Actualizado: 18/06/2024 0:16
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Literatura, Cuba, Costa Rica

El heredero de las abejas

Tres en una taza, de Froilán Escobar, es una novela en que el lector se va en cada página

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“Ocurre.
Ahora.
La ciudad se me va”.

Así empieza Tres en una taza, de Froilán Escobar, escritor, periodista e investigador cubano costarricense nacido en San Antonio de los Baños en 1944. Comienza abruptamente, como la vida, como un parto, como el primer parpadeo de un recién nacido. Así nos ataca esta novela de la locura, de una irrealidad tan apabullante, que nos aplasta contra la realidad.

Comienza con un viento atroz, tan fuerte, que es capaz de arrancar a los edificios y a las personas de sus raíces. Que es incluso capaz de llevarse una isla entera hacia “donde no se sabía”.

Pero el autor nos engaña: no son los personajes solamente, no es solo La Habana, no es solo la revolución y sus cenizas, no es solo todo el Caribe contra las voces ahogadas en El Malecón, es también el lector el que se va en cada página, el que se deshace en grumos línea tras línea. Y, de paso, nos regala un viaje inusitado, con el boleto de regreso arrojado por la ventana de la guagua.

Y es tan fácil pensar que el viento es uno solo. En su novela, Escobar crea una ventolera múltiple, o, quizás, sería más preciso decir que construye un aire de muchas voces que se lleva las personas y las cosas, a medida que la mirada salta y brinca y se arrastra y llora y grita y susurra entre los callejones de los párrafos.

No es el mismo viento el que pasa por la enorme figura de Lezama Lima, inmenso, como diría Whitman. Es también un viento distinto el que se lleva a una vieja mientras sostiene un gajo de paraíso. No es la misma bocanada la que golpea a ese joven periodista que enviaron a la construcción por escribir un homenaje al Che, en el que el Che era más humano de lo que decían los panfletos. “Diversionismo ideológico”, nos dice la irrealidad real de la novela.

Escobar es un heredero de las abejas. El libro se abre (o nos abre) y las palabras no se siguen unas a otras, sino que se entrelazan formando un panal barroco a punta de lenguaje.

En el prólogo a la edición de 1954 de Historia Universal de la Infamia, Borges escribe: “Yo diría que el barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades”.

Pues bien, en esta novela, Escobar lleva al paroxismo los recursos narrativos que han hecho de su novelística una de las más originales y retadoras de la literatura costarricense.

Estamos aquí ante un estilo que no se guarda nada. La contención no forma parte del universo de Tres en una taza ni de quien la escribe. Lo suyo es la polifonía, la polisemia, el desborde de todos los bordes.

El autor ha suplantado a Orula en su tarea de la adivinación. Arrojó todos los caracoles sobre las páginas y ha parido una novela donde cabe todo: lo hermoso y lo grotesco, el humor y la solemnidad, la irreverencia y el respeto, el sexo y lo espiritual, el cristianismo y el yoruba, la poesía inusitada de un peón y las formas elegantes del soneto. Se trata de un juego de opuestos que, en el intento de imitar la vida, se convierte en la vida misma: la reinventa desde una oralidad que es tesis y antítesis de la palabra escrita.

Ese, es el primer asombro. Este escritor irreverente (si es que se puede ser escritor sin irreverencia) no tiene un especial aprecio por los argumentos, y no le importa asesinarlos, para que las imágenes encuentren su propio espacio en la arbitraria medida de 21 x 13 centímetros de sus páginas. Y, aun así, como hemos visto, sí apetece de las paradojas: no renuncia a contar una historia, solo que lanza una mirada sobre la realidad, y lo que sucede es una explosión que estalla en múltiples miradas. Tal es la consecuencia de ver como las abejas.

Tradición y ruptura se confunden en el espacio tiempo de su universo literario.

Así que Tres en una taza te socava, te aturde con ese hermoso temblor, que es el aleteo de la mariposa sobre el pubis de B, la mujer protagonista.

Es algo físico, porque todo lo que sucede en la novela atraviesa transversalmente los cuerpos de sus personajes. Mientras que para Milán Kundera la intimidad protege la desnudez de una exposición pública que aliena el yo, para nuestro autor, el cuerpo, en sus desnudeces y ropajes, es afirmación de un yo plural, y en esta novela se llega hasta las últimas consecuencias de esa pluralidad que nos construye.

