Actualizado: 23/10/2019 9:47
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Distractor

El distractor, esa eficaz herramienta que actúa a favor de la desinformación desde los mismos inicios del fenómeno comunicativo

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Esperaba que la tormenta amainase, que con el paso del tiempo la atención decayese, que otro suceso acaparase el interés de la gente y borrase el bidón de la memoria colectiva. Tenía que estallar una guerra en alguna parte, un atentado terrorista sería casi mejor, con muchos muertos, muchas víctimas civiles para que la gente pudiera negar con la cabeza. Con ambulancias yendo de un lado para otro, el acero retorcido de una estación de tren o de metro, un edificio de diez plantas con la fachada destrozada, sólo así la indigente del cajero automático podría pasar a un segundo plano, convertida en un incidente, un suceso insignificante en medio de los grandes sucesos.

Confieso que me estaba aburriendo. Evito los bestsellers, pero a falta de una lectura de vacaciones, decidí comprar la novela del holandés Herman Koch, La cena, que a su tercera edición, superaba los 340 mil ejemplares vendidos.

Yo, francamente, me aburría, sin llegar a decepcionarme tanto como para cancelar la lectura. Pensé: Nada nuevo, una combinación de lo mismo mezclado con inteligencia y lenguaje (aunque traducido); la presencia a nivel familiar, de los síntomas que podrían agravarse en Europa a un corto plazo: esquizofrenia, fascismo, pérdida de la condición humana, en fin…

Así llegué, sin mucha emoción, a la página 146 de mi ejemplar, cuando di con el fragmento que inicia mi texto de hoy. No me cambió la vida, pero sí me reconcilió con Koch, a quien agradezco esa definición que por sencilla y sabida, sería deseable para cualquier retorcido teórico de los medios.

El distractor, esa eficaz herramienta que actúa a favor de la desinformación desde los mismos inicios del fenómeno comunicativo. A veces se distrae con otra verdad, a veces se magnifica un hecho de menor importancia, a veces se inventa una mentira. El distractor es un chicle, una goma de mascar que se construye y adapta a las necesidades del emisor: ¿que lo importante sería informar sobre lo que sucede en la frontera de México con Estados Unidos, pues hay declaraciones que indican que la DEA está lavando dinero allí en complicidad con delincuentes de este lado? Pues convocamos a una conferencia de prensa para revelar (tal vez el hecho iba a quedar en secreto, pero ni modo) cómo los servicios de seguridad abortaron la intención del Gadafi junior y familia de instalarse en México. Y ¡zas!, lo esperado, el público cambió de canal.

¿Están acusando a un presidente de intentar seducir a su hijastra, ella misma lo enfrenta? Hay que inventarle una enfermedad mental a la susodicha, porque él debe ser elegido para otro periodo. Se siembra la duda y muchos retroceden cuando ésta florece. Así es, así será.

¿Qué no conviene a los jóvenes entrar en contacto con lo que opinan los opositores dentro del país? Tan fácil como un golpe de timón: le abrimos un poco más el acceso a las noticias de afuera. Ni cuenta se van a dar de que eso era lo que antes prohibíamos.

Esa es la distracción, esos son los distractores, que en periodismo son esenciales herramientas para manipular la opinión. Hay gente especializada en ello, algunos se llaman consejeros, otros son comunicadores de alto rango, muy calificados, los más son los políticos cuyas ideologías no les permiten perder ni un ápice de lustre.

En plena Cámara de diputados se levanta un cartel que señala al primer mandatario como un alcohólico. ¿Qué hacemos? Esa noche no duermen los asesores. El Presidente está hecho una furia, como es su costumbre. La única comunicadora que dio a conocer el hecho es la más escuchada del país. Su destitución produce la nueva noticia que levanta una polvareda y ya el alcoholismo del jefe no es tema, pues la gente está en la calle pidiendo la restitución de su líder de opinión favorita. Asunto resuelto. Unos días después, la conductora reaparece en su puesto y el velo del triunfo frente a la censura oculta la nota de origen.

El distractor es un instrumento esencial del poder, que actúa sobre los medios de comunicación. El personaje de Koch es solo un padre que quiere proteger a su hijo a costa de lo que sea. Para salvarlo no repararía en provocar una guerra u otro de los sucesos que describe, pero él no tiene poder, únicamente deseos, profundos deseos. A través de este hombre que solo ve por los suyos sin que le importe nadie más, Kosh nos coloca frente a la posibilidad de aquellos que sostienen las riendas de un país. Ellos pueden hacer todo lo que describe Paul Lohman para limpiar su nombre o sus errores y de solo pensarlo el segmento sobrecoge, porque cada uno de nosotros sabe que estamos en esas manos. Solo hace falta una buena dosis de deshonestidad intelectual para ello. Una dosis única y abundante. Nada más.


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