Actualizado: 20/10/2017 18:43
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El “cubalse” maravilloso

Percances de una jaba de compras y su dueña

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Yisel era una muchacha encantadora, jovial y pícara, con una energía inagotable. Excitaba y contagiaba verla así, viviendo al máximo. Su pelo rubio natural cayendo en lengüetas y moviéndose constantemente por el modo nervioso en que se conducía; además de sus ojos azules siempre húmedos y aquella espontaneidad al hablar, que la llevaba a meterse con todo el mundo de una forma agresiva y jocosa a la vez. Todo ese cóctel de singularidades hacía de ella un atractivo espectáculo de la naturaleza.

Era imposible pasarla inadvertida y no había cosa que quisiera que no la hiciera al instante, porque de tímida no tenía ni un pelo. Todos sus compañeros y conocidos en la Universidad de Oriente de Santiago de Cuba, la llamábamos simplemente Yisi.

En el aula era intranquila y aunque no se destacaba académicamente, sacaba las pruebas con relativa facilidad. Yisi nunca tenía un novio serio y era de entender. La relación más estable que tuvo fue en primer año de la carrera, un año antes de esta historia. Fue apenas comenzando cuando dirigió su mirada hacia el edificio de los estudiantes extranjeros, que casualmente era el único que estaba pintado, en buen estado, con baños decentes y una sala de televisión llena de asientos esponjosos. Casi todos los extranjeros eran africanos y no sé si era debido al deseo de explorar nuevos horizontes raciales, pero casi todos se derretían por nuestras rubias y por coincidencia de la vida, a nuestras rubias le sucedía lo mismo con ellos.

Mientras caminaban por el pasillo, al frente del susodicho edificio, el cuello se les torcía por la curiosidad y al menor gesto estaban animadas por conversar con ellos, con un tremendo derroche de sonrisas. Acto seguido ya estaban de novias y, ¡créanmelo!, se veían de lo más enamoradas. Yisi rápidamente despertó el interés de varios de ellos y no tardó en aceptar a un angolano, alto y corpulento, que duró con ella tres meses a lo sumo, lo cual era un récord.

A Yisi le pasaba de todo y siempre llegaba al aula, o a la beca, contando una historia fantástica o dramática. Recuerdo cuando le arrancaron de un tirón la cadena de oro que le regaló su papá al cumplir quince años. Fue un jovencito en bicicleta que pasó como un zepelín por su lado, mientras bajaba por el Rectorado y casi la deja sin cuello.

En otra ocasión tuvo una pelea feísima con un hombre negro, inmenso y peligroso, que le quería vender un billete falso de divisa. Se atrevió a enfrentarlo y gracias a un policía que pasaba el delincuente la soltó y se escabulló entre las laberínticas callejuelas. Ese día llegó casi sin aire y no crean que contaba estos hechos como lo hago yo, ¡no!, ella los adornaba con decenas de malas palabras y aquel tono medio cómico. Era inevitable reírse, a pesar de sus protestas.

Pero un día Yisi llegó al grupo, como de costumbre, lista para contar su epopeya y ninguno de nosotros logró hacer siquiera una pequeña mueca que simulara una sonrisa. Al contrario, nos dejó pasmados y expectantes, locos por saber lo que le había ocurrido esta vez. En verdad lucía ser cosa muy seria. Su mirada estaba llena de ira, sus ropas rasgadas y sucias por tramos, y por su boca salían montones de injurias y obscenidades. Era evidente que algo grave le había ocurrido.

Resulta que esa tarde faltó al primer turno para comprar algunas cosas para su aseo personal (desodorante, jabón, etc.) en la tienda Fantasía, que en aquellos tiempos de inicios del período especial (1994) era la única que vendía en divisas en todo el Oriente cubano. O para ser más exacto, la única que vendía algo, porque las normales en pesos cubanos no ofertaban nada: estaban “peladas”. Los trabajadores jugaban parchís en los mostradores de tanto ocio.

La tienda en cuestión estaba, y aún está, en la Avenida de Sueño, relativamente alejada de la Universidad. Pero entonces era obligatorio ir a pie ya que no funcionaba ningún tipo de transporte público en toda la ciudad.

