Actualizado: 07/12/2022 17:02
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Con ojos de lector

El son es lo más sublime… (I)

Un disco recopilatorio reúne doce temas grabados, entre 1972 y 1982, por artistas cubanos que entonces residían en Nueva York.

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No vacilo en calificar de verdadero acierto la salida al mercado de Son Cubano NY (Honest Jon's Records, 2005), un compacto recopilatorio que reúne doce temas grabados entre 1972 y 1982 por artistas cubanos que entonces residían en Nueva York. Aparte del muy buen nivel cualitativo que en conjunto alcanzan esas piezas, el disco viene a ser un homenaje —tardío, es cierto, pero de todos modos saludable— a un grupo de músicos que no sólo no disfrutan hoy del aprecio que debieran, sino que además han sido relegados injustamente al olvido.

Resulta pertinente recordar aunque sea brevemente el contexto en el cual se realizaron esas grabaciones. En esos años la música latina hecha en Nueva York atravesaba por una actividad muy intensa, que culminará en la eclosión de lo que pasó a denominarse como salsa. Por un lado, músicos que venían trabajando desde décadas anteriores apostaron por la incorporación de sonoridades nuevas. Un ejemplo lo es Eddie Palmieri, quien evolucionó de su estilo original, anclado en lo más tradicional y típico, a aproximar sus arreglos a los patrones jazzísticos. Por otro, estaban los músicos de las nuevas promociones (Willie Colón, Rubén Blades, Héctor Lavoe), algunos de los cuales crecieron en la propia Nueva York, donde se impregnaron de ritmos que no sólo eran los estrictamente caribeños.

La puesta en circulación del término salsa fue entonces motivo de numerosos y prolijos debates. Fueron muchos los que lo rechazaron, por obedecer una estrategia de mercado (tan inteligente como exitosa, todo sea dicho), así como por no ser más que una readaptación de la tradición musical afrocubana al medio urbano y a los barrios latinos de Nueva York. A Mario Bauzá corresponde este comentario: "Esto que llaman salsa, en realidad no es nada nuevo. Cuando la música cubana estaba en demanda, nadie hizo caso". Hasta el propio Tito Puente, quien formó parte de aquella convención de estrellas que fue Fania All Stars, se negó a emplear la etiqueta. Su argumento era: "Salsa is sauce, and I don´t play sauce, I play music".

Desde la perspectiva que proporciona el tiempo, uno puede decir hoy que tan cuestionada etiqueta también tuvo aspectos positivos, pues contribuyó a difundir y popularizar la música latina. Si actualmente ésta es mejor conocida a nivel internacional, hay que admitir que en cierta medida se debe a aquella operación comercial. Pero al mismo tiempo, es injusto no tomar en cuenta las razones que entonces se argumentaron para impugnarla. Uno de los artistas más famosos que figuran en Son Cubano NY, Roberto Torres, se refiere en la entrevista reproducida en el folleto que acompaña el compacto a la pérdida que esto significó para nuestra música.

En su opinión, Jerry Masucci fue muy inteligente al pensar que para el público norteamericano un término como salsa podía ser más fácilmente asimilado. Y comenta: "¿Guaracha? No. ¿Son montuno? No. Masucci llamó a todos estos ritmos salsa. Para mí es igual que pop, rock, la misma mierda". A riesgo de sonar chauvinistas, debemos reconocer que la homogenización en ese gran conglomerado musical en el cual se mezclaron manifestaciones musicales pertenecientes a países como Puerto Rico, Venezuela, República Dominicana y Cuba, las nuestras fueron las que salieron perdiendo, en la misma medida en que otras, mucho menos ricas y variadas, se beneficiaron. En definitiva, no hay que olvidar que en la conformación de ese invento llamado salsa no todos aportaban lo mismo.

Sin embargo, lejos de mis intenciones está el intervenir en el debate de asunto tan controvertido. Si he considerado pertinente referirme al mismo responde a que fue en el contexto de los años cuando surge y se impone la salsa cuando se realizaron las grabaciones que conforman Son Cubano NY. Sus instrumentistas e intérpretes pertenecen a aquellos que optaron por mantenerse al margen de lo que estaba ocurriendo en el panorama de la música latina de Nueva York. Su determinación de no incorporarse a las huestes de Masucci no debe interpretarse como un atrincheramiento en la tradición, como un modo de negarse a aceptar la evolución y las innovaciones. En su caso se trataba de defender la fidelidad a las raíces propias frente a la despersonalización y la pérdida de identidad que podía implicar una modernización dictada más por las exigencias del mercado que por necesidades orgánicas. O para emplear las palabras que Antonio Machado puso en boca de Juan de Mairena, era el debate entre novedosos y originales. La mejor prueba de lo que digo son las canciones del compacto, que lejos de sonar hoy como antiguallas o piezas de arqueología musical, poseen la calidad y la lozanía consustanciales a la música popular auténtica e intemporal.

Resultado de una sostenida trayectoria

El hecho de que la mayoría de los nombres que figuran en el disco no sean hoy familiares puede llevar a muchos a pensar que se trata de artistas de segunda o tercera categoría. En el sustancioso y útil texto redactado por Al Angeloro se suministran datos breves pero suficientes para desmentir esa suposición. Eso por no hablar del excelente nivel que, en conjunto, poseen estos trabajos, y que constituye, como se puede deducir, el resultado de una sostenida trayectoria profesional.

