Actualizado: 04/10/2022 22:11
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Con ojos de lector

Elemental, mi querido Pulgarcito

Veintiséis autores trasladan a la narrativa para niños y adolescentes historias e intrigas del género policial.

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Un volumen antológico, El cuento de nunca acabar y otros misterios (Ediciones Unión, La Habana, 2005), viene a llamar la atención sobre una corriente temática o subgénero de la literatura para niños y adolescentes, cuya aparición en Cuba es bastante reciente. Se trata del cuento policial, que como señala el prologuista y compilador, Enrique Pérez Díaz, tuvo como punto de partida la novela de Antonio Benítez Rojo El enigma de los Esterlines (1980).

Pérez Díaz ha seleccionado textos de veintiséis autores. Sus edades van de los setenta y cinco y los treinta y cinco años, lo cual quiere decir que en el libro figuran escritores pertenecientes a diferentes generaciones, si aplicamos esa teoría que algunos impugnan. Pero más allá de esto, los une el empeño iniciado en la década de los ochenta, a través del cual los narradores "se preocupan por llevar a sus historias personajes detectivescos o situaciones misteriosas que buscaban incentivar en el lector aquel ancestral deseo de perderse en argumentos llenos de tramas y subtramas enredadas con los delitos más cotidianos o aquellos que en ocasiones son capaces de intimidarnos por su exotismo o carácter terrorífico".

No estoy seguro de que estas dos últimas características apuntadas por Pérez Díaz definan la narrativa policial. Pienso que más bien corresponden a la de aventuras y la de terror, que son modalidades distintas. Eso lo tuvieron muy claro los maestros del género: Arthur Conan Doyle escribió los cuentos y novelas protagonizados por Sherlock Holmes, lo cual no le impidió escribir también El mundo perdido, que es una novela de aventuras. Willkie Collins aportó, con La piedra lunar, una de las obras maestras de la literatura policial, y al mismo tiempo incursionó en la narrativa de terror y misterio con La dama de blanco. Significativamente, Pérez Díaz está representado en el libro con ¿Expediente X?, un cuento de terror, no policial. La historia que cuenta ocurre por la noche, y forman parte de la misma una carretera solitaria, una lechuza de grito escalofriante, un jinete sin cabeza, una casona vieja y misteriosa, una bandeja con una cabeza humana que habla… Es, sin embargo, una de las dos únicas excepciones, junto con El camarógrafo submarino, de Ivette Vian Altarriba, que no posee elementos detectivescos ni terroríficos.

Cumpliendo una de las reglas de oro del género policial, la mayoría de los autores utilizan como ingrediente básico la resolución de un enigma. El más frecuente es el de un robo, y los objetos van de los más usuales (un anillo, una cartera, un televisor, unas joyas, un sello de correo de 1869) hasta otros bastante insólitos como el paisaje de un pueblo, las escobas de unas brujas, los rayos de la luna y la convivencia de una familia. En otros textos, el misterio a desentrañar es mucho más complicado, pues tiene que ver con las razones que llevan a una perra a comerse las flores que su dueña tiene sembradas en el balcón, el extraño fenómeno de unos radios que comienzan a decir unos disparates que nadie entiende y las absurdas cartas que pasan a recibir los habitantes de un lugar. En cuanto a los investigadores, muchos son niños y niñas. No faltan, como es de rigor, los animales, dado que nuestra literatura para niños y adolescentes se empecina en seguir insistiendo en las florecitas tristes y los conejitos desobedientes. Como notas pintorescas, hay un detective chino, hijo del famoso Chan Li Po, y un niño anciano dotado de poderes mágicos.

En la introducción de El cuento de nunca acabar…, Pérez Díaz señala a la narrativa policial para niños y adolescentes que se ha escrito y se escribe en la Isla, el no abordar con suficiente valentía el universo real de ese público lector, el escurrirle el bulto al tratamiento de "cómo el mundo de lo delictivo puede herir y hasta marginar el alma de la infancia en su proceso educativo y en la aceptación de un mundo que a veces no comprende por su complejidad". Su crítica es tan atinada como justa y se confirma en los cuentos recogidos en el libro. Algunos de los escritores, no obstante, apuestan por una estética realista, y en sus cuentos los niños ayudan a descubrir delitos que tienen lugar en su entorno. Es esa vertiente se inscriben los textos que firman Emilia Gallego Alfonso, Magali Sánchez Ochoa y Esther Suárez Durán. La compra y venta de objetos robados ( El caso de la voz ronquísima), el hurto de casas mediante el engaño de una supuesta mudanza ( Tila y el caballo de Troya) y el tráfico ilegal de obras de arte ( Mensaje para E.T.), respectivamente, son los casos que tienen ante sí los pequeños investigadores que los protagonizan. Las tres narraciones desarrollan intrigas verosímiles y sencillas, y poseen las dosis de amenidad e interés exigidas por un género como el detectivesco y por unos lectores como los niños y adolescentes.


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