Actualizado: 26/11/2022 10:59
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Gaspar Noé, Cine, Arte 7

El ocaso filmado

El único defecto de Vortex es que, a ratos, resulta demasiado predecible y uno se asfixia un poco esperando que suceda lo que ya se sabe que va a suceder

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El director franco-argentino Gaspar Noé (Buenos Aires, 1963), saltó a la fama mundial con su segundo filme, Irreversible (2002), por una secuencia de unos diez minutos en la cual Mónica Bellucci es violada frente a la cámara. Es un filme violento, crudo y desafiante. A Noé se le catalogó como parte del Nuevo Extremismo Francés, un término acuñado por el crítico James Quandt para agrupar a los directores franceses que a principios del siglo XXI realizaban filmes transgresores y que ponía en el mismo saco a Bruno Dumont, Francois Ozon, Claire Denis, Catherine Breillat, Virginie Despentes, Leos Carax, Patrice Chereau y Bertrand Bonello entre otros.

Los filmes posteriores de Noé, como Enter the Void (2009), Love (2015) y Climax (2018), son exploraciones de los límites del cuerpo humano y las trampas mentales que se derivan de ellos. Fueron también indagaciones artísticas contraventoras muy interesantes, pero que no cumplían sus objetivos estéticos. Su intencionada escisión de la narrativa para acentuar técnicas visuales novedosas, no trascendía el experimento. Pero valía la pena. Noé se convertía en una especie de Godard para este siglo. No puedo dejar de mencionar su descalabro con el segmento Ritual, de la película 7 días en La Habana (2012), en el cual, tras un buen inicio, parece quedar fascinado por el “color local” y el corto deriva en un tedioso folclorismo con asombro paternalista.

Noé (quien, a pesar de vivir en Francia desde los trece años, no es ciudadano francés) sufrió una hemorragia cerebral en 2020, que lo puso al borde de la muerte y que según él mismo cuenta, le sirvió de inspiración para su filme más reciente, Vortex, un filme excelente que se encuentra entre los más deprimentes que he visto en mi vida.

Vortex trata sobre los últimos meses (el tiempo que transcurre no está bien definido en el filme) de un matrimonio de intelectuales franceses, ella es psiquiatra y padece de Alzheimer (aunque tampoco se nombra en la cinta, solamente se refieren a esta como “una enfermedad muy conocida”, pero los síntomas son evidentes) y su esposo, un escritor especializado en cine. Aunque sus nombres nunca se pronuncian, Noé sí insiste en que sepamos sus fechas de nacimiento. El en 1940 y Ella en 1944. Que son, además, las verdaderas fechas de nacimiento de los actores.

Son personajes que, debido a su edad, quedaron siempre en un nivel fronterizo. Muy viejos para ser de la generación de Mayo del 68 francés, pero suficientemente jóvenes para ser la parte madura de la misma. Son soñadores a destiempo. Sus gustos se van mostrando por los paneos que la cámara hace alrededor del apartamento, que está atestado desordenadamente, de libros y afiches muy definitorios. Son “adultos de la flor”, atrapados entre la izquierda tradicional francesa y la Nueva Izquierda. Tienen un hijo que es un drogadicto en perenne recuperación.

El filme nos envuelve en su caótica cotidianidad. Ella se pierde por las calles de su barrio y El se envuelve en un libro sobre el cine y los sueños que está escribiendo y en comunicarse con su amante de muchos años, que no le devuelve sus llamadas. Ella se escribe sus propias recetas y confunde sus medicinas con las de él, que tiene problemas cardíacos.

Desde que el filme comienza con el video de la bella pero lúgubre canción Mon Ami la Rose, de esa cantante verdaderamente icónica del rock y la balada francesa de los 60, Francoise Hardy, el primer gran éxito de crossover, la cantante que definió a una generación en Europa, musa de Courréges, St. Laurent y Paco Rabanne, sabemos que todo irá, dramáticamente, de mal en peor.

Vamos a observar la rápida decadencia de dos viejos pánicos (y este filme tiene, quizá sin saberlo, muchas conexiones con la obra de Virgilio Piñera), en su camino hacia la muerte. El desenlace fatal de una pequeña familia que no logró producir nada memorable, a pesar de lo que parece haber sido una vida llena de sueños y promesas. Mucho le encontrarán vínculos con Amour, esa joya de Michael Haneke, y en cierta medida las tiene, pero Vortex hace lucir a Amour como una comedia.Noé es despiadadamente crudo.

Noé narra usando la pantalla dividida, en relativamente largas secuencias que inicialmente parecen paralelas, pero finalmente intersectan. Este recurso multiplica la fuerza narrativa del filme y da un giro diferente a su minimalismo. A su vez, maneja el color de manera contrastante incluso en la pantalla dividida, mostrando en momentos, el mismo plano, desde dos puntos de vista diferentes y con dos estados emocionales contrapunteados.

Las actuaciones de los tres protagonistas son impecables. Dario Argento, el maestro del horror kitsch italiano de los 60 y 70, en su primer papel importante, a sus 81 años, está impresionante como el Padre, mientras que la legendaria (y aquí se aplica bien este término tan abusado últimamente), Francoise Lebrun (La Mére et la Putain), desempeña con un minimalismo histriónico perfecto, el papel de la Madre, un espectro perdido en su propio laberinto, que ya no reconoce. El actor y director Alex Lutz (Guy, 2018) se desenvuelve con sinceridad en su personaje de Stephane, el hijo.

La fotografía de Benoit Debie (Irreversible), se convierte en un actor secundario imprescindible. El único defecto de Vortex es que, a ratos, resulta demasiado predecible y uno se asfixia un poco esperando que suceda lo que ya se sabe que va a suceder, solamente queda por saber el cómo.

Vortex (Francia/Bélgica/Mónaco, 2021). Guion y dirección: Gaspar Noé. Director de fotografía: Benot Debie. Con: Dario Argento, Francoise Lebrun y Alex Lutz. De estreno limitado en las ciudades más importantes de Estados Unidos.


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