No todos podíamos darnos el lujo de comprar esas cosas para el aseo que hoy parecen normales. Yisi, sin embargo, hacía buen dinero vendiéndoles huevos de pato a los extranjeros, los cuales traía de su casa en Manzanillo. Según nos dijo, llegó a la tienda, se “jamó” la tremenda cola de siempre (repito sus palabras literalmente), compró lo que quería y salió disparada de regreso a la Universidad.

Pero cuando venía bajando la central y fue a cruzar la avenida que conduce a Yarayó, para seguir por la acera de la terminal interprovincial, un joven negro, bien corpulento, con una potencia muscular como para picar 600 arrobas de caña en una jornada, le arrebató el “cubalse” que traía en una de sus manos con su minúscula compra.

Por suerte y por desgracia a la vez el cubalse, como le llamamos nosotros los orientales a cualquier jabita de compras que sea de nailon, estaba enrolado en su muñeca. Como en aquella época las jabitas no tenían la mala calidad que tienen hoy día, aquel cubalse era irrompible y cuando el ladrón lo tomó bruscamente y salió disparado con toda su fuerza, Yisi no lo pudo soltar. Cayó en la calle atada por su muñeca derecha y durante unos 30 segundos fue arrastrada en plena avenida, por lo menos 10 metros, hasta que el delincuente se percató de que era imposible que ella se zafara o que el cubalse se rompiera.

Si llega a ser uno de los de ahora, no tardaba un segundo en romperse y Yisi no se hubiese dañado tanto. Son tan malos que en la tienda te echan un jabón y se sale por el fondo. Yo creo que con el nailon que hacían una jabita de las de antes hoy se hacen tres o cuatro, gracias a esa estrategia suicida de hacer más con menos. Pero aquella generación de cubalses era una joya en verdad y por ser una novedad de la incipiente economía de mercado, y por las carencias que había, los negociantes las traficaban desde La Habana y Santiago. Hasta los estudiantes las comprábamos para llevar los libros a la escuela y mucha gente hacía viajes largos con toda la ropa en un cubalse gigante a falta de maletas. Más allá de la necesidad, era tremendo “toque” en esa época. Muy fashion para los cubanos de entonces.

Nos contó Yisi que se paró lentamente, consternada por lo ocurrido y preocupada por si un vehículo a exceso de velocidad terminara atropellándola, para completar su desdicha. Aquella esquina es peligrosísima, pues hay una curva y los que vienen tienen poca visibilidad. Cuando logró incorporarse, se percató de que estaba rodeada de gente, que lejos de ayudar solo miraban. Lucían igual a los periodistas de las películas, que por estar absortos en cubrir la noticia se olvidan de auxiliar al dañado. Tuvo entonces conciencia plena de que mientras fue atacada, muchos miraban y nadie ayudaba. Fue por ello que los apartó con blasfémicas e iracundas palabras, que no puedo repetir aquí por decencia.

Yisi se pasó varios días luciendo un buen remellón en el codo y antebrazo derechos, y observando en su taquilla la ropa rasgada que nunca más pudo usar. Lo más gracioso de todo, o tal vez lo único, es que dos o tres días después, mientras hablábamos de este asunto en el aula, en uno de esos intermedios que se dan entre turno y turno de clases, una de nuestras compañeras le comentaba con dolor lo mucho que lamentaba que el cubalse no se hubiese roto, ya que así no hubiera sufrido semejantes heridas. De súbito Yisi, con su magistral espontaneidad, le dijo: “¡Tú estás loca!, gracias a Dios que el cubalse no se rompió, la piel se recupera, pero el dinero no; bastante trabajo que pasé para conseguirlo”.

¡Era increíble aquella muchacha! Todos nos quedamos boquiabiertos por unos segundos y después soltamos al unísono grandes carcajadas. Solo Yisi podría reaccionar así; solo ella era capaz de tener una interpretación tan pragmática de los sucesos. Resulta que para ella aquel cubalse tan fuerte no fue un obstáculo para librarse de una buena arrastrada en plena calle; por el contrario, fue el salvador de su preciada mercancía frente al joven ladronzuelo. Los remellones, ¡bah!, poca cosa, ¡pequeños daños colaterales!

En resumen, la valiosa mercancía fue salvada y todo gracias a ese “cubalse maravilloso”; que dicho sea de paso, pertenece a una generación de jabitas infelizmente extinta.


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