Actualizado: 23/04/2024 20:43
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Música, Medicina, Enfermedad

El poder curativo de la música

Afligidos destinos. Yo mientras tanto disfruto, entre una píldora y otra, la Sonata para arpeggione y piano, de Franz Schubert, a quien la sífilis condenó al suplicio

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Escucho al pianista canadiense Glenn Gould en una grabación donde interpreta Variaciones de Goldberg. Se dice que el conde Hermann Carl von Keyserlingk sufría de insomnio y pidió al compositor barroco alemán Johann Sebastian Bach que escribiera unas variaciones para que el virtuoso clavicordista de su corte, Johann Gottlieb Goldberg, las tocara en una habitación lindante a su dormitorio y así, mientras auscultaba la cadencia, conseguir ser abrazado por Morfeo. No sabemos si el noble logró conciliar el sueño, pero Bach recibió una copa de oro que contenía cien luises de oro.

Se afirma que la ansiedad puede aliviarse escuchando Las cuatro estaciones, de Vivaldi. Los psicólogos recetan la Sinfonía 8, de Dvorak, para atenuar la depresión; los cardiólogos, la Serenata 13, de Mozart, para la hipertensión; y los médicos internistas, Sueño de amor, de Liszt, para calmar la migraña. Recuerdo que cuando mis hijas se ponían testarudas, desobedientes y caprichosas, yo ponía el CD de la Sinfonía 101, El reloj, de Haydn y entraban en juicio; después recurría a La bella durmiente, de Tchaikovsky, y remataba con Sinfonía de los juguetes, de Mozart. Remedio santo, se convertían en las niñas más dóciles, tiernas y sosegadas del mundo.

Tengo un amigo que dice: “Cuando discuto con mi esposa y el ambiente en la casa se pone tenso, me encierro en el estudio: pongo a todo volumen Música acuática, de Haendel: consigo apaciguarme”. He estado escuchando cuando me levanto a orinar en la madrugada, como emergen del departamento contiguo al mío, donde vive una joven pareja, ecos de los Nocturnos, de Chopin, escoltados por jadeos impetuosos. Música y eros en clamoroso diálogo. La señora viuda del segundo piso de mi edificio escucha una y otra vez Preludio para la siesta de un fauno, de Claude Debussy: “No sabe usted, cómo me calma esa pieza, me alivia, me tranquiliza, mucho más tras la muerte de mi esposo”, me dijo una vez cuando le comenté mis admiraciones por el compositor de El mar.

En estos días de citas con varios especialistas (cardiólogo, gastroenterólogo, urólogo), muchas veces, salgo del dispensario muy tenso, preocupado por los diagnósticos indeterminados, amén de las zozobras financieras por el pago de las consultas, el costo de las medicinas y estudios clínicos. Llego a casa, recurro a un solo de clarinete de Paquito D’Rivera, me interno en la sonoridad de Coltrane, tarareo un bolero de Marta Valdés y bailo, después de tomarme la pastilla para controlar la presión arterial, bajo los bordones de NG La Banda, Los Van Van y Havana D’Primera.

Músicos enfermos: pienso en Frédéric Chopin en Mallorca afectado por la tuberculosis; me conmueve la ferviente creatividad de Robert Schumann en índices de la enfermedad mental. El gran pianista Franz Liszt casi ciego y afectado por una insuficiencia cardiaca bajo la mirada impasible de su hija Cosima. Gioachino Rossini paciente de uretritis, depresión, insomnio severo e ideas suicidas. Joseph Haydn con pérdida de memoria, neuralgia, cansancio y retención de líquidos. Afligidos destinos. Yo mientras tanto disfruto, entre una píldora y otra, la Sonata para arpeggione y piano, de Franz Schubert, a quien la sífilis condenó al suplicio.


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