Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Novela histórica, Literatura cubana, Novela

Elvira de las Casas, “La cruz de bronce”

Este es un buen libro a secas, sin apellidos. Lo que es mucho más que limitarse a catalogarlo de novela histórica, aunque su trama se remonte a cinco siglos atrás

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La llamada novela histórica está de moda, quizás como nunca antes, hace dos o tres décadas. Así lo hacen ver las premiaciones de diversos concursos y las novedades en librerías “físicas” y “virtuales”. Quizá esto se deba a que el hombre “occidental” de hoy, de uno y otro idioma, necesita fugarse de una realidad inmediata demasiado “realista”.

Flojas, pésimas novelas bajo el rótulo “históricas” gozan de buena acogida de público y aun de crítica (aunque en muchos casos los críticos, por lo que se puede inferir de sus notas, no hayan entendido bien la enjundia de la obra que han abordado).

Las novelas a las que me refiero son aquellas cuyo contenido se remonta a siglos atrás, no a otras que, aunque traten algo ocurrido hace media centuria, también podrían calificar como “históricas”.

Bueno, ya sabemos que esto de clasificar una novela como histórica o no, resulta una polémica vieja; que habrá de continuar sin dudas.

En no pocas ocasiones, las novelas dichas se despepitan por tomar como centro de su narración a una persona de la “vida real” de hace uno, dos, tres, cuatro o más siglos.

“Me fascinaba ese personaje”, suelen declarar en estos casos los autores, quienes, “fascinados” por el personaje, primero, luego hurgan en el entorno, la época en que aquel viviera.

Sé de autores y autoras que han abandonado su registro narrativo de siempre para incursionar en la “novela histórica”, con el propósito, creo, de obtener fama, y dinero. Y en ocasiones han obtenido lo uno y lo otro, pero han publicado un churro.

Es decir, que cada novelista tiene su voz, su mundo, eso que antes citaba: su “registro”, o quizás sus registros, como lo tiene cualquier creador en las más diversas disciplinas. De modo que cuando se sale de su camino, tropieza, cae, se hunde.

Lo dicho hasta aquí está dicho para afirmar que La cruz de bronce, de Elvira de las Casas, publicada recientemente por Editorial Silueta, de Miami, es una buena novela, a secas, sin apellidos, aunque sus tramas se remonten aun a cinco siglos atrás y tomen como escenario ciertas regiones de lo que es la España de hoy, pasando por La Habana colonial, la actual, y la ciudad cubana de Cienfuegos.

Una cruz de bronce viene dando vueltas en el tiempo desde entonces hasta llegar a los días de hoy, o a las décadas más recientes de la Cuba socialista.

Esta cruz, que en la narración funge como enigma, como acicate para continuar la lectura, a veces parece que se ha extraviado, mas siempre, por medio de los capítulos concisos, bien redactados, que recorren la obra, nos vamos a enterar de los azares de que ha sido objeto; azares, como todo en la vida.

Pero a mí lo de la cruz no me interesa mucho. Más me importan los aconteceres de una novela que marca al lector desde el principio (digo “marca” y no “atrapa”, porque más que someternos a solo un juego de entretenimiento, la enjundia de esta novela atraviesa cerebro y corazón).

Son 122 páginas que contienen 15 capítulos y un epílogo.

Creo que una de las ganancias principales de la autora se halla en la concisión que antes citara, aplicada a cada capítulo; los cuales, por cierto, a veces abren y cierran una historia, un personaje. Modo que los acerca en ocasiones a relatos independientes, pero que a la par se concatenan con el argumento fundamental.

Acerca de lo dicho en el párrafo anterior, sumo que De las Casas, en no pocos de los capítulos, nos sorprende con un punto de tensión —que si nos sorprende, claro, no esperábamos— y también con desenlaces impactantes.

Así ocurre con ese, inolvidable, en que el mismísimo Valeriano Weyler —según se sabe, el más despiadado de los gobernadores de Cuba en la época de la Colonia— tiene contacto en La Habana con la protagonista principal —sigo pensando que “principal” no sobra, porque sigo pensando que en una novela puede haber varios protagonistas—, la hermosa y pizpireta doña Elena Rivas de Olazábal; o ese que corre de la página 73 a la 77, cuando la cruz de bronce le sirve a Leonor Betancourt de Velasco —pobre mujer que, en edad de ser amada y dar amor, ha debido permanecer cinco años sin ejercer el sexo— para tomar venganza contra Ramiro Ibáñez.

Otra de las protagonistas principales, o quizás bien a bien sea la principal, es Constanza, que recorre la narración casi desde el principio hasta el final. Es la humilde Constanza el personaje “bonito” de La cruz de bronce, la del sacrificio sin par, la que debe sobreponerse a no pocos pesares. En el trasatlántico en que ella viaja a Cuba a finales del siglo XIX, la buena ventura hace que coincida con quien sería una suerte de instructora para ella: la ya citada Elena Rivas de Olazábal, cantante de ópera por más señas. Este encuentro no solamente hará que cambie en alguna medida el rumbo de ambas mujeres, sino también el derrotero de la narración.

Elvira de las Casas utiliza un lenguaje directo, convencional diríamos, de modo que no vamos a encontrarnos cuartazos de metáforas aquí o allá ni en fin par de tropos en la misma página.

Dos puntos de vista narrativos tiene La cruz de bronce, uno, en tercera persona omnisciente, se ocupa de las narraciones que corresponden a los personajes más “lejanos” en tiempo y espacio. El otro, en primera persona, lo asume una joven contemporánea de nombre casi salvaje, Yurásica, la interesada en desentrañar el misterio de la cruz, o más bien interesada en hallarla, por razones muy especiales.

Creo que el plano narrado por Yurásica, o perteneciente a ella, pudo explotarse en mayor medida, sobre todo destinándole un lenguaje más creativo y rebajando en alguna proporción sus frases hechas. Bueno, lo que quiero decir: Yurásica pudo ser concebida quizás de otra manera, con más fuerza dramática y menos ligereza en su hacer y sentir. Si bien alguien, con toda razón, me podría replicar que muchos jóvenes de la actualidad cubana, en la “vida real”, varones y mujeres, son así como es ella. Pero se trata de “ficcionalizar” a una persona, no de lo contrario.

Se nota que De las Casas se siente un poco atropellada por las genealogías con que debe trabajar en solo 122 páginas. Sin embargo, según mi parecer, sale airosa debido fundamentalmente al excelente manejo del anecdotario, la precisión con que lo que dosifica.

Un factor a mi modo de ver interesante en La cruz de bronce, resulta la carnalidad que profesan sus personajes femeninos en cuanto al sexo opuesto. Hemos visto a otras mujeres escritoras exagerar en este sentido, en busca tal vez de cierto efectismo, o tomadas por esa tendencia malévolamente feminista de, en lugar de escribir, gritar. La autora de La cruz de bronce aborda esta línea argumental, digamos, suavecito.

Hoy en día no es posible vaticinar el éxito de una obra literaria. La perfidia del mercado ha alterado los cuatro puntos cardinales de la creación literaria, o de la edición, o de los lectores, o de todo esto a la vez. De manera que, afortunadamente, la autora que nos ocupa, así como la editorial que dio a luz su novela, son entes que van contracorriente enarbolando la bandera de la calidad por encima de otras utilidades.

No obstante, esperemos que nuestros deseos se cumplan y La cruz de bronce reciba el éxito que se merece.


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