Actualizado: 19/08/2022 18:27
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Con ojos de lector

El precio de ser diferente

Un documental toma a Reinaldo Arenas como figura emblemática de la represión que sufrieron los homosexuales cubanos durante las décadas de los 60 y los 70.

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A partir de ese inicio, comienzan a sucederse los testimonios que, a manera de un rompecabezas, el espectador deberá armar. Zayas optó —un criterio inteligente, en mi opinión— por entrevistar a un número más bien reducido de personas: los escritores Arrufat y Prats, quienes además de haber sido amigos de Arenas, conocieron desde los inicios su actividad como escritor; Tomás Fernández Robaina, compañero de trabajo y también de algunas de sus correrías sexuales; la actriz Ingrid González, con quien Arenas estuvo nominalmente casado; y Oneida Fuentes, su madre, con quien desde la infancia mantuvo una relación conflictiva que queda nítidamente reflejada en el documental.

El retrato que emerge de Seres extravagantes es, en primer término, el de eso que en España se conoce como un letraherido. Cuenta Arrufat que, desde que lo conoció, Arenas se distinguió por su urgencia de escribir y también por su gran voracidad como lector. “Siempre andaba con un libro encima”, apunta; y lo califica como uno de los autores cubanos que más escribió y que más leyó. A esto último lo ayudó mucho el hecho de que en 1962 pasó a trabajar en la Biblioteca Nacional José Martí. Pero ya desde entonces empezó a señalarse negativamente, expresa Fernández Robaina, debido a las personas “raras” que iban a buscarlo al trabajo. En ese sentido, Zayas recupera un fragmento de uno de los discursos del Innombrable que hace mucho dejaron de proyectarse o citarse, ellos sabrán por qué. Se trata de uno de 1968, en donde se refiere a “cierto fenomenito extraño” que se está dando en la capital. Sus protagonistas son “elementos que atentan contra la obra del pueblo”, al hacer “ostentación de sus desvergüenzas”. Les pone la etiqueta de “extravagantes” y lanza contra ellos una amenaza que después se cumpliría: “Que no digan luego que no estaban advertidos”.

Se convierte en una no-persona

En Arenas, como él mismo se encargó de puntualizar, lo literario y lo erótico marchaban de la mano. Este segundo aspecto es tratado, por supuesto, en Seres extravagantes. Delfín Prats recuerda que el seudónimo de Hiram Pratt bajo el cual él aparece en algunos de los libros de Arenas, era el nombre de guerra que usaba en el “ambiente”, en aquella vida de la calle que “era muy linda, pero con sus riesgos, como todo”. En ese submundo que existía al margen de lo establecido por el régimen, y que aparece espléndidamente recreado en El color del verano, Arenas había desarrollado, recuerda Prats, una verdadera adicción al sexo, en el cual tenía gustos bastantes amplios. Se hizo además un especialista en el arte del “fleteo”, y poseía técnicas eficaces para capturar a sus amantes.

Varios de los testimonias incluidos en el documental insisten en que, además de haber sido marginado por su opción sexual, ideológicamente Arenas quedaba excluido de esa sociedad. Para él, la literatura debe ser, ante todo, irreverente, y “en un régimen totalitario la irreverencia es castigada”. Arrufat recuerda que cuando escribió El mundo alucinante trabajaba en la Unión de Escritores y Artistas, “un lugar que le fue muy adverso”. Fue precisamente la publicación en México de esa novela una de las razones por las cuales se convirtió en la bestia negra del régimen. Por la misma etapa en que sus obras se traducían a otros idiomas, expresa Arenas, él no tenía empleo, ni siquiera un cuarto donde vivir. “Paso a encarnar así un típico personaje de Orwell, soy una no-persona”.