Actualizado: 20/10/2017 18:43
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El otro Paraíso

Sobre la búsqueda errónea del Paraíso

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No había más que cerrado la puerta y se disponía a sentarse de vuelta en su silla, cuando los primeros murmullos del siguiente grupo comenzaron a llegar desde la lejanía. Alguna catástrofe horrible debe de estar ocurriendo para que sigan llegando tanta gente tan seguido, se dijo a sí mismo sorprendido. Habían días en que por alguna razón apenas si llegaba alguien; un par de ancianos centenarios a los que el cuerpo no les había dado más, el suicida común que se lanzó de un sexto piso para escapar con su alma del cuerpo malagradecido, las víctimas magulladas de algún accidente fatal de tránsito, preguntando sorprendidos si realmente estaban muertos o algún fumador empedernido, dudoso aún de que fumar realmente dañara la salud. Esos eran los que él llamaba casos de rutina, pero habían días como aquellos últimos en los que no paraban de llegar grupos numerosos, unos tras otros, con apenas unos pocos minutos entre uno y otro. Se matan sin compasión, se lamentó en silencio mientras los veía a lo lejos ir apareciendo entre las nubes. Él nunca les preguntaba nada porque sospechaba que la verdad podría ser bien desagradable y traumática, pero muchas veces no podía ignorar que a diferencia de los muertos habituales, estos venían mutilados, hambrientos, perdidos en la rabia de la injusticia, tapándose con las manos los huecos de las balas en un cuerpo que igual ya no tenían.

Una vez que estaban cerca de la puerta, él se paraba de su silla para abrirles los brazos y recibirlos, enderezando con la punta de sus labios una sonrisa estoica que rayaba en la compasión, sabiendo de lo traumático de estar allí. Cuando los recién llegados lo veían ponerse de pie frente de ellos, la mayoría se tornaban serios y preocupados, sabiendo que había llegado el momento de dar explicaciones por todos los pecados cometidos en el juicio final, pero era completamente innecesario porque él no estaba allí para juzgarlos. Su función era la de recibirlos y abrirles la puerta para dejarlos pasar sin ningún tipo de reproche ni ninguna clase de preguntas. Al final él sabía tan poco de ellos como ellos mismos sabían casi nada de aquel lugar a donde habían ido a parar y que tenían torpemente confundido con el Paraíso. Muchos al verlo, corrían a arrodillarse ante él para pedirle perdón por un sin número de atrocidades que habían cometido durante el transcurso de sus vidas, pero él los ayudaba a incorporarse con diplomacia, más que por un perdón que en muchos casos no merecían, para que simplemente no le obstruyeran el paso a los que venían caminando detrás, para pasar por la puerta. Algunos se le acercaban acongojados para preguntarle si encontrarían allí a sus padres o a sus hijos mientras otros era para saber si estaba allí su secretaria o su chofer o como llegar al barrio con vista a las nubes donde tenían sus mansiones las almas de su élite y altura. Algunos le hablaban como si hubiesen estado conversando con él desde siempre, haciendo referencia a situaciones de las que supuestamente él tenía pleno conocimiento y dominio. Amores prohibidos, transacciones ilegales, vicios incontrolables que ni con su ayuda pudieron evadir, crímenes de pasión, asesinatos de venganza, incestos, adulterios y pretextos de todo tipo y para todo tipo de traiciones. Sin tener la más remota idea de que era de lo que le estaban hablando, los escuchaba a medias, asintiendo con la cabeza a sus confesiones pero mirando que la cola no se le volviera demasiado larga delante de la puerta e interrumpiéndolos cuando le parecía prudente para invitarlos a pasar sin herir sus últimos sentimientos.