Escobar destroza alegremente la dualidad aristotélica entre cuerpo y alma. Los cuerpos no solo sufren la peripecia, también construyen el relato. En un poderoso ejercicio de lo onírico que atraviesa toda la novela y se transforma en realidad, los giros imposibles del cuerpo van con sus jugarretas transformando a los personajes y al propio mundo textual:

“Sus dos ojos, como dos pájaros, volaron de su cara. Y ahora, desde el otro extremo del viaje, piaban, aullaban, te llamaban”, podemos leer.

Pero, como ya vimos, el barroquismo del autor no guarda mesuras en su escribir. Estira sus recursos narrativos hasta que se rompen y desencadenan otras realidades que se inscriben en la geografía de los cuerpos. Una prostituta, o, como más cadenciosamente llaman en Cuba, jinetera, pierde la mano derecha por un golpe de la guagua, y llega a pegarse al pecho del protagonista.

Mano femenina y pecho masculino entablan una dialéctica extraña, en la que el humor y lo grotesco conforman un solo sentir, un solo mirar: risa y mueca de repulsión son tan solo dos caras de los seres múltiples que en realidad somos todos.

Lo onírico se desenfrena y trasciende los cuerpos, y de aquí viene el segundo asombro. La guagua se vuelve, al igual que el pecho y la mano fundidos, una dialéctica entre lo que arremete y lo que se queda, entre la mole de metal y las casas de La Habana que pronto dejarán de ser.

Mientras que en otras novelas lo onírico es reflejo convexo de la trama, o una realidad paralela de lo sucedido, en Tres en una taza, el sueño detona la realidad. No hay siquiera un esfuerzo por separar lo soñado de los sucesos que viven los personajes. Esas líneas fronterizas son inútiles cuando la novela está sumergida en el aire enrarecido de una ventolera que todo se lo lleva, incluyendo, como ya dijimos, al que lee.

Todo sucede, aquí, ahora, es la armonía que amalgama cada una de las líneas. Confusión de lugares y tiempos. Las palabras se convierten ya no en signos, ya no en imágenes, sino en todo esto a la vez. A través de esa respiración tan propia de la poesía, el autor nos lleva a caballo entre la sugerencia y lo concreto:

“Abordaste la guagua con ese extraño sabor a reminiscencia”, escribe, mientras logra un equilibrio entre lo conceptual y lo descriptivo, entre la reflexión filosófica y la metáfora. La desmesura, el caos, también tienen una belleza interna que sustituye todo principio ordenador, parece decirnos, con una sonrisilla de guaguancó, este autor amante de la incertidumbre.

La aparente falta de estructura de la novela es eso, precisamente: apariencia. Porque en la literatura costarricense contemporánea, podría parecer caótica una novela sin capítulos, sin siquiera unos lindos asteriscos o espacios entre los párrafos, para indicar un salto temporal o un cambio de temática.

Tres en una taza tiene, en esa vocación de hoyo negro donde el tiempo y el espacio se doblan, un orden interno, que es el orden de la poesía. El tiempo y el narrador pueden variar en el giro de una frase. Una vuelta de timón del conductor de la guagua te puede llevar, de forma inusitada, a otro de las docenas de personajes, sin que nunca te abandone esa extraña sensación de que mientras leés, otro relato sucede simultáneamente un párrafo más abajo.

Es inútil hacer trampa, saltar hasta la última página y fisgonear el final. Eso no nos dirá nada. La historia, que es en realidad muchas historias, salta hacia el lector a medida que este avanza. Puede que, incluso, en una segunda o tercera lectura, te des cuenta de que la ventolera se ha llevado la primera versión que leíste, y tenés que empezar a releer con nuevos asombros.

Ese nivel de experimentación que no veíamos desde el boom latinoamericano, ese afán por el riesgo, esa actitud valiente de no abandonar la poesía mientras se hace prosa, hacen de esta novela un hecho inusitado en el contexto de la producción literaria de nuestro país.

Porque el hecho de que la historia transcurra en Cuba no la hace menos costarricense. La Habana que ha construido Froilán Escobar es tan nuestra como San José, como Liberia, como Puerto Viejo, como el Simírí Ñák cabécar de Talamanca.


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