecho, en el verano cubano de 1992, me enfermé y casi morí.

Enamorado de todo y sin una pizca de amor. Fiel exclusivamente a mi propia infidelidad. Testigo de excepción en aquel escenario excepcional, donde genio es sinónimo de autodestrucción.

Juro que te estuve esperando eones.

Sí, a ti misma, claro. ¿A quién iba ser?

Por ti soporté la vulgaridad venática de la Revolución. Su infantilismo de retrasados mentales y minusválidos de alma.

Yo quería encontrarte a ti allí, mujer, maricona, en aquellos páramos suburbanos, donde todo era residuo imposible de reciclar. Yo quería que fueras tú. Y no otra gente. Y no pudo ser, siéndolo.

Yo quería que tú fueras cubana, comemierda. ¿A ver a dónde fuiste a parar? Y ahora ni siquiera sé si alguna vez llegaste o te fuiste. O si fui yo quien se cansó demasiado pronto de esperar que llegaras o te fueras tardíamente tú.

¿Qué nos queda? ¿Quién nos timó? ¿Cuándo ocurrió la metamorfosis?

¿En qué latón de sancocho escolar se fermenta la ilusión del relato que tú y yo debimos de protagonizar? ¿Quién interpretará el rol de un Trump tierno ahora, que sólo tú y yo podamos idolatrar?

La temperatura baja mucho por la noche en Saint Louis. Y sin avisar. Cataplún y hay ya menos tres o cuatro grados.

El mismo frío en los huesos de cuando yo cursaba tercer o cuarto grado en la escuelita primaria Nguyen van Troi.

Saint Lawton. Saint Landy.

Torna a colarse en mi estudio una frialdad funeraria desde mi jardín, donde no pastan los héroes sino el horror. Es un frío de rigor mortis que nos atraviesa el vidrio y el esternón.

No sé ve nada en el traspatio de Waterman Boulevard. Pero todavía veo muy bien lo que ya no se ve desde mi ventana sin vidrio del cuchillo de Beales y Fonts.

Devenir jardín.

Rosas raquíticas. Una plumeria desplumada. Una fila india de brujitas en flor. Espárragos de corsé.

Nuestra botánica tampoco pare mucho más. Tenemos un paisaje de céspedes. El horror cabe completico en herbario. La inocencia de los infames. El jardín de los Jotavich jodidos y joviales.

El techo gotea de tanta humedad. Huele a invierno de infancia. Nubes blancas de mi niñez decembrista. Camino, descalzo, de una punta a otra punta por las avenidas filopátridas de mi habitación de alquiler.

De ahí, aquella coriza cubana, cacho de cabrona. Estornudar es estar descalzos.

De ahí la tos seca del abuelo, que se me pegaba entre pecho y pecho. Es decir, entre pulmón y pulmón.

Un abuelo virgen que no alcanzó a engendrar nietos, porque sus hijos tampoco fueron engendrados. Un abuelito huérfano, como yo, que quiero darme lástima pero la lucidez no me deja.

1971, o el año de la esterilidad en los tiempos del Estado.

Se me crispa de tanto frío la piel. Se me coagula en la garganta todo este escepticismo invernal de días diez. Cumpleaños en clave de mis cadáveres amados, olvidados a su suerte en un osario de Cuba.

Ningún ritual me compensa. Todo es místico y mortecino. Nos hace falta un buen chorrazo de luz. Cuba es tan opaca.

Cada objeto en el exilio nos pesa como si fuera una tonelada. Cuba es tan compacta. Cuba quásar, Cuba casi.

Excitarse en el exilio nos deja como medio desahuciados. Como de costumbre. Venirse lejos de Cuba es un acto de temeridad terminal.

Teclear en diciembre, sin embargo, nos restaura cierta confianza de cripta. De cubanos encriptados.

Es la hora sin hora de la medianoche Missouri. Es el amanecer que no llega, ni tampoco se va. Todos los husos horarios cogen impulso y se clavan muy hondo en mí: un Cristo en crisis. Calvario conceptual. Aura de lucidez, de lubricidez.

Captura de pantalla. Captura de patria.

Voz en off, mente en on.

Sólo le pido a dios que diciembre no me sea indiferente. Que la reseca muerte no nos encuentre callados y sin haber dicho lo suficiente. Y que si un tirano pudo más que los cubanos, que los cubanos no lo olviden tan fácilmente.

Capítulo del libro Espantado de todo me refugio en Trump (Hypermedia, 2018), de próxima aparición.


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