Detrás de la puerta no había nada. Un azul infinito por donde desaparecían las almas buenas y las malas sin hacer ninguna diferencia, porque en el cielo ellas eran solo espacios de memoria destinadas a olvidar, hasta la próxima vez que les fueran asignadas nuevos cuerpos, para regresar nuevamente a la vida hasta estar completamente cultivadas. Algunos pasaban por la puerta sin preguntarle nada; con los ojos abiertos de curiosidad y felices de sentirse elegidos. Otros con la memoria aún fresca, entraban llenos de angustia, extrañando a sus familiares y amigos que dejaban para siempre al otro lado. Y habían por supuesto también los que simplemente se negaban a entrar, para intentar volverse de vuelta sin comprender que una vez que te desprendes de tu cuerpo, no hay manera de que puedas regresar a él. Recordaba el caso de un alma de voz fuerte y nerviosa, que al ver abrirse la puerta se quedó paralizado mirándole a los ojos, para explicarle instantes después que aquello tenía que ser un error porque él estaba más bien camino al Infierno. Allí están por seguro tres o cuatro parientes que ando buscando para que me paguen una deuda que tenemos pendiente desde hace algún tiempo, le había dicho para su completo asombro. Le tomó un par de días, haciendo pausas entre uno y otro recién llegado convencer a aquella alma vengativa de que el infierno lleno de crueldad y malicia al que hacía referencia de seguro no existía. Este es el único lugar a donde van a para todos luego de su último aliento, le había dicho, y si andas buscando a alguien que ya no está entre los vivos, por seguro está detrás de esta puerta, mientras la abría de par en par, llenó de esperanzas a que por fin terminara de entrar para él poder volverse a sentar en su silla. En cientos y cientos de años en su profesión había tenido que lidiar con todo tipo de cosas y personalidades. Una vez un guardaespaldas le ofreció seguridad personal a cambio de perdón por todos los clientes que le había despachado al cielo en el transcurso de su vida profesional. Un carpintero le prometió volver al día siguiente para remendarle la silla vieja donde permanecía sentado eternamente, otra vez una chiquilla perdida le ofreció masajes para su espalda a cambio de que le abriera la puerta y la dejara pasar sin tener que darle cuenta de la lista interminable de sus pecados y hasta un barbero alguna vez le susurró al oído que sería para él un honor si le permitía emparejarle la melena y arreglarle la barba con sus tijeras. El alivio de verlos pasar solo le duraba hasta ver aparecer al próximo.

El grupo estaba ahora mucho más cerca de él, los veía venir sonriendo, saltando, cantando, el Paraíso existe, hemos llegado al Paraíso, hemos llegado al Paraíso, se repetían los unos a los otros con algarabía, abrazándose de lo afortunados que se sentían, haciendo rondas con las manos tomadas los mismos que hasta hacía apenas unos instantes habían sido enemigos irreconciliables y la razón por la que ambos hubiesen terminado allí. Él los observaba sin evitar que un pesar creciente y sincero se le fuese amontonando en la garganta cada vez que los oía venir pensando que habían llegado finalmente al Paraíso. ¿Quién les habrá dicho a estas pobres gentes que después de muertos es que iban a ascender a el Paraíso? Habría que verles las caras a algunos de ellos cuando les digo que esto no es más que un almacén de almas muertas, cuchicheaba consigo mismo. Y es que tiene gracia, se decía molesto, ¿acaso no percibieron las maravillas del lugar en donde vivían? ¿No alcanzaron a notar la magia de los planetas, la harmonía y el orden en medio del caos y la incertidumbre, el ingenio oculto en las ecuaciones que lo definen todo? ¿No se dieron cuenta de los paisajes que tenían para descansar la vista, o la vida que brotaba infinita alrededor, los colores, las plantas, los olores, las cascadas, el mar azul? ¿No sintieron la brisa del viento, los volcanes humeantes, las montañas nevadas?, ¿acaso no se deleitaron con los sabores de las comidas, las frutas dulces, la abundancia, la magia del hijo recién nacido, el amor?, ¿acaso no disfrutaron haciendo el amor, la amistad, el placer de sentirse queridos, acompañados? Se paró delante de ellos y antes de que le fueran a preguntarle alguna cosa les dijo.

—¡No, este no es el Paraíso! —les dijo incómodo y con la cara roja— Aquel era el Paraíso y si lo convirtieron en un castigo, si dejaron que los dominara el odio y el sinsentido hasta matarse los unos a los otros, si lo explotaron hasta contaminarlo y dejarlo inservible, de nadie más que de ustedes es la culpa. Incluso el Paraíso no es perfecto. Les reprochó en sus caras, que sorprendidos por sus palabras permanecían callados ante él, mirándolo asombrados sin alcanzar a comprender si habían llegado en un mal momento o estaban en el lugar equivocado. Cerró los ojos al mismo tiempo que con dos dedos se cubría la boca, tratando de estrangular el bochorno que lo invadía con un suspiro enorme que aguantó por unos instantes eternos. Abrió finalmente los ojos para volver a verles las caras a aquellas inocentes criaturas que seguían estáticas, mirándolo con estupor. Deben de ser los achaques de tantos años y la esporádica soledad que me están afectando la salud, pensó mientras trataba de encontrarle una salida a la situación.

—Lo siento —terminó diciéndoles más calmado—, pero es que resulta absurdo que lleguen todos buscando el Paraíso, después de haber malgastado la vida destruyéndolo.

Pero igual no era culpa de nadie, era un desafortunado malentendido de la historia y que quizás era hasta muy tarde para intentar arreglar, así que sin pronunciar alguna otra palabra, les extendió los brazos con la mejor de sus santas sonrisas, mientras les abría la puerta para dejarlos pasar.


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