Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Pintura

El Maestro a los 91

Roberto Estopiñán ha sobrevivido pobreza, tiranías, la lucha contra Batista, y sigue tratando de sobrevivir el exilio contra los hermanos Castro

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A finales de la década del 40 y principios de los 50, apareció con gran fuerza la buena escultura moderna en la Isla de Cuba: Eugenio Rodríguez, López Dirube, Rolando Gutiérrez, Rodulfo Tardo, Núñez Booth, Roberto Estopiñán, Agustín Cárdenas y Tomas Oliva fueron sus creadores. Casi todos habían estudiado con Juan José Sicre en la academia de San Alejandro. Solo uno de estos escultores está vivo y sigue trabajando hoy en día con 91 años: Roberto Estopiñán. Él se queja de que su memoria le está fallando, que necesita de aparatos para oír, y que ya no puede recitar versos enteros de “La joven parca” de Valéry. Lo que no menciona es que todos los días hace un dibujo que comienza temprano y termina de noche, y que sigue tallando y modelando esculturas en escalas modestas.

Ha sobrevivido pobreza, tiranías, la lucha contra Batista, y sigue tratando de sobrevivir el exilio contra los hermanos Castro. Vive fumando tabacos, tomando café y el alimento para mayores llamado Ensure. Todavía relee a Camus, a Simone Weil y a Orwell y sin pena alguna te dice que Lezama, Lydia Cabrera y Carpentier eran unos oportunistas y elitistas de primera orden.

Nació en La Habana (no en Camagüey como erróneamente se lee en el catalogo del Museo Nacional de La Habana) el 18 de marzo de 1921 de madre mestiza y padre de origen asturiano. Recibió sus primeras clases de arte en el Centro Asturiano, y más tarde, a los catorce años, fue apadrinado por el pintor Armando Menocal, director de la Academia de Bellas Artes, el cual con un permiso especial le permitió asistir a la academia. Durante sus primeros tiempos en la academia fue protegé del paisajista romántico Antonio Rodríguez Morey, más tarde fue discípulo y asistente predilecto del escultor Juan José Sicre.

En la academia Estopiñán aprendió a dibujar y grabar, modelar y tallar. Pronto se liberó del academicismo y ya en 1948 realizó (durante un viaje a México, donde trabajó en el taller de su amigo Francisco Zúñiga) una serie de esculturas en cerámica donde la forma femenina era sensual y lírica, lejana de lo meramente descriptivo. Durante los años 1948-51 sus piezas en yeso directo recuerdan el neo-clasicismo mediterráneo de Maillol, mas en estas se evidencia una evolución hacia la abstracción de las formas. Los siguientes años (1952-60) son de gran experimentación técnica (talla en madera, soldadura directa, grabados en metal y monotipos); las formas se depuran, adquiriendo una monumentalidad serena. Estopiñán absorbe las lecciones de Henry Moore, Julio González y Marino Marini, pero las transforma y convierte en su propio vocabulario plástico.

A partir del golpe de Estado de Fulgencio Batista, su activismo político se acelera y participa en las acciones del Directorio Estudiantil. En 1953 envía su talla directa Maqueta para el monumento al preso político desconocido al concurso del mismo nombre a la Tate Gallery de Londres. Resulta ser el único finalista de Latinoamérica, y comparte este honor con gigantes de la escultura moderna como Antoine Pevsner, Ossip Zadkine y Alexander Calder. Esta pieza muestra la originalidad formal de Estopiñán; su uso de formas abstractas para evocar un cuerpo tras las rejas sin caer en la ilustración ni el panfleto, y al mismo tiempo plantea una temática que será constante en su trabajo: el preso político.

Después de servir al nuevo régimen revolucionario en el servicio diplomático, se desilusiona en torno al giro dictatorial del Gobierno y se asila en 1961. El trauma de la revolución traicionada y el vacío del exilio provocan una obra desgarradora en Estopiñán. Vuelve a la talla en madera y a la soldadura con clavos y trozos de hierro. De estas técnicas salen sus Guerreros, Presos y Calvarios, series en las que las formas son brutalmente expresionistas, rotas, adoloridas, logrando una intensidad emocional comparable solo a los portales románicos y las figuras del tallador alemán Ernst Barlach. Su producción gráfica es de gran intensidad en este período, creando plumillas y aguadas y grabados en metal. A finales de los años 60 su agotamiento psíquico con estos temas devastadores, lo lleva hacia las series orgánicas y apolíticas como las Parcas y Mundo Interior. La sutileza y la sensualidad definen estas nuevas piezas. Su trabajo es constante y depurador. No se deja seducir como muchos por la última moda y mantiene su lealtad a su personalísima visión.

A finales de la década del 70 sus formas se vuelven mucho más abstractas y es de este proceso que eventualmente salen sus extraordinarios Torsos. Ya para entonces el critico José Gómez Sicre afirma que “Estopiñán es, junto a Sicre y Lozano, parte de la trinidad que define la escultura moderna en Cuba,” y el escritor y activista Carlos Franqui comienza a definir sus torsos femeninos como “huesos eróticos que en su desnudez huesuda siguen siendo sensuales”. Zoé Valdés nos enmarca los torsos de Estopiñán como formas de buenas hembras cubanas cuyas siluetas son un danzón visual que nos excita.

Estopiñán ha estado depurando la forma de estos torsos desde finales de los 70. Lo sigue haciendo hasta hoy en día. La vida de su escultura ha sido, como lo fue para Miguel Ángel y Bernini, una batalla constante con las formas, donde hay que sacarle vida a la materia y por las formas encontrar y liberar su espíritu. Esta batalla es amorosa, su visión artística guía sus manos al modelar o tallar, a sacar de la bruta nada de una piedra o trozo de madera, del barro que somos todos, una forma que refleje al ser humano, una forma que sea auténtica, muchas veces difícil y dolorosa. Su escultura sintetiza lo más audaz de la abstracción con lo más profundo del humanismo. Y en el corazón de su obra está su compromiso con la dignidad del ser humano, ese reflejo de la creación divina. Sus esculturas, dibujos y grabados son testimonios de una vida dedica al arte como un llamado profundo que va mas allá de las últimas modas y “carreras” de comercio.

Ahí esta, en Miami, medio sordo y un poco olvidadizo, pero todavía dibujando y esculpiendo. Como diría Unamuno: “Nada menos que todo un hombre” y yo añado, apasionadamente dedicado a la escultura.


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