Actualizado: 20/11/2018 18:13
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El Newseum, dos fotos y la historia de la Historia

Una visita al museo de la prensa en Washington D.C. y dos instantes de la historia de Cuba

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Es muy probable que Washington, la capital imperial, constituya el almacén cultural más grande de todos los tiempos. No es una ciudad proclive a la creatividad, ni tiene la intensidad del constante movimiento económico e intelectual de Nueva York o de Chicago, pero en unas pocas cuadras uno puede caminar de la National Gallery of Art, al Hirshorn Museum of Art, al Smithsonian, al Natural History Museum y a la Biblioteca del Congreso, entre tantos otros, con entrada gratis, y tiene al alcance de la mano un volumen impensable no solamente de la cultura occidental, sino de todas partes y todas las épocas. Todo ello entre la Casa Blanca y el Congreso de Estados Unidos, donde se toman las decisiones políticas que más afectan a todos los rincones del planeta. Entre todos estos edificios de arquitectura similar (excepto por el ala este de la National Gallery, diseñada en 1978 por I. M. Pei), se encuentra el Newseum.

Fundado en abril de 1997, con el aporte de varias organizaciones de prensa, entre ellas la Corporación Hearst, la familia Ochs-Sulzberger dueños del New York Times, Time Warner y la Fundación Knight, el Newseum es un museo dedicado a la historia del periodismo americano y en relativa menor escala, al periodismo en todo el mundo. Su misión es promover, explicar y defender la libre expresión y las cinco libertades establecidas por la Primera Enmienda.

No fue hasta abril de 2008, que se inauguró el edificio que ocupa actualmente, una estructura de arquitectura contemporánea, de seis pisos con la Primera Enmienda inscrita en su pared frontal. En su interior hay siete niveles llenos de exhibiciones interactivas, quince salas de teatro, doce galerías y dos estudios de transmisión. Es prácticamente imposible ver mucho en un solo día. La entrada cuesta unos veinticinco dólares y vale por dos días, pero uno puede salir exhausto de una visita a esta moderna mole con una distribución de pasillos y elevadores que puede ser laberíntica.

Aprovechando un tiempo libre durante una reciente estancia en la ciudad, me dirigí al Newseum. Mis objetivos eran muy específicos. Me parecía oportuno visitar un museo dedicado al periodismo en un momento crucial de su historia, cuando ha alcanzado uno de sus más bajos niveles informativos, la prensa se ha vuelto desvergonzadamente partisana y el presidente de Estados Unidos la ha declarado como “enemiga del pueblo”. Transitamos tiempos difíciles. También quería visitar la sección dedicada a la caída del Muro de Berlín, con su inmenso fragmento de pared (aunque ya he visto otros más pequeños en Nueva York), algo que siempre me conmociona. Pero mi principal objetivo era rendirle un homenaje personal a mi recién fallecido amigo Alan Díaz, para ver dónde ubicaban la foto que tomó de los agentes de inmigración apuntando a un aterrorizado Elián, que llora asustado en brazos del pescador que lo había rescatado en el mar meses atrás, y que le valió el premio Pulitzer de fotografía en 2001. Quería asistir con silencioso respeto al mausoleo que nunca tendrá.

No me tomó mucho tiempo encontrar la foto. A la derecha de la taquilla hay un pasillo que lleva directamente a la exhibición permanente de los Pulitzer de fotografía y ya desde lejos se puede ver la foto, una de las primeras que uno enfrenta en el mural que se encuentra al entrar en la galería. Alan tomó la foto en la primavera de 2000 y al año siguiente le fue concedido el premio.

De todos es conocido el hecho. Luego de meses de un amargo conflicto entre la administración de Clinton, el Gobierno de Castro y la comunidad cubana, lleno de manipulaciones, batallas legales, intrigas y trampas, el niño que perdió a su madre en el estrecho de la Florida y que había llegado a las aguas americanas “escoltado por los delfines”, quien se había convertido en un mito para las dos orillas, iba a ser retirado a la fuerza, de la custodia de sus familiares en Miami, para ser devuelto a su padre y consecuentemente a su abuelo putativo, el comandante supremo.