Para avalar lo antes expresado, recojo aquí unos pocos datos sobre algunos de los artistas incluidos en Son Cubano NY. Roberto Torres (1940), por ejemplo, formó parte de la Sonora Matancera. Estuvo después entre los fundadores de la Orquesta Broadway, así como de los sellos discográficos SAR Records y Toboga. Por su parte, Rey Roig (nombre artístico de Reinaldo Godínez Roig) se inició en la música a los catorce años. Trompetista y arreglista, trabajó con los conjuntos Casino y de Luis Santi. Él mismo dirigió años después el Conjunto Sensación, tras haber estado al frente de la orquesta con la cual se inauguró el Bronx Casino, una de las salas de baile más grandes de ese barrio de Nueva York. De Chocolate (Alfredo Armenteros, 1928), basta apuntar que, junto con Félix Chapotín y Rubén Calzado, integró el trío de trompetistas de la etapa más famosa del Conjunto de Arsenio Rodríguez. Fue también primera trompeta de la Sonora Matancera y director de la sección de viento de la banda de su primo Benny Moré. Como detalle curioso, hay que señalar la presencia de dos intérpretes extranjeros que fueron admiradores declarados de nuestro son: el puertorriqueño Charlie Rodríguez, la peruana Lita Branda, única presencia femenina que aparece en el compacto, y el neoyorquino de origen puertorriqueño Henry Fiol.

A los anteriores es necesario agregar los nombres del vocalista Angelo Vaillant y los percusionistas Freddy y Santi Nieto, Los Jimaguas. Son los que podemos consignar aquí, por aparecer en la lista del contenido del compacto objeto de esta reseña. Mas no sólo son ellos quienes únicamente deben recibir ese mérito. A lo largo de los doce temas se puede disfrutar la estupenda labor individual de varios instrumentistas, a quienes, desafortunadamente, hoy no es posible identificar. A un par de ellos, no obstante, se les puede rescatar del anonimato, gracias a que el cantante solista los introduce: Alfredo Valdés (piano) en Oriente, y Juan González Lama (trompeta), en Cógelo suave. Precisamente los pianistas y, sobre todo, los trompetistas son los que disponen de más posibilidades para destacarse, y vaya si saben aprovechar la oportunidad. Escúchense, para constatarlo, temas como Celosa, Tiene sabor, Chocolate en C7, Trumpet en Montuno. Especialmente brillantes son los dos últimos, pues constituyen vehículos para el lucimiento de Chocolate Armenteros, con lo cual ya está dicho todo.

Aunque Mike Delanian, quien compiló el compacto a partir de grabaciones pertenecientes a los sellos SAR, Salsoul, Mericana y Guajiro, no tuvo otro propósito que el de reunir una docena de temas, a través de su selección se pueden rastrear algunos de los caminos que ha seguido el son. Henry Fiol ilustra su variante oriental, el son montuno. A esa región le dedica, por cierto, una composición, Oriente, en la cual recrea el estilo de vocalistas admirados por él como Miguel Matamoros, Compay Segundo y Abelardo Barroso. También dentro de la línea sonera más o menos tradicional se mueven Roberto Torres (su Camina y ven pa´ la loma es otro de los mejores títulos del disco) y Charlie Rodríguez, un virtuoso tresero que aporta con su conjunto una magnífica versión del Cuchillo para la piña cubana de Félix Chapotín. Asimismo los varios años que algunos de esos artistas vivieron en los Estados Unidos los expusieron a influencias como las del jazz. Reminiscencias de éste se advierten, por ejemplo, en Los dos hermanos, de Los Jimaguas, y en Chocolate en C7, de Chocolate Armenteros. Se trata, no obstante, de aportaciones provenientes de otras tradiciones musicales que se incorporan y enriquecen una base sonera inequívocamente cubana.

Parte del enorme placer con que hoy escuchamos estas piezas se debe a que fueron realizadas como se hacía décadas atrás. Nada de mezclas, ni de grabar las distintas secciones por separado. Todas corresponden a una sola toma hecha en vivo en el estudio, para que conservaran su frescura, su sabor primigenio. Cantantes e instrumentistas no estaban preocupados además por recoger versiones aptas para la radio, y por eso se dedican a lo suyo, que es crear buena música. Se permiten por eso el lujo de tocar durante siete y hasta nueve minutos, como ocurre en Cuchillo para la piña cubana, Celosa y Oriente. Súmense unos arreglos sencillos, despojados de aditamentos superfluos que desvíen la atención de lo que de veras cuenta, el desempeño de los intérpretes.

A todas esas cualidades musicales hay que añadir otra correspondiente al plano técnico: los doce temas fueron grabados por Jon Fausty, considerado uno de los mejores ingenieros de sonido de su especialidad. Desde 1964 ha sido responsable de más de tres mil álbumes, es solicitado por artistas y productores y ha trabajado, entre muchos otros, con Tony Pacheco, David Byrne, Marc Anthony, Gilberto Santa Rosa y Chucho Valdés. Tal conjunción de factores ha cristalizado en este puñado de joyas, hoy felizmente recuperadas, que es Son Cubano NYC.