Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Cine, Literatura cubana, Arte 7

El reino de ese mundo

Los resultados de la adaptación de la novela de Pedro Juan Gutiérrez demuestran más penas que glorias

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Salvo raras excepciones, y pienso mayormente en las obras de Patricia Highsmith (Strangers on a Train, The American Friend, A Plein Soleil), o las de Raymond Chandler (Double Indemnity, The Big Sleep), llevar con éxito al cine una buena obra literaria es una tarea casi imposible (por cierto que fue Chandler quien adaptó al cine Strangers on a Train). La razón principal es porque la fuerza de las buenas novelas está en la palabra y no en la imagen. Es por ello que es mucho más fácil adaptar una novela menor, ya que el director o guionista toma la idea y se desentiende del resto, ajustándolo a su manera y así no se nota si nada se pierde. Por supuesto, hay narradores más visuales que otros.

No creo que El rey de La Habana, la novela del cubano Pedro Juan Gutiérrez, sea una obra mayor, pero es una buena novela, bien narrada dentro de los cánones de la novela convencional. Lo que aporta de novedoso es la presentación de un mundo habanero hasta entonces inédito, debido en gran parte a las limitaciones impuestas por la censura cubana. Su llamado “realismo sucio” retrata un segmento de la sociedad poblado de sobrevivientes feroces, miserables sin nada que perder, quienes viven de minuto en minuto y respondiendo a las necesidades instintivas más elementales: sexo, alcohol y comida, no necesariamente en ese orden y sin ningún código moral que los inhiba. Si son víctimas o depredadores de la sociedad en que habitan, solamente el lector debe juzgarlo. Gutiérrez no pontifica. Muchos críticos gustan de compararlo con Charles Bukowski, pero en realidad su antecedente más cercano es Reinaldo Arenas.

El cineasta español Agustí Villaronga (Palma, 1953) cuya Pan negro (2010) fue escogida para representar a España en los óscares de 2010, se ha dado a la tarea de adaptar al cine la novela de Gutiérrez. Los resultados han tenido más penas que glorias.

La película (y la novela) gira principalmente alrededor de tres figuras: Rey, quien se autodenomina El Rey de La Habana, un delincuente que desde joven tras una tragedia casera, es enviado a un reformatorio de donde escapa ya con 16 años; Magda, su antigua vecina, a quien Rey rascabuchaba y se encontraba masturbándose en el momento de caer preso; y Yunisleidi, un transgénero vecino de Magda. Tanto Magda como Yunisleidi ejercen la prostitución para ganarse la vida. Magda se dedica a viejos, extranjeros y cualquiera que le ofrezca dinero, Yunisleidi es un poco más selectivo, trabaja la noche en clubes frecuentados por extranjeros y trafica con drogas. Rey, quien es un barco a la deriva que no tiene idea de nada más allá de la inmediata supervivencia, está decidido a vivir de ambos.

El filme comienza bien. Tras una secuencia tremendista, en la cual la madre de Rey muere electrocutada, su hermano se suicida y su abuela muere de un infarto, Rey es llevado al reformatorio y se muestran los primeros encontronazos que sufre allí. Luego se fuga, se esconde en un autobús abandonado y luego regresa a su antigua casa, donde encuentra a la madre de Magda y con quien fornica inmediatamente. Luego va en busca de Magda y en breve tiene su primer encuentro sexual con ella.

Las escenas están filmadas de manera muy explícita y con una crudeza que se mueve en la cuerda floja entre lo obsceno y lo pornográfico. Todo lo anterior sucede en menos de veinticinco minutos y está muy bien realizado, con autenticidad y convicción. Luego Rey conoce a Yunisleidi y a partir de ahí la película se centra en la relación entre los tres personajes centrales.

La premisa es promisoria, pero entonces Villaronga cede a la tentación de convertir la trama en un argumento demasiado cercano al Naturalismo, acentuando el previsible carácter ominoso del mismo. Todo se vuelve predecible y el filme se empieza a desarrollar como una serie de estampas costumbristas que conducen a un final interminable, perdiendo el ritmo y la garra inicial. Comienza a tratar de crear escenas que no son más que trucos para que el espectador simpatice con unos personajes que no merecen la menor conmiseración. Si bien respeta la médula argumental de la novela, pierde su espíritu.

Es cierto que Villaronga no cede al folclorismo, ni a la crítica social facilona, ni al simplismo de vender la postal turística de una sociedad en ruinas. Pero su tratamiento no lleva a ninguna parte y la película en realidad termina por no decir nada. A pesar de comenzar puntualizando que se desarrolla en La Habana en 1994, quien no conozca la novela, no sepa de la situación cubana en esos años, o no sea cubano, no entiende la trascendencia de lo que sucede, algo que gracias a la magia de la palabra bien usada sí logra Gutiérrez en su obra. Si bien hay que alabar que no cayó en la arenga anticastrista, quizá Villaronga no supo contextualizar adecuadamente su trama y todo se diluye demasiado.

Yordanka Ariosa (Bocaccerías habaneras), fue nominada al Goya como Mejor Actriz Revelación y ganó el premio de mejor actriz en el festival de San Sebastián, muy merecidamente. En realidad hace una excelente actuación como Magda, dando con gran naturalidad todos los registros dramáticos que requiere el personaje. Héctor Medina (Camionero) como Yunisleidi, está muy bien también, aunque su personaje tiene menos matices. Por cierto, aunque Medina es un actor que promete y que ha estado bien en todos los papeles en los cuales lo he visto, corre el riesgo de convertirse en el Transgénero Oficial del cine tanto cubano como hecho en Cuba, pues recientemente hizo un papel casi idéntico en el filme irlandés Viva!

El mayor dolor de cabeza de la película es Maykol David Tortoló, quien debuta como Rey, pero que no tiene el menor registro histriónico. Insiste en pronunciar todas las letras y su declamación no tiene ninguna tonalidad. Jazz Vilá en un pequeño papel está bien, así como el elenco mayormente dominicano, que cumple su trabajo respetablemente. El veterano Josep Civit (Road to Nowhere), realiza un trabajo de fotografía apto, trabajando bien las sombras de la desolación.

Villaronga no obtuvo permiso para filmar en Cuba y tuvo que rehacer las ruinas de La Habana en República Dominicana. Quizá de alguna manera esto fue una suerte. La Habana tiene ese extraño encanto que a pesar de estar decrépita y descuidada, todavía se mete en el campo visual del espectador y termina convirtiéndose en un personaje que distrae del resto.

La película respeta ese espectáculo que gusta dibujar Gutiérrez, ese reino del mundo de la sordidez, en donde no existe la esperanza ni puede esperarse nada que redima la existencia de los personajes. Pero falla al no dar esa dimensión más trascendente que consigue el escritor en su obra, de seres humanos que habitan una realidad irrespirable, que ha robado cualquier posibilidad de dignidad al ser humano, y en la que leones y corderos se vigilan el sueño para aniquilarse mutuamente a la menor oportunidad. Ese mundo habitado por la carne podrida en el cual no caben los espíritus.

El rey de La Habana (España/República Dominicana, 2015). Guion y dirección: Agustí Villaronga, basado en la novela homónima de Pedro Juan Gutiérrez. Director de fotografía: Josep Civit. Con: Maykol David Tortoló, Yordanka Ariosa, Héctor Medina, Jazz Vilá y Lia Chapman. La película se ha presentado en diversos festivales, incluyendo el reciente festival de Miami. Aun no tiene distribuidor en Estados Unidos. Puede conseguirse en DVD en Kímbara Cinemateca Cubana o verse en algunos sitios de internet.


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