Alan trabajaba entonces como freelance para la Associated Press, cubriendo todo tipo de eventos. Por semanas entró y salió de la casa de la familia de Elián, se ganó su confianza y prácticamente acampó en sus jardines. Avisado de que inmigración estaba próxima a actuar, Alan entró a la casa. Tras un par de horas, se encontraba en el cuarto donde Donato Darlymple, uno de los pescadores que lo había rescatado en altamar, cargaba a Elián y se escondían en un clóset. Desde la cama Alan, siempre con la cámara en mano, consolaba a un asustado Elián que no paraba de llorar. En eso entraron los agentes de inmigración en traje de batalla y abrieron la puerta del clóset. Alan comenzó a disparar con su cámara y pudo captar todo el ímpetu del momento. Estuvo en el lugar adecuado, en el momento oportuno.

Es cierto que una imagen vale más que mil palabras, pero también todo depende del ojo que mira y su bagaje informativo y cultural respecto al momento captado que enfrenta. La imagen que logró Alan, se convierte en obra de arte y testimonio histórico, más allá de sus intenciones. Está, por lo tanto, sujeta a múltiples interpretaciones.

Seguí mirando el resto de las fotos del mural y entonces me llevé una gran sorpresa. El premio Pulitzer de 1960 era la foto de un sacerdote dándole la extremaunción a un hombre pobremente vestido, arrodillado frente a él y rodeado de barbudos armados, también en traje de batalla, listos a apretar el gatillo de sus fusiles. Uno incluso se ríe. Aunque desconocía la foto, inmediatamente reconocí que se trataba de Cuba, durante los popularísimos juicios sumarios y consecuentes fusilamientos, tan apoyados por el populacho al entusiasta grito de “¡Paredón!”. La foto me conmovió por la miseria humana que mostraba. El hombre, que puede que haya de verdad asesinado a alguien, se veía en lo más profundo de su desesperación, impotente ante la embestida de fuerzas irracionales que lo iban a eliminar. El sacerdote cumpliendo con su función y los militares también esperando a cumplir las suyas. La imagen duele, pero de nuevo, todo depende del ojo que mira.

El autor de la foto (en realidad una serie), fue Andrew López, quien nació en Burgos, pero fue traído a Estados Unidos a los cuatro años de edad. La United Press International envió a López a La Habana para cubrir la llegada de Castro, pero estuvo en muchas otras partes. Esta foto la tomó el 17 de enero de 1959, en el patio del Castillo de San Severino en Matanzas. El hombre arrodillado es el cabo José Cipriano Rodríguez, también conocido como Pepe Caliente, quien unos minutos antes había sido sentenciado a muerte por el entonces capitán William Gálvez (muy pronto ascendido a comandante por su labor en los juicios sumarios y más tarde encumbrado como “Comandante de la Revolución”), en un juicio que duró menos de dos minutos, en el cual Gálvez era juez y fiscal y no había defensor, acusado de matar a dos hermanos. El sacerdote es el padre Domingo Lorenzo, quien fuera párroco de Matanzas. Los barbudos no son más que los rostros genéricos del horror que se avecina.

Cuenta el padre Lorenzo, que, tras encontrar culpable a Cipriano, Gálvez gritó, “¡a fusilarlo!”, y dijo “es más, lo fusilo yo mismo, denme el Garand” y lanzó al reo escaleras abajo, hacia el patio. El padre Lorenzo le administró la extremaunción y lo acompañó al paredón de fusilamiento, le fue a vendar los ojos, pero Cipriano rehusó. Minutos después apareció Gálvez ante el pelotón de fusilamiento y suspendió la ejecución. “Lo mato mañana” dijo, como si se tratara de un cordero.

Juicios sumarios y fusilamientos masivos, apoyados por el pueblo y la intelectualidad. Los recursos legales ignorados por el fervor de las masas y la cómplice brutalidad del gobierno incipiente. Lo que comenzó con sangre, no lo imaginábamos entonces, tenía que seguir con sangre y con abuso de poder. La foto, vista en perspectiva, era un presagio inequívoco.

Recuperado de las emociones que me suscitaron las dos fotos, pasé a ver la exhibición del Muro de Berlín, preguntándome cuántos de los que me rodeaban habrían tenido experiencias similares o podían entender a cabalidad lo que presenciaban